Es la Pascua. El día que ha hecho el Señor para nuestro regocijo y para nuestra alegría: “Haec dies quam fecit Dominus: exultemus el laetemur in ea” (in Off. Domin. Resurrect.).

Apenas se han apagado los ecos del Praeconium paschale y aún perdura en nuestro ánimo un motivo particular, entre los muchos que se siguen unos a otros, entrelazándose y fundiéndose en ardiente armonía. Después de invitar al regocijo a la muchedumbre angélica de los cielos, a la tierra y a la santa madre Iglesia y a todos los pueblos, la atención del canto litúrgico se detiene en la noche que precedió a la Resurrección del Señor. Verdadera noche, noche de pasión, de angustia, de tinieblas; pero con todo, noche bendita; vere beata nox; porque fue la única que tuvo el mérito de conocer el tiempo y la hora en la cual Cristo resucitó de la muerte; pero especialmente porque de ella fue escrito: “et nox sicut dies illuminabitur”. Una noche que preparaba el amanecer y el esplendor de un día luminoso; una angustia, una tiniebla, una ignominia y una pasión, que preparaban la alegría, la luz, la gloria y la resurrección.

  Considerad, amados hijos, lo que sucede en una noche de tempestad. Parece que a la Naturaleza, trastornada, le ha llegado su última hora, sin esperanza alguna. No tiene el caminante extraviado ni siquiera la débil luz de las estrellas lejanas para recobrar la confianza y la dirección; las plantas, las flores y toda palpitación de vida se halla sumergida como en una sombra de muerte. ¿Cómo lograr despertar el canto y el perfume? Todo esfuerzo parece inútil: los seres no se distinguen en la obscuridad; no es posible encontrar de nuevo el camino; las palabras se pierden en la borrasca enfurecida.

Con todo, allí están todos los elementos; en los terrones mismos del campo hay un estremecimiento de espera; las semillas gimen sufriendo; los pájaros del aire tienen quietas las alas, deseosas de elevarse en un vuelo libre: pero nada se puede mover.

Mas he aquí que hacia el oriente una tenue claridad aparece; el fragor del trueno se calma; el viento disipa las nubes y aparecen sonrientes las estrellas; es la aurora. El peregrino se detiene; una sonrisa reaparece en su rostro cansado, mientras su ojo ardiente se ilumina de esperanza. El cielo se arrebola; se suceden con rápido ritmo los colores, que poco a poco se blanquean; un último estremecimiento, un destello, un resplandor: es el sol. Se mueve la tierra, se despierta la vida, se eleva un canto.

También la noche que precedió a la Resurrección de Jesús fue noche de desolación y de llanto, fue noche de tinieblas. Sus enemigos estaban satisfechos de haber por fin encerrado en la tumba al “seductor del pueblo”. Herido el Pastor, la pequeña grey había sido dispersada. Los amigos de Jesús, desolados y desconcertados, se ven obligados a esconderse por temor a los escribas y fariseos. Jesús está en la tumba. Sus restos mortales yacen sobre la fría roca y todo su cuerpo está todavía llagado; sus labios enmudecieron. ¿Qué quedan ya de sus palabras, que sabían animar, confortar e iluminar, palabras tan llenas de majestad y sabiduría? ¿Dónde está su imperio sobre los vientos y las tempestades; dónde su poder para eludir las insidias diabólicas de sus enemigos o para hacer frente con valentía a su furor? ¿Dónde está su poder de sanar a los enfermos, de resucitar a los muertos? Todo (parecía) ha terminado; y con Él han quedado sepultados en la tumba no sólo los proyectos ambiciosos de algunos, sino también las discretas esperanzas de muchos. Todo ha terminado -van murmurando los hombres- y en sus voces se ve la expresión de una desesperada tristeza. Todo ha terminado, parece que responden las cosas.

Sin embargo, quien hubiese podido mirar más allá de la piedra que cerraba el sepulcro, hubiera tenido la impresión de que los ojos de Jesús no habían sido cerrados por la muerte sino por el sueño; no había signos de corrupción en sus miembros y su rostro conservaba aún muy visibles las señales de su belleza sobrehumana, de su infinita bondad. Después de su muerte, el cuerpo de Jesús, como su alma, permaneció unido al Verbo, a la divinidad, que vive y obra en aquellos miembros. No muy lejos, en una casita modesta y silenciosa, arde una llama de fe que nunca se apaga: María espera llena de confianza a Jesús.

He aquí que la tierra tiembla; el ángel baja del cielo, aparta la pesada piedra que cierra el sepulcro, y se sienta majestuoso y sereno sobre ella. Los soldados huyen y van a dar bruscamente a los enemigos de Jesús la primera prueba de su ardiente derrota. Ya es el alba.

María Magdalena está corriendo casi sin saber adónde, movida por un amor que no admite pausas ni reflexión: ahí está, súbitamente, como desmayada ante Jesús, que la saluda con infinita ternura. Las piadosas mujeres, con el corazón alborotado por el anuncio que les había hecho el ángel, encuentran también a Jesús y vuelan a anunciar la resurrección a los apóstoles, para hacerles partícipes de su alegría, de su paz. Mientras tanto, Pedro ha recibido del Señor, con una señal inefable, la certeza de su perdón. Y Jesús entra en el Cenáculo con las puertas cerradas y encuentra a los apóstoles; los conforta, los tranquiliza, les deja su paz. Después vuelve para reavivar la fe de Tomás. Ocho días antes, en el camino de Emaús, Él había acompañado a dos discípulos desolados y se les había manifestado en el acto de partir el pan.

La noche terminó: con ella se acabó la angustia, se acabó el temor; desaparecieron las dudas; las tinieblas se iluminaron; ha vuelto la esperanza. De nuevo resplandece el sol. Se eleva un canto festivo: Resurrexit, alleluia.

¡Oh María, que lo viste resucitado; María a quien la primera aparición de Jesús quitó la angustia inenarrable causada por la noche de la Pasión; María, a Vos te ofrecemos las primicias de este día! Para ti, Esposa del divino Espíritu, nuestro corazón y nuestra esperanza. ¡Así sea!

Pío XII, Mensaje “Urbi et Orbi” de Pascua 1957

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