Los tiempos, en la Iglesia, están moviditos. Patet, que diría el clásico. Y además, la “movida” es pública, y está publicada: desde Kasper a Marx; desde las declaraciones sobre el matrimonio y los hijos de un día, y las del siguiente; desde el pre-sínodo sobre la familia, y las “urgencias” por hacer “propias” las “nuevas” situaciones, que son viejas como el hombre mismo; etc., etc…; es evidente e innegable que hay cosas muy serias cocinándose en los “fogones” de la Iglesia.

Cosas serias, siempre las ha habido. Siempre. A lo largo de toda su Historia. Porque la Iglesia la hacemos también los hombres: la hace Dios –Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo; el Espíritu Santo, que os enviaré…-, y la hacemos nosotros; está en las manos de Dios, y está en nuestras manos. Las dos cosas son verdad. Y es la realidad de la Iglesia querida por Dios.

Por esto, y desde el principio –desde el primer concilio de Jerusalén, con Pedro y Pablo a la cabeza-, la Iglesia, especialmente el Papa y los obispos en comunión con él, han ido tejiendo, dilucidando, aprobando lo bueno y desechando lo malo…, para ser fieles a Cristo, su Cabeza, a la misma Iglesia, a sus hijos, y a los hombres todos.

Y así, y ya con más de 2000 años a las espaldas, ha ido construyendo un cuerpo de doctrina –teológica, moral, pastoral y litúrgica- con el que ha defendido los derechos de Dios, los derechos de la Iglesia, los derechos de sus hijos, y los derechos del resto de los hombres.

Y hoy se ha quedado sola en este quehacer. También esto es evidente: no hay ninguna institución, a ningún nivel, que defienda la verdad y la dignidad del hombre y de la mujer; la verdad, la dignidad y la grandeza del matrimonio y la familia; el valor de la vida humana; etc. Ninguna. Solo la Iglesia.

¿Por qué la Iglesia sí, y nadie más? Muy sencillo, muy verdadero y muy sobrenatural: porque la Iglesia no ha nacido de los hombres. Porque la Iglesia no habla a los hombres con “sus” palabras, sino con la Palabra de Dios. Porque la Iglesia no se autoconstruye. Porque la Iglesia sabe de dónde viene –de Dios, de Jesucristo, del Espíritu Santo- y a dónde va –para qué está-: para SALVAR a los hombres, haciendo que éstos crucen su mirada, su corazón, sus afanes, sus trabajos, sus vidas… con Jesús, nuestro modelo, nuestro ÚNICO MODELO, porque no se nos ha dado otro Nombre por el que podamos ser salvos.

De aquí que la PASTORAL, toda pastoral digna de este nombre, mira al Buen Pastor que, efectivamente –amorosamente-, va en busca de la oveja perdida, no para hasta que la encuentra, la carga sobre sus hombros y la devuelve al redil.

Pero antes, el Buen Pastor, ha hecho otro trabajo, muchísimo más importante que éste, pues, en la lógica normal de los hechos, siempre será, por decirlo de alguna manera, “marginal”: de las cien, sólo se le ha perdido una.

Antes, decía, se ha preocupado de conocer a sus ovejas –a cada una la llama por su nombre-, de que ellas le conozcan, e incluso reconozcan su voz. Y así, cada mañana las saca del aprisco, y las lleva –yendo él por delante- siempre a buenos pastos; las defiende de los lobos, de los saqueadores y de los ladrones, que buscan hacer estragos; las acerca a donde hay agua buena –clara y fresca-, de manantial, para que apaguen la sed; las deja sestear, a la sombra de algún árbol frondoso, cuando más recio es el calor; con frecuencia les da de su propio pan, les pone la sal que necesitan y, al final de la jornada, las retorna, sanas y salvas, a casa.

Todos los días, unas cuantas veces, les habrá echado a los perros pastores, que saben hacer su trabajo sin lastimar a las ovejas –todos, perros y ovejas, se saben del mismo amo y se saben su papel respectivo-, o les habrá tirado algún canto –sin dar, sin intención de dar-, para prevenirlas del peligro de perderse, de desviarse del camino, de meterse donde no deben…,  para recogerse y que ninguna se quede sola… Y todo esto es obra del Buen Pastor, de un Pastor Bueno, porque es Dios.

Porque todo esto nos lo ha contado Jesús: no son inventos nuestros. Llegará a decir, en una declaración expresa, que el Buen Pastor da su vida por las ovejas. Y no lo dice a humo de pajas precisamente, sino que sabe de lo que está hablando. Como lo sabemos ahora todos nosotros.

Esto es ser Pastor –el Buen Pastor- en la Iglesia católica. Y otra forma de actuar es convertirse en mercenario, en ladrón y salteador, que viene para robar y matar. Y esto también nos lo ha dicho Jesucristo, y está recogido en su Evangelio.

¿No choca todo esto con lo que está pasando ahora en la Iglesia, protagonizado por diversas personas de reconocido estatus en la Jerarquía de la Iglesia? A mi, sinceramente, me parece que sí.

Pero será tema de un próximo artículo.

Padre José Luis Aberasturi y Martínez