“Al pie del Sagrario se libran las grandes batallas del Corazón”

Una sencilla frase como esta puede llegar a cambiarle la vida a cientos de personas en un solo minuto. Así me ocurrió a mi cuando me hablaron por primera vez del Sagrario. Yo no sabía lo que era, y tenía 18 años por aquellos entonces. Fue tan fuerte esta noticia en mi vida, en mi historia, que ya nada volvió a ser igual.

No recuerdo exactamente quien me transmitió esta Buena Nueva, porque había varias personas, pero sí recuerdo esa capilla en la que me dejaron con un texto del Génesis sobre Abrahán frente al Sagrario. Él y yo solos.

Allí estaba Él, mi Señor Jesucristo Sacramentado. Yo miraba admirado hacia esa pequeña puertecita de plata, me impresionaba la humildad de Nuestro Señor: ¡Cuánto nos amas! ¡Cómo has podido meterte ahí Dios mío! Y pensar que yo no sabía que tú estabas en todos los Sagrarios del mundo. Sentía que había perdido muchos años de mi vida al no saber que cada vez que uno se acerca al Sagrario puedes estar cara a cara con Jesucristo.

Desde ese día ya no he podido vivir sin mi Señor Sacramentado. Recuerdo que el texto que leí sobre cómo Abrahán dejaba su tierra, su vida, sus sueños… por seguir a Dios, era como verme a mí mismo saliendo hacia una nueva vida pero en compañía de mi Señor. Que felicidad tan grande el saber que en cada Iglesia había un Sagrario. El mundo me parecía más hermoso que nunca, porque estabas Tu, mi Señor, escondido en cada Sagrario.

Siempre digo que con lo único que me quedo de los cinco años que viví en el Seminario es de la experiencia hermosísima de vivir 24 horas junto a un Sagrario. Eso no hay fortuna que pueda pagarlo. Además tuve la suerte de vivir en el pasillo que iba hacia la capilla en  mi primer año de seminario. Que distinta es la vida cuando Jesucristo es el centro, cuando uno vive en la casa donde Él habita. Es por ello que después de cinco años viviendo junto a un Sagrario, viendo al Señor cada día, cada hora, cada minuto, de día y de noche, por la tarde y de madrugada, riendo, llorando, cantando y rezando… El vivir ahora sin Él es muy doloroso. Es verdad que la mayoría de los sacerdotes vivimos cerca de las Iglesias. Pero no es lo mismo que vivir con Él. Cuanto le pido al Señor que algún día los Sacerdotes tengamos permiso para poder tener un oratorio en nuestras casas. ¡De cuantas tentaciones saldríamos vencedores si con Él viviéramos!¡Cuanto ardería el corazón en amor por Jesucristo!

Solo los obispos que han sido curas de pueblo entenderán estas letras, entenderán de la necesidad tan grande que siente el alma de un Sacerdote de Jesucristo de la intimidad con su Señor.

Y cuando pienso en esos conventos de monjas “modernas” o frailes “modernos” en los que he estado y he podido ver como el Sagrario es como si fuera un mueble, incluso los he visto llenos de telarañas. Donde las comunidades pasan más tiempo frente al televisor que en el Sagrario. Y qué decir de esos tanatorios, como en uno que he estado hace unas semanas, donde el Sagrario estaba en una pared trasera, junto a sillas, cajas, cortinas tiradas, flores secas, las llaves puestas… ¡Que dolor Dios mío! ¡Si yo pudiera cuidarte! Si yo fuera sacerdote en ese tanatorio, si fuese uno fraile de ese convento… Ni una mota de polvo te tocaría, con cuanto amor cuidaría de tu capilla, con cuantos desvelos estaría día y noche contigo.

De nuevo vuelve a repetirse la situación que vivió el Beato Manuel González, obispo de los Sagrarios abandonados.

Que incomprensible es ver que alguien que cree que Jesucristo está Sacramentado en el Sagrario, pase por la puerta de la capilla y no le diga nada, ni un te quiero Señor. O que tengan al Señor como en ese tanatorio, o que le dejen con telarañas… Es incomprensible. A mi se me parte el alma cada vez que veo esto. Y vuelvo a pensar: ¡Qué bueno eres Señor mío! Y que mal te queremos.

Pienso si los obispos sabrán algo de cómo están los sagrarios de sus diócesis. Pero esto es como hilar fino. Cómo nos van a doler la salvación de las almas, si no nos duele el ver los Sagrarios abandonados y descuidados.

Pidamos a la Santísima Virgen, Auxilio de los Cristianos, que nos cuide de olvidarnos del que por amor permanece en el Sagrario.

Padre Francisco Javier Domínguez