En esta Encíclica, el papa Ratti afronta el problema de la educación de la juventud y pone en guardia a los fieles frente a las pretensiones de los Estados absolutos y totalitarios de querer proporcionar, ellos solos y totalmente, la formación de los jóvenes, excluyendo a las familias y a la Iglesia, como si el Fin último del hombre no fuera Dios, sino solo el Poder civil y el bienestar temporal.

El Papa, por consiguiente, enseña que los hombres, creados a imagen y semejanza de Dios y ordenados a Dios como su Fin último, en la abundancia del progreso material actual (1929), “advierten la insuficiencia de los bienes de esta tierra para conseguir la verdadera y plena felicidad. Por tanto, sienten en sí mismos el estímulo hacia una perfección más alta que la puramente temporal y material y quieren conseguirla especialmente por medio de la educación” (Pío XI, Encíclica Divini illius Magistri, en Tutte le Encicliche dei Sommi Pontefici, Milano, Dall’Oglio Editore, ed. V, 1959, 1º vol., p. 845).

Sin embargo, algunos de entre ellos se equivocan, ya que piensan poder conseguirla extrayéndola o educiéndola (educar, del latín ex-ducere) de la sola naturaleza humana, hecha abstracción del orden sobrenatural, y con sus solas fuerzas, sin la ayuda de la gracia divina. Estos se equivocan porque, en vez de ordenar todo a Dios, primer Principio y Fin último de todo el universo, se repliegan sobre sí mismos, apegándose exclusivamente a las cosas de esta tierra (ivi).

Precisamente por este motivo, es importante no errar en la cuestión de la educación y en la cuestión del Fin último del hombre, con el cual está estrechamente vinculada toda la obra de la educación.

El Papa explica que “la educación consiste en la formación del hombre, cómo debe ser y cómo debe comportarse en esta vida terrena para conseguir el Fin sublime para el que fue creado. Por tanto, no puede existir una verdadera educación si no está ordenada al Fin último” (ivi).

Ahora bien, en el presente estado de vida se llega al Fin último por medio de la Encarnación, Pasión y Muerte del Verbo. Por ello, “no puede darse una adecuada y perfecta educación fuera de la educación cristiana” (ivi). La educación cristiana tiende a asegurar a las almas de los educandos el Sumo Bien, Dios. Por su parte, el Estado debe tender a obtener el máximo de bienestar común temporal para los ciudadanos, subordinado al bienestar sobrenatural y espiritual, que proporciona la Iglesia fundada por Cristo.

Pío XI enseña que “para no errar en esta obra de suma importancia es necesario tener una idea clara de la educación cristiana, es decir: a quién corresponde la misión de educar, cuál es el sujeto de la educación, cuáles son las circunstancias necesarias del ambiente, cuáles son el fin y la regla propia de la educación cristiana” (ib., p. 846).

Primer punto: ¿a quién corresponde la misión de educar? Se pregunta el Pontífice y responde que “la educación es obra social y no solitaria o individual. Ahora bien, las sociedades necesarias en cuyo seno nace el hombre son tres; dos sociedades de orden natural: la familia y el Estado; y una de orden sobrenatural: la Iglesia” (ivi).

La familia, que es instituida por Dios con el fin de procrear y educar a la prole, tiene una prioridad de naturaleza respecto al Estado (que es un conjunto de varias familias) y, por tanto, una prioridad de derechos sobre la prole y su educación. Sin embargo, la familia es una sociedad imperfecta (que no tiene en sí misma todo aquello que necesita para hacer obtener a sus miembros su fin), mientras que el Estado es una sociedad perfecta, al tener todos los medios necesarios para el fin. Por tanto, en orden al bien común, el Estado tiene la preeminencia sobre la familia, que alcanza su perfección en la sociedad civil. La tercera sociedad, en la que el hombre nace a la vida sobrenatural, es la Iglesia, que es una sociedad perfecta de orden espiritual, la cual da a sus miembros todos los medios para alcanzar el cielo.

“Por tanto, la educación, que se refiere a todo el hombre individual y socialmente, en el orden de la naturaleza y en el de la gracia, pertenece a estas tres sociedades, en su medida proporcionada y correspondiente a la coordinación de sus respectivos fines” (ivi).

