Profundizando en nuestra fe
Capítulo 10 – Las virtudes y los dones del Espíritu Santo

Cuando comencé a preparar este capítulo 10 creí que en dos artículos sería capaz de resumir la doctrina de la Iglesia sobre las virtudes y los dones del Espíritu Santo; pero conforme me fui introduciendo en el tema, comprobé que era necesario extenderse algo más debido a la necesidad urgente de tener al alcance de la mano una doctrina resumida y al mismo tiempo sólida y bien estructurada. Es por ello que este capítulo constará aproximadamente de seis artículos: cuatro dedicados a las virtudes y dos a los dones del Espíritu Santo.

Qué es virtud? Virtud es el hábito o cualidad permanente del alma que inclina a la persona a hacer el bien y evitar el mal.

Ejemplo: Una persona que siempre dice la verdad se dice que es sincera o que tiene la virtud de la veracidad.

Hay dos clases de virtudes: naturales y sobrenaturales:

Virtudes naturales: Son aquellas que nosotros adquirimos por nuestro propio esfuerzo mediante la repetición de actos buenos. Crecemos en una virtud concreta conforme seguimos repitiendo ese mismo tipo de actos que potencian una virtud concreta.

Virtudes sobrenaturales: Son aquellas que Dios infunde en nuestras almas sin para ello tener que realizar un esfuerzo por nuestra parte. Crecemos en una virtud sobrenatural sólo por la acción de Dios; aumento que Dios concede en proporción a la bondad moral de nuestras acciones. Es decir, todo lo que acrecienta la gracia santificante, aumenta también las virtudes infusas o sobrenaturales. Las virtudes sobrenaturales las clasificamos en teologales y cardinales o morales.

  • Las virtudes teologales son: fe, esperanza y caridad. La fe, esperanza y caridad se llaman virtudes teologales porque tienen a Dios por objeto inmediato y principal.
  • Las virtudes morales o cardinales son: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Estas virtudes son llamadas “cardinales” porque son como el quicio y fundamento de las virtudes morales.[1] Muchas otras virtudes dependen de ellas. Por ejemplo, la virtud de la religión (virtud por la cual ofrecemos a Dios el culto que le es debido) depende de la virtud de la justicia.

Recibimos por primera vez esas virtudes sobrenaturales cuando somos bautizados.

La virtud teologal de la fe

A la hora de hablar de la fe podemos distinguir una fe humana y una fe sobrenatural[2]:

1.- Fe humana

Tener fe humana significa creer en una persona o en lo que esa persona nos dice basados en la autoridad de la misma.

Ejemplo: yo nunca he visto Saturno, pero muchos científicos lo han visto y me aseguran que existe. La fe humana puede estar equivocada, en cuanto que se fundamenta en el hombre, y éste puede estar equivocado.

Santo Tomás define esta fe humana del siguiente modo: “la fe es retener por seguramente verdaderas ciertas afirmaciones intelectuales, bajo el influjo y la adhesión de la voluntad”.[3]

Así, pues, la fe, en su sentido más amplio, es un conocimiento, una adquisición de verdades basado en el testimonio de otra persona; tiene, pues, un aspecto de adhesión a otra persona. Se trata de verdades que no se muestran objetivamente a la mente del que las recibe, pero en las que se deposita seguridad porque hay un testigo que las garantiza y una confianza en ella.

Existen diferentes formas de tomar posición frente a la verdad: nesciencia (carencia de conocimiento no debido), ignorancia, error, duda, opinión y certeza. Esta certeza se da en la ciencia y también -de modo diferente- en la fe.

La certeza o plena adhesión de la mente a la verdad se funda bien en la evidencia del objeto, bien en la autoridad de un testimonio. En el primer caso el entendimiento es movido por su objeto propio que es la verdad (es el conocimiento propio de las ciencias humanas y experimentales) y la certeza se basa en la intuición o en la deducción lógica o racional. En el segundo caso lo evidente no es el objeto, sino su credibilidad, y se llega a la certeza porque el entendimiento es movido por la voluntad de modo que no habiendo evidencia objetiva puede haber sin embargo certeza.

Para la certeza no es absolutamente necesario que el fundamento de la adhesión de la mente a la verdad sea la evidencia intrínseca de la misma. Así sucede en la fe, asentimiento a una verdad que no es evidente a la razón. “Creemos, dice Santo Tomás de Aquino, no por la facultad del conocimiento sino por la voluntad[4]. Téngase en cuenta que la fe fundada en el testimonio humano, aunque no da la evidencia del objeto, no es mera opinión, porque no da sólo probabilidad, sino certeza moral de lo que se cree.

