La PASTORAL, en cualquiera de sus niveles, y puesta en práctica por aquel a quien compete, o encarna al Buen Pastor o se quedará sin el MODELO necesario, válido y permanente: JESUCRISTO: Yo soy el Buen Pastor. Y no hay otro. Como no hay más SACERDOCIO que el Suyo –Sacerdocio eterno, según el rito de Melquisedec-, del que participamos todos los sacerdotes en la Iglesia.

Y la PASTORAL no puede tener otro fin distinto –mucho menos, contrario- al de Cristo: Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundantemente. Una VIDA que no es de este mundo, ni sólo para este mundo, sino que salta hasta la Vida Eterna, como le dirá Jesús a la Samaritana, por ejemplo. Es una Voluntad –divina- de SALVACION.

Éstos son los auténticos parámetros de la verdadera Pastoral en la Iglesia Católica. De otras iglesias no tengo nada que decir. Y exactamente éstos son los parámetros que, al menos aparentemente, da la impresión de que están saltando por los aires, a día de hoy, en la Iglesia. Y está creando tal confusión, dentro y fuera de Ella, que ya hay gente que no sabe a qué carta quedarse: como mínimo, se está produciendo   -hay- desorientación; cuando no se está dando deliberadamente “gato por liebre”: es decir, ENGAÑO, haciendo pasar por católico lo que está en sus antípodas.

Vamos con algún ejemplo, de “rabiosa” actualidad, para “ver” y valorar lo que acabo de afirmar.

De “rabiosa actualidad” es la campaña emprendida para admitir al Sacramento de la Eucaristía a los católicos divorciados y vueltos a casar, sin pedirles nada a cambio. Y a esto se le llama “misericordia”. ¿Por qué? Porque a todas esas personas, automáticamente, por efecto de la misericordina que, desde fuera, se les pone “virtualmente” en el corazón, se les “ve” con la desesperanza de un hambriento y de un sediento perdido en el desierto más atroz, golpeando la puerta de la Iglesia para “comulgar”, y satisfacer su “hambre” y su “sed” de Dios.

Y la Iglesia, hasta ahora, les habría dado con la puerta en las narices: ni les deja beber, ni les da de comer lo que más necesitan para no morir: a Cristo. Este es el contrapunto, lógicamente: una Iglesia sin entrañas maternales, que pone por delante de las personas el “derecho”, la “norma”, la “disciplina”. Y claro, también en consecuencia, quien no esté de acuerdo, automáticamente se convierte en una persona sin entrañas eclesiales y, por tanto, descalificado como Pastor en la Iglesia: da lo mismo que sea Papa, que obispo o que sea un simple sacerdote.

De “rabiosa actualidad” –da la impresión de que algunos jerarcas en la Iglesia lo han descubierto hace dos o tres días, y se han quedado hechos polvo con la noticia- es la “acogida” a los homosexuales –a todos los que se han subido al carro LGTB-, como contrapunto a las “injusticias” que en la Iglesia se han cometido, desde siempre, contra ellos.

La “injusticia”, según estos “oficialistas de la misericordia eclesial” –algo así como los fariseos, que iban de cumplidores oficiales, y no se cortaban para etiquetar a todo el que no funcionaba como ellos-, es recordarles, a los del mundillo LGTB,  las mismas Palabras de Cristo cuando afirma que los tales no entrarán en el reino de los cielos. O las de san Pablo, que no se separa un ápice. Que son las mismas que la Iglesia, desde el Magisterio del primer Concilio de Jerusalén, les dice a todos: absteneos de la fornicación, es decir, de todo lo que sea sexo fuera del matrimonio.

¿Dónde está entonces la “injusticia” y la “discriminación”? ¿En que les pide lo mismo que a mí: que si he pecado me confiese, con dolor y propósito de la enmienda? Y entonces hay que “inventarse” una “pastoral de urgencia”, “pret a porter”, “de temporada” –es lo que se debe llevar, ahora, en la Iglesia para ser madre, y madre misericordiosa-, para “acoger” “sin juzgar”: es decir, dejándoles en su mundillo, a todo este personal; que, por cierto, no creo que haya más de uno con verdaderas ganas de comulgar realmente: es decir, con las mismas condiciones de gracia y ayuno que todos los demás.

Hay muchos más ejemplos. Y hay que llegar a los remedios para parar todo esto. Ya lo veremos en otra ocasión.

Padre José Luis Aberasturi y Martínez