En primer lugar, pertenece de manera sobreeminente a la Iglesia por dos títulos de orden sobre natural que Dios le ha conferido solo a ella y, por tanto, superiores a cualquier otro título de orden natural. El primer título sobrenatural consiste en la misión de magisterio que Dios dio a la Iglesia: “Id y amaestrad a todas las Gentes” (Mt., XXVIII, 18). El segundo título es la Maternidad sobrenatural de la Iglesia, que engendra y nutre a las almas en la vida de la gracia sobrenatural, con sus sacramentos y su enseñanza.

Segundo punto: ¿cuál es el sujeto de la educación? El Papa responde que “ella se extiende a todas las Gentes sin límites; ni existe poder terreno que pueda legítimamente contrastarla o impedirla” (ib., p. 849). Además, se extiende, ante todo, a todos los fieles y después también a los infieles, “al estar todos los hombres llamados a entrar en el reino de Dios y a conseguir la salvación eterna”.

“La familia, continúa el Papa, concurre con la misión educativa de la Iglesia, ya que ambas proceden de Dios. En efecto, a la familia, en el orden natural, Dios le comunica inmediatamente la fecundidad, principio de vida y, por tanto, principio de educación a la vida. La familia, por tanto, recibe inmediatamente de Dios la misión y, por tanto, el derecho de educar a la prole; derecho anterior a cualquier derecho del Estado. Santo Tomás de Aquino explica el motivo de la inviolabilidad de este derecho de la familia: “El hijo es naturalmente del padre, por lo cual es de derecho natural que el hijo, antes del uso de razón, esté al cuidado del padre. Por tanto, sería ir contra la justicia natural que el niño, antes del uso de razón, fuera sustraído al cuidado de sus padres, o se dispusiera de él de alguna manera contra la voluntad de sus padres” (S. Th., II-II, q. 10, a. 12). Y como la obligación de la educación de los padres continua hasta cuando la prole sea capaz de valerse por sí misma, perdura el mismo derecho de los padres”.

Por consiguiente, el Papa condena la pretensión del Estado absoluto de sostener que la prole, antes que a la familia, pertenece al Estado y que el Estado tiene un derecho absoluto sobre la educación de la juventud (ib., p. 751). El Pontífice confuta la objeción del pan-estatismo, según el cual el hombre nace ciudadano y, por tanto, pertenece antes al Estado. En efecto, explica Pío XI, el hombre antes de ser ciudadano debe existir y la existencia no se la da el Estado, sino sus padres.

Sin embargo, los derechos de la Iglesia y de la familia sobre la educación de la juventud son participados al Estado por Dios, no por título de paternidad, que es espiritual para la Iglesia y natural para la familia, mientras que no subsiste para el Estado, sino por la autoridad que el Estado posee en cuanto a la promoción del bienestar común temporal, que es el fin propio del Estado. Ahora bien, este fin del Estado, o sea, el bien común de orden temporal, consiste en la paz y seguridad que las familias y los individuos gozan en el ejercicio de sus derechos. Por tanto, la función del Poder civil tiene una doble función: proteger y promover a la familia y al individuo y no absorberlos o sustituirlos. Por consiguiente, en orden a la educación es deber del Estado proteger, en sus leyes, el derecho de la familia, anterior al suyo, a la educación cristiana de la prole, y, por consiguiente, respetar el derecho sobrenatural de la Iglesia. Además, es deber del Estado proteger la educación moral y religiosa de la juventud. En efecto, Dios fundó su Iglesia para la salvación eterna de los hombres y, por tanto, no se puede sostener que el Estado no está sujeto a Dios y a su ley natural y divina (ib., p. 857).

El Pontífice recomienda a los educadores que no olviden que el sujeto de la educación cristiana es el hombre entero: espíritu y cuerpo, es decir, el hombre herido por el pecado original, redimido por Cristo, pero en el que permanecen en su naturaleza humana los efectos del pecado original, especialmente el debilitamiento de la voluntad y las tendencias desordenadas. Por ello los educadores deben corregir las inclinaciones desordenadas y ordenar las buenas tendencias, desde la más tierna infancia, y sobre todo es necesario iluminar su intelecto y fortificar su voluntad con las verdades sobrenaturales y los medios de la gracia (ib., p. 860).