Hay, pues, dos hechos característicos en la fe:

  • se trata de aceptar un objeto no evidente (si hubiese evidencia ya no habría fe)
  • pero al que se da, sin embargo, un asentimiento incondicional por influjo de la voluntad, movida a su vez por la autoridad del testigo.

En la fe siempre están presentes dos elementos: el asentimiento a un contenido y el asentimiento a una persona. Santo Tomás expresa esa unión personal del elemento intelectual y del volitivo con la afirmación de que “la fe es siempre creer algo a alguien”. Dependiendo de quien sea ese alguien así será la mayor o menor seguridad de la fe. En la fe sobrenatural ese alguien es Dios, revelado en Jesucristo, el testigo por antonomasia, al cual se debe dar total credibilidad.

Podemos hablar también de una fe natural en Dios, en cuanto que la existencia de Dios y muchas de sus propiedades son manifiestas para el hombre. Esta fe natural en Dios puede actuar como una ayuda para prepararnos a recibir la virtud sobrenatural de la fe (es lo que se llama los preámbulos de la fe).

2.- Fe divina

a.- Definición y objeto de la fe divina: Fe sobrenatural o divina significa aceptar las verdades reveladas por Dios basándonos en su autoridad. La fe, como virtud sobrenatural, nunca puede estar equivocada pues se fundamenta en la bondad y en la omnisciencia de Dios.

Decimos también que la auténtica fe divina ha de ser completa o total, en cuanto que es una aceptación de todas las verdades reveladas por Dios. Dios nos propone una serie de verdades a creer; verdades que por proceder de Él están libres de error. Al hombre le toca “aceptar” todas esas verdades que Dios le propone. Nosotros no somos quiénes para decidir qué es lo que podemos creer o rechazar.

Así pues, propiamente hablando definimos la fe sobrenatural como la virtud mediante la cual creemos firmemente todas las verdades que Dios nos ha revelado y la Iglesia nos enseña.

El hombre puede prepararse para recibir el regalo sobrenatural de la fe mediante “la perseverancia en el bien obrar” (Rom 2: 6-7), pero por sí mismo, a pesar de todas las buenas obras que realizara, nunca podría alcanzar lo que la fe lleva consigo si no le fuese otorgado por Dios.[5]

El concilio Vaticano I la definía del siguiente modo:

“La fe es una virtud sobrenatural por la que, con la inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado; no por la intrínseca verdad de las cosas percibidas por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede engañarse ni engañarnos”.[6]

En esta definición quedan patentes los diversos aspectos de la fe:

  • Es virtud sobrenatural: está fuera de las posibilidades del hombre ya que es fruto de la generosidad divina que le hace participar en el conocimiento mismo de Dios. Es pues, una gracia; pero requiere la colaboración humana.
  • Se tiene por verdadero lo que Dios ha revelado: es un modo de aprehensión intelectual de la verdad. Es un acto de la inteligencia, aunque también intervienen todas las potencias humanas. Cuando Dios revela debe prestársele aquella obediencia de fe por la que el hombre se entrega todo a Dios, rindiendo al Dios que revela el pleno acatamiento de su entendimiento y voluntad y asintiendo voluntariamente a la Revelación por Él hecha.
  • Se cree no por la evidencia intrínseca de los objetos, sino a causa de la autoridad de Dios.

El objeto material de la fe es Dios en su naturaleza y en su obra redentora. Es objeto de fe todo lo revelado por Dios y propuesto por la Iglesia, más específicamente los misterios sobrenaturales de la vida divina expresados en los dogmas de fe.

El objeto formal, o sea, la razón por la cual se cree, es Dios mismo, concretamente su infinita Veracidad, que no puede “ni engañarse ni engañarnos”. Las razones naturales que conducen a la fe son los “preámbulos de la fe”, pero su causa formal es sólo la veracidad divina.

b.- El acto de fe: Por acto de fe se entiende la culminación de un proceso interior comúnmente llamado conversión, cuando se contempla desde la perspectiva del hombre, y justificación, cuando se contempla desde la perspectiva de Dios. Este camino han de recorrerlo, todos los hombres, tanto los que recibieron el bautismo de niños y su infancia se desarrolló en el seno de una familia cristiana, como aquéllos que no conocieron el cristianismo y no fueron bautizados hasta la edad adulta. Se puede decir que todo ser humano precisa de una primera conversión que lo saque del estado de pecado y lo disponga para ser introducido en el estado de gracia. En ese estado de gracia, el cristiano deberá realizar sucesivas y nuevas conversiones, que se apoyarán en aquella primera que viene a constituir como el punto de partida de ese proceso cuyo fin es la santidad.

