Hemos asistido y, desgraciadamente, seguimos asistiendo –porque la cosa viene de bastante lejos-, a la demolición de la Pastoral, en el seno de la Iglesia Católica. Una “pastoral” que empezó a morir el día en que pretendió –tremendo engaño, por falso- “liberarse” de la Teología, de la Tradición y del Magisterio, asumiendo como clave de interpretación y, por tanto, en leitmotiv de su razón de ser, los “signos de los tiempos”.

Y pretendió encontrarlos –los que manejaban los hilos del cotarro- en las “construcciones humanas” –laicismo, libertinaje, opinión, libertad  sexual y su necesario corolario, el “derecho al sexo”, aggiornamento o puesta al día, etc.-, que han llevado, y llevan –lo estamos viendo y padeciendo- a la deconstrucción, a la abolición del mismo hombre al que debería servir.

Para llevarlo a cabo tuvo, necesaria e intencionadamente, que “olvidarse” o “arrumbar” a Jesucristo, que es el verdadero “signo de los tiempos”: Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer,… para rescatar a los que se hallaban bajo la ley [del pecado, de la esclavitud del pecado], para que recibiéramos la adopción de hijos (Gal 4, 4 s). Porque, no se nos ha dado otro Nombre… por el que podamos ser salvos (Hch 4, 12).

Es, en estado puro, la “modernidad” y la “actualidad” del seréis como dioses, tan dañinamente antiguo como el hombre mismo; pero que al demonio le sigue rentando generación tras generación. Claro que el problema no está en el demonio, sino en nosotros, cuando le hacemos caso.

El primer gran fracaso de la pastoral, a nivel eclesial y en el mundo occidental, especialmente en Europa y América del Norte, ha sido el fracaso –clamoroso, rotundo, perverso y continuado- de la Catequesis a todos los niveles: de Primera Comunión, de Confirmación, de preparación al Matrimonio, de formación católica en los seminarios y universidades eclesiásticas, etc., haciendo “pasar” por doctrina “católica”, lo que no era ni siquiera, en muchos casos, mero protestantismo: eran, a lo directo, una sarta de herejías.

Esto no es una opinión mía. El entonces Card. Ratzinger, entrevistado por Vittorio Messori, y publicada la entrevista con el título de Informe sobre la Fe, no lo puede decir más claro. Y lo mismo en su libro La sal de la tierra. “El fracaso de la catequesis es tan patente…”. Y estaba hablando la mano derecha del Papa, hoy san Juan Pablo II, y después Papa él también: Bendicto XVI.

Este gran fracaso colectivo, orquestado por sacerdotes y religiosos/as en sus lugares y en sus funciones “pastorales” no hubiese sido posible sin, al menos, el consentimiento tácito, cuando no la inacción positiva, e incluso, en algún caso, el aliento directo de la Jerarquía inmediata de los “organistas”.

La “dejación de deberes” –vamos a calificarlo así- por parte de la Jerarquía ha sido total y eficazmente necesaria en el tema que estamos comentando. Sus posturas me recuerdan las declaraciones de nuestros políticos -Felipe González, Griñán, Zarrías, Chavez…- cuando alegan que “se enteraron por la prensa” de los desmanes de sus subordinados directos. Pues a tantos obispos y superiores les ha debido pasar lo mismo.

Pero hoy asistimos –atónitos y perplejos, cuando no escandalizados- a una vuelta de tuerca que no se conocía en la Iglesia desde hacía siglos: la asunción de los postulados reseñados anteriormente –las máximas de la mundanidad, los “signos de los tiempos”- por personas significadas y significativas de la misma Jerarquía católica.

Y no tienen ya ningún empacho –quizá por las experiencias en las que estuvieron implicados anteriormente- en decirlo clara, lisa y llanamente, afirmando que la Iglesia Católica debe ir por ahí, y ha de ser eso: mundana, soltando el lastre de lo sobrenatural. En el mejor de los casos, una ONG con alguna pincelada de pseudoespiritualidad; y con unos ritos y unos sacramentos, que ya no significan nada para esos mismos jerarcas, como no significa ya nada para ellos la misma Iglesia.

¿Tiene remedio todo esto?

Todo tiene arreglo en esta vida. Pero habrá que rezar. Habrá que volver a aprender a mirar a “Cristo ayer y hoy, Principio y Fin, Alfa y Omega, Suyo es el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder” (Bendición del Cirio Pascual, en la Vigilia del Sábado Santo). Habrá que volver al Catecismo que publicó Juan Pablo II. Habrá que ejercer su Magisterio y su Gobierno, quienes tienen que hacerlo. Habrá que volver a enseñar la Fe y sus fundamentos. Habrá que volver a creer en los Sacramentos: en lo que obran, y en lo que no pueden obrar. Habrá que volver a llamar SANTIDAD a la vida cristiana…

Y, en relación con la Iglesia, y en nuestra apuesta por la esperanza, siempre nos queda la Palabra del mismo Señor: Porta inferi non praevalebunt adversus eam (Mt 16, 18).

Como escribe Chesterton: “Cuando Cristo, en un momento simbólico, estableció Su gran sociedad, Él escogió como su piedra fundamental no al brillante Pablo, ni al místico Juan, sino a un embustero, un arrogante, un cobarde, en una palabra, un hombre. Y sobre esa roca Él fundó Su Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Todos los imperios y reinos han fracasado, por causa de esa inherente y continua debilidad: ellos han sido fundados por hombres fuertes y se apoyan en hombres fuertes. Pero esta sola cosa, la Iglesia, fue fundada sobre un hombre frágil, y por esta razón es indestructible, pues ninguna cadena es más fuerte que su eslabón más débil” (G. K. Chesterton, Heretics).

Padre José Luis Aberasturi y Martínez