El Pontífice condena, por consiguiente, el naturalismo pedagógico, que intenta disminuir la formación sobrenatural en la obra de la educación pública. Condena asimismo los métodos educativos que querrían dar al niño una libertad y autonomía sin límites y que disminuyen la autoridad del educador, “atribuyendo al niño un primado exclusivo de iniciativa y una actividad independiente de toda ley superior, en la obra de su educación” (ivi). Estos métodos, según Pío XI, en vez de liberar al niño, como ellos afirman, lo vuelven esclavo de su orgullo y de sus pasiones desordenadas.

Después, el Papa pasa a estudiar el fenómeno delicadísimo del naturalismo aplicado a las costumbres. Condena la educación sexual indiscriminada, ya que considera falsamente poder preservar a la juventud de los peligros de los sentidos con medios puramente naturales, exponiéndoles a las ocasiones de pecado (ib., p. 861). Este error es una consecuencia de no querer reconocer las heridas dejadas por el pecado original en la naturaleza humana. Sin embargo, los padres pueden, con mucha prudencia y espíritu sobrenatural, tratar estas materias con la prole que comienza a crecer (ivi).

Tercer punto: las circunstancias del ambiente, o sea, todo lo que circunda al educando. El Papa enseña que el “primer ambiente natural y necesario de la educación es la familia. Por lo cual, normalmente, la educación más eficaz y duradera es la que se recibe en una familia cristiana bien ordenada y disciplinada, iluminada por el buen ejemplo de los padres” (ivi). Desgraciadamente, Pío XI lamenta el “deplorable decaimiento actual (¡1929!) de la educación familiar. […] Lo cual no es tanto el efecto de la excesiva severidad, como principalmente de la impaciencia, de la ignorancia de los modos más conformes a la corrección fructífera y también de la ya demasiado común relajación de la disciplina familiar, por lo que crecen en los adolescentes pasiones indómitas” (ib., p. 863).

El Pontífice reprueba también la coeducación, o sea, la educación mixta de niños y niñas, fundada también ella en la negación implícita del pecado original, confundiendo la legítima convivencia humana con la promiscuidad y la igualdad niveladora de los dos sexos. En efecto, “el Creador ordenó la convivencia perfecta de los dos sexos solo en la unidad del matrimonio. Los dos sexos están destinados a completarse recíprocamente en la familia y en la sociedad, precisamente por su diferencia, la cual debe, sin embargo, ser mantenida y favorecida en la formación educativa, con la necesaria distinción y correspondiente separación” (ib., p. 862).

Pío XI reivindica, históricamente, que la familia y la Iglesia han sido, mucho antes que el Estado, las institutrices de las escuelas. Por tanto, “la escuela, considerada en sus orígenes históricos, es por su naturaleza institución subsidiaria y complementaria de la familia y de la Iglesia y, por tanto, debe no contradecir, sino estar de acuerdo positivamente con la familia y la Iglesia. En efecto, la escuela, si no es templo, es guarida” (ib., p. 864). ¿Cómo no darle la razón a partir del estado de degradación al que se han visto reducidas nuestras escuelas, en las cuales, cada 4 días, según las últimas estadísticas, los alumnos agreden a un docente?

Después, el Papa condena la escuela neutra o laica, de la cual es excluida la religión, ya que prácticamente se vuelve irreligiosa y atea, y recuerda que, según los Sagrados Cánones, “la asistencia a las escuelas acatólicas o mixtas, es decir, aquellas abiertas indiferentemente a católicos y acatólicos, está prohibida a los niños” (ivi).

Finalmente, el Papa trata el fin de la educación, que es el de “cooperar con la gracia divina al formar al verdadero y perfecto hombre cristiano. […]. El verdadero cristiano, fruto de la educación cristiana, es el hombre sobrenatural, que piensa, juzga y actúa constante y coherentemente según la recta razón iluminada por la luz sobrenatural de los ejemplos y de la doctrina de Jesucristo” (ib., p. 870).

Augustinus

(Traducido por Marianus el eremita)

SÍ SÍ NO NO
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