En la génesis del acto de fe intervienen diversos factores: por parte del hombre, el entendimiento y la voluntad y toda la persona humana; y por parte de Dios, la revelación, la gracia y el amor de Dios.

Este acto de fe lo podríamos dividir en los siguientes apartados o momentos:

  • Juicio de credibilidad: es razonable creer; puedo creer. Para este momento, no es necesaria la intervención de la gracia sobrenatural. Es la constatación de la existencia de Dios, que puede hacerse con la luz de la razón; y la constatación del hecho histórico de la revelación, que también puede hacerse racionalmente con los diversos motivos, signos o criterios de credibilidad. De ese análisis, filosófico e histórico, se deduce que hay suficientes pruebas, o motivos, para que el creer no sea un acto irracional ciego. La conclusión lógica, no siempre fácil, es que Dios existe y se ha manifestado a los hombres, por consiguiente puedo creer. Es el tema de los preámbulos de la fe, para el que no es necesario el auxilio de la gracia aunque de hecho moralmente se requieran gracias actuales la mayoría de las veces.
  • Juicio de credentidad: debe creerse; debo creer. En el juicio de credentidad se da paso a la consideración de que a Dios debemos amor, entrega y obediencia. Ésta es una afirmación de orden ético natural, independiente de la revelación divina. Hasta qué punto es necesario aquí el auxilio de gracias sobrenaturales divinas es cuestión discutida por los teólogos. La credentidad forma parte también de los preámbulos de la fe.
  • Decisión o mandato de la voluntad: quiero creer.
  • Asentimiento del intelecto: creo. Los dos últimos momentos (decisión de creer y asentimiento de la inteligencia a la verdad revelada) son ya plenamente realizados con la cooperación e influjo de la gracia sobrenatural, sin la cual el hombre no puede de ninguna manera incorporar su entendimiento y voluntad, su persona, a la verdad y amor divinos que la revelación le ofrece.

Este análisis o descomposición del acto de fe no quiere decir que cronológicamente los cuatro momentos se den así, ni que sean todos advertidos y distinguidos de una manera refleja: No hay que olvidar que intentamos analizar, lo que en la realidad forma un proceso vital. Con esta advertencia puede afirmarse que este análisis del acto de fe explica suficientemente el proceso y da cuenta de los diversos elementos (razón, libertad y gracia) que intervienen en el mismo.

c.- El error modernista: Al principio del siglo pasado surgió el modernismo teológico, en donde confluyen muchos errores del pensamiento filosófico y teológico de la época. Entre otros errores, el modernismo adoptó el motivo luterano de la fe como sentimiento, haciendo del dogma una expresión del sentimiento religioso que brota de la subconsciencia.

San Pio X condenó explícitamente esta teoría: “Tengo por cierto y sinceramente profeso que la fe no es un ciego sentimiento religioso, que brota del fondo de la subconsciencia bajo la presión del corazón y la inclinación de la voluntad… sino un verdadero asentimiento del entendimiento a la verdad recibida de fuera”.[7]

Pío XII, en la encíclica Humani generis, puso de relieve de nuevo el carácter intelectual de la fe y sus fundamentos racionales contra algunas tendencias que trataban de subestimar la función de la razón humana en orden a las verdades divinas (DS 3875 ss).

d.- Necesidad de la fe para salvarse: La fe es necesaria para la salvación y así lo ha expresado el Magisterio de la Iglesia. El concilio de Trento afirma que la fe es “inicio de la salvación humana, fundamento y raíz de toda justificación, sin la cual es imposible agradar a Dios y llegar al consorcio de hijos de Dios” (DS. 1532) y el concilio Vaticano I, recogiendo esas mismas palabras, añade: “de ahí que nadie obtuvo jamás la justificación sin ella y nadie alcanzará la salvación eterna si no perseverase en ella hasta el fin” (DS 3012).

