ADELANTE LA FE

El poder de la palabra de Dios

Apártate, satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo darás culto. Mt. 4, 10.

Poder de la Palabra de Dios.

Queridos hermanos, satanás es vencido por el poder de las Sagradas Escrituras. Nuestro Señor Jesucristo esconde su divinidad, y sólo con el poder de su Palabra, es decir, de la Escritura, vence al  tentador.  Así queda reflejado  en las tenciones del Señor en el desierto. Tenemos aquí una grandísima enseñanza de Jesucristo, el poder de Su Palabra. San Pedro (1 Pe. 5, 8) nos advierte: Estad alerta y velad, que el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quien devorar;  nos pone a la defensiva de los espíritus infernales, que aunque no se ven, no son menos peligrosos  ni menos es su realidad. Son los ángeles del infierno que preparan el fuego para los malditos que desoyeron la Palabra de Dios (Mt. 25, 41).

¿A caso, ingenuamente y ciegamente, y alevosamente, también, no piensan muchos que se puede cambiar, o “reinterpretar”, la Palabra de Dios, sin que nada pueda ocurrir? ¿Quién piensan en realidad de este mundo misterioso y real de los ángeles del infierno? Siguen, sin cesar, tentando, como hicieron con el Señor. No obedecer la Palabra de Dios, no obedecer las Sagradas Escrituras, cambiar su sentido por puras conveniencias, es simplemente ceder a las tentaciones de satanás. Quien no es fiel a las enseñanzas de la Sagrada Escritura pierde el poder de la Palabra de Dios contra el maligno, pues al cuestionarla pierde el favor de Dios, y en sus labios sólo está la mentira.

Vencemos al “príncipe de este mundo” con la fuerza y poder de la Palabra de Dios: Las palabras que Yo os digo, no las digo de Mí mismo; sino que el Padre, que mora en Mí, hace Él mismo sus obras (Jn. 14, 10). Y la fidelidad a la Palabra divina nos fortalece en la fe y nos santifica: Vosotros ya estáis limpios, gracias a la palabra que Yo os he hablado (Jn. 15, 3).

No cometerás adulterio. He aquí la fuerza de la Palabra divina, la fuerza que vence al maligno, es la fuerza de la Verdad de Dios, que nos redime del pecado y nos abre las puertas de la salvación eterna. No puede ser Magisterio -enseñanza de la Iglesia- lo que se opone a la Verdad. Nos lo dice la autoridad de Pedro y Pablo. Nos lo dice el martirio de San Juan Bautista. Nos lo dicen los Papas anteriores al actual. Nos lo dice la tradición constante de la Iglesia. Nos lo dice nuestra Santísima Madre, modelo y ejemplo de fidelidad a la Palabra de Dios.

La Verdad de la Palabra de  Dios no cambia, ni se adapta a las necesidades del hombre; el pecado de adulterio, por el cual tales pecadores no pueden recibir la Sagrada Comunión, no puede ser alterado por el hombre, ni por autoridad eclesiástica alguna. No existe ningún “atajo” a los Mandamientos de la Ley de Dios, es decir, una “vía alternativa”. Dios da la gracia suficiente para que todas las almas puedan cumplir los Mandamientos perfectamente. Dios juzgará, no el hombre. Razón por la cual, permitir la Sagrada Comunión a las parejas de adúlteros es suplantar el juicio de Dios.

En el principio era la Palabra.

Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios (Jn. 1,1). En el principio era la Palabra, y la Palabra era Dios, por lo que la Palabra es Creadora, Omnipotente…, y la Palabra dijo: Haya luz…; Haya firmamento…, etc. Y la Palabra creó por su Sabiduría y Omnipotencia. Y la Palabra dijo: Hagamos, y la Palabra se revela como comunidad de Amor: Tres, Uno son. Y la Palabra creadora, se muestra plena de Amor infinito al crear al hombre. Y la Palabra crea todo un Edén para el hombre, un verdadero “Reino de Dios” en la tierra. Y la Palabra llena de Amor se muestra también llena de Justicia, pues impone el primer Mandato al hombre. Pero el hombre es tentado, y duda del Mandato, conociéndole perfectamente, perdiendo entonces la gracia de Dios, y cayendo en la tentación.  Y la Justica, que había pronunciado su Ley, se aplica fulminantemente, con consecuencias para toda la humanidad hasta el fin de los tiempos. La desobediencia del Mandato divino dado a nuestros Primeros Padres, es decir, la desobediencia a la Palabra de Dios,  fue castigada severamente.

Desobedecer la Palabra de Dios, es desobedecer al mismo Dios. Que la Iglesia no se someta a la Palabra de Dios, a sus Mandamientos, es de una gravedad inexplicable con palabras, es una temeridad de consecuencias trágicas para la salvación de las almas. No nos encontramos ante la disyuntiva de la obediencia jerárquica, sino ante la disyuntiva de obedecer la Palabra de Dios, o caer en la tentación, con todas las consecuencias de eternidad para nuestras almas.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.
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