La teología distingue un hábito de fe (fe habitual) concedido por la gracia santificante (también a los niños, por medio del Bautismo), y un acto de fe (fe actual), necesario para aquéllos que son capaces de obrar moralmente (porque tienen uso de razón).

La teología expresa esa radicalidad de la fe en la vida cristiana con esta tesis: la fe es necesaria con necesidad de medio para la justificación y para la salvación eterna, de tal modo que sin ella nadie puede salvarse. En el caso de todos los hombres en general (incluidos niños), se trata de la fe habitual, y en el caso de los que tienen uso de razón, de la fe actual. De modo que los niños para salvarse necesitan de la fe habitual conferida por la gracia santificarte (de ahí la obligación de administrar el bautismo cuanto antes sea posible), y los adultos necesitan el acto de fe para entrar en el reino de los cielos.

Una dificultad se plantea, sin embargo, con los que ignoran sin culpa el Evangelio, porque a ellos no ha llegado la predicación o por otras razones. Éstos, ¿necesitan también de la fe para salvarse? Ciertamente; lo que ocurre es que no hay que identificar la necesidad de la fe con la necesidad de aceptar explícitamente todo el Evangelio. Este tema ha sido afrontado repetidas veces por el Magisterio y resuelto.[8]

La doctrina sobre este punto la podríamos resumir así:

  • Cristo es el único mediador y camino de salvación, que se hace presente a través de su Iglesia. Él, con palabras explícitas, declaró la necesidad de la fe, del bautismo y de la Iglesia (1 Tim 2:5; Mc 16: 15-16).
  • Es necesario que todos los hombres se conviertan a Cristo. Esto justifica la actividad misionera de la Iglesia (Mc 16: 15).
  • No podrán salvarse aquellos que conociendo que la Iglesia Católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negasen a entrar o a perseverar en ella.
  • Pero “quienes ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan no obstante a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con obras su voluntad, conocido mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna[9].
  • Así, pues, “aunque Dios, por los caminos que Él sabe, puede traer a la fe… a los hombres que sin culpa propia desconocen el Evangelio”, la Iglesia Católica, que tiene la plenitud de los medios de salvación, es necesaria para alcanzar la fe.[10]

Supuesta la necesidad de la fe, la Teología moral se ha preguntado sobre cuáles son las verdades que se deben creer como absolutamente indispensables para la salvación:

  • Explícitamente hay que creer al menos que Dios existe, es Trinidad de Personas, que el Hijo se encarnó en Jesucristo, y que es un Dios remunerador. Pero aparte de las verdades necesarias mínimas, el cristiano tiene el grave deber de conocer todas las verdades reveladas por Cristo y propuestas por la Iglesia; de ahí que ésta, desde el principio, procuró expresar en conceptos el contenido de la fe y así surgieron los Símbolos o Credos. Se considera deber grave el conocimiento del credo, del decálogo, los sacramentos y la oración dominical.
  • Pero implícitamente se debe creer toda la revelación, es decir, lo que Dios ha manifestado a los hombres y ha sido propuesto por la Iglesia para creer: “Deben creerse con fe divina y católica todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o tradicional y son propuestas por la Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas, ora por solemne juicio, ora por su ordinario y universal Magisterio” (DS 3011).

Esta fe ha de ser operativa. Siendo la fe el fundamento de la salvación, debe estar presente en toda la vida del cristiano, comprometiendo toda su existencia: “El justo vive de la fe” (Rom 1:17). De modo que esta virtud debe inspirar toda la conducta del hombre dando sentido a su vida, al trabajo, a las relaciones sociales, etc.

El cristiano, una vez aceptado globalmente todo el contenido de la fe, ha de procurar conocer y estudiar, lo que Dios ha revelado. De modo que, de acuerdo con su edad, nivel cultural, etc., tiene el deber de adquirir una sólida formación doctrinal y religiosa.

e.- Pecados contra la fe: herejía, ateísmo, incredulidad..

Al cristiano nunca le es lícita la negación de la propia fe, ni directamente, por palabras, signos, gestos, escritos; ni indirectamente, por aquellas acciones que, sin indicar en sí mismas oposición a la fe, por las circunstancias en que se realizan, sin embargo, podrían interpretarse así. Esto ocurre también cuando un creyente niega con su conducta práctica la verdad en la que cree, o cuando con sus acciones está negando la fe que dice profesar.

La pérdida de la fe es un problema que en nuestra época ha adquirido vastas dimensiones, pues muchedumbres cada vez más numerosas se han alejado de la religión y el ateísmo se ha convertido en un fenómeno de masas.

En este proceso inciden diversas causas: la exageración de la libertad, el relativismo filosófico, teológico e histórico, el rechazo del Magisterio auténtico de la Iglesia, los desórdenes morales, las dudas de fe, la influencia del ambiente, la ignorancia religiosa, etc…

Entre todas, tal vez la más importante sea el desorden moral. Al estar el acto de fe sostenido por la voluntad y en última instancia por la gracia, es lógico que esté condicionado por las disposiciones morales del sujeto. Sucede además que al haber una discordancia entre lo que se confiesa con la boca y las obras que se realizan, a final uno acaba auto-justificando su mala conducta. Al no acomodar la vida a la fe,  acaba acomodándose la doctrina a la conducta; rebajando, cuando no vaciando totalmente, el contenido de la fe.

También se ha planteado el problema de si la fe puede perderse sin propia culpa, o dicho de otro modo, ¿puede haber motivos fundados que lleven a un católico a dejar su fe? Doctrinalmente, el problema fue resuelto por el concilio Vaticano I, que afirma que:

“Los que han recibido la fe bajo el Magisterio de la Iglesia no pueden jamás tener causa justa de cambiar o poner en duda esa misma fe”.[11]

Los teólogos posteriores al Concilio interpretaron el texto unánimemente así: No existe causa justa en sí misma para la persona que lleve a abandonar la fe sin pecado.

Los pecados contra la virtud de la fe son de forma y gravedad diversa. Los clasificaremos del siguiente modo:

  • Se puede pecar contra la obligación de creer: infidelidad, apostasía, herejía…
  • Se puede pecar contra la obligación de confesar la fe: ocultación, negación de la fe.
  • Contra la obligación de acrecentarla: ignorancia religiosa.
  • Contra la obligación de preservarla de los peligros.
  • También puede pecarse por omisión: por no cumplir el deber de confesarla externamente, por ignorancia de las verdades que deben creerse…
  • Por actos contrarios a esta virtud: éstos pueden ser por exceso y por defecto. Se dice que son por exceso cuando se consideran como objeto de fe cosas que no caen dentro de él. A saber: en la credulidad temeraria o en la superstición, cuando se cree en falsas devociones, en lugares falsamente milagrosos, horóscopos, etc. También entran en este apartado la adivinación y el espiritismo.
  • Se consideran pecados por defecto: la infidelidad, la apostasía y la herejía. A ellos suelen añadirse el cisma, el indiferentismo religioso, la duda positiva contra la fe y el ateísmo.

La infidelidad se define como la ausencia de la fe debida. Atendiendo a la culpa moral se habla de infidelidad material cuando no es culpable por provenir de ignorancia (paganos, p. ej.); infidelidad privativa debida a negligencia consciente y voluntaria e infidelidad formal cuando existe una oposición culpable a la fe. La infidelidad es el pecado del paganismo y de algunos sectores del mundo contemporáneo que niegan a Dios o no le dan el culto debido, etc.; también de aquellos que se apartan de la verdadera fe, como los apóstatas, herejes y cismáticos.

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Dada la importancia del tema, y no deseando que el artículo se haga demasiado largo, interrumpimos ahora el artículo para así la semana próxima a estudiar la virtud de la esperanza.

 Padre Lucas Prados

[1] Catecismo de San Pio X, nº 913.

[2] Para la elaboración de este apartado hemos consultado la voz “fe” en la Gran Enciclopedia Rialp, Ediciones Rialp, Madrid, 1991.

[3] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, IIa-IIae, q.4, a.1.

[4] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, IIa-IIae, q.2, a.1, ad.3.

[5] Conc. Orange II, canon 6, (DS 376).

[6] Vaticano I, Constitución dogmática Dei Filius, c. 3, (DS 1789).

[7] San Pío X, Juramento Antimodernista, (DS 3542).

[8] Si desea abundar más en este tema lo puede estudiar en Dz. 1645-1647 y DS. 2865-2867; 2915-2917.

[9] Vaticano II, Gaudium et Spes, nº 22.

[10] Vaticano II, Lumen Gentium, nn. 14-16.

[11] Concilio Vatino I, (DS 3013; 3036).

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com