Ya escribí en detalle sobre la antigua enseñanza católica concerniente a la pena de muerte y por qué el papa Francisco se equivoca en sus intentos de cambiarla. Por lo tanto no volveré a discutir este tema aquí.

Para el presente debate lo que importa es que los católicos comprendan que existe la autoridad para que el poder civil haga uso de la pena de muerte, que su correcto uso no es intrínsecamente malo, que esta verdad ha sido divinamente revelada, y que también ha sido confirmada magisterialmente. Se trata por lo tanto de una enseñanza infalible e irreformable de la Iglesia.

Para quienes deseen una verificación más teológica, el Dr. Edward Feser, coautor de un libro sobre el tema junto al Dr. Joseph Bessette, argumentó en forma persuasiva en un artículo del año pasado en el Catholic World Report, haciendo referencia específica a declaraciones realizadas por el papa Francisco. El Dr. John Joy, quien escribió la mejor explicación que he leído sobre la correcta comprensión de los modos y ejercicios del magisterio, también escribió en favor del argumento de Feser.

Y hasta el difunto cardenal Avery Dulles, quien se oponía a la pena de muerte, escribió en su ensayo titulado “Siete Razones por las que América no Debería Ejecutar”:

“Si el Papa negara que la pena de muerte puede ejercer una justicia retributiva, estaría derribando la tradición de dos mil años de pensamiento católico, negando la enseñanza de varios Papas y contradiciendo la enseñanza de la escrituras (notablemente en Génesis 9:5–6 y Romanos 13:1–4).”

Nada de esto equivale a decir que la aceptación de la enseñanza requiere que los católicos se entusiasmen con la aplicación de la pena de muerte.

En el contexto de la enseñanza de la Iglesia, hay espacio para el debate sobre la aplicación prudente de la pena capital. Hay argumentos válidos sobre cuándo puede ser utilizada lícitamente y en qué circunstancias. Sin embargo, lo que no está permitido es negar la verdad del asunto: Dios ha afirmado que el Estado tiene el derecho, en principio, de utilizar la fuerza letal contra individuos, en retribución de crímenes y en defensa del bien común — y que, tal como han enseñado algunos de los santos y doctores de la Iglesia, la aceptación de dicha pena por quien debe ser ejecutado puede servir como forma de expiar el castigo temporal por sus pecados.

Es por ello que es tan preocupante que el papa Francisco haya atacado la pena de muerte llamándola “siempre inadmisible” y “contraria al Evangelio”. Él ha condenado a sus predecesores en el oficio papal por permitirla, acusándolos de ignorar la “primacía de la misericordia sobre la justicia”, y ha ordenado que su visión fuese insertada en el catecismo, reemplazando la enseñanza anterior.

La implicación del término “inadmisible” es que el uso de la pena de muerte está prohibido por la ley moral, porque en qué otra instancia podría un Papa decir que una acción no permite excepción moral sino en caso de un mal intrínseco (cf. Veritatis Splendor 82).

Y sin embargo, tal como declaró en 2005 el arzobispo Charles Chaput, quien dijo que se opone al uso de la pena de muerte en la mayoría de los casos (negritas nuestras):

“La pena de muerte no es intrínsecamente mala. Tanto las escrituras como la antigua tradición cristiana reconocen la legitimidad de la pena capital en ciertas circunstancias. La Iglesia no puede repudiarla sin repudiar su propia identidad.”

¿Entonces qué significa todo esto?

Un Caballo de Troya Doctrinal 

Lo que sea que el papa Francisco piense sobre la pena de muerte, él no tiene el poder de cambiar la enseñanza.  Él es el heredero y garante del depósito de la fe, no el originador o árbitro del mismo.  

Algunos argumentan que él no está llamando el caso de la pena de muerte intrínsecamente malo;  si no,  ya lo habría dicho. El espacio no nos permite reexaminar la inclinación de nuestro Papa por utilizar la ambigüedad como arma, pero me basta decir que creo ha sido muy pero muy astuto en esto, tanto en lo que dijo como en lo que no.

Claramente, él no está emitiendo un sencillo juicio prudencial. En primer lugar, el Papa no es omnisciente. No puede decir con certeza que conoce la situación de cada una de las prisiones de la nación, estado o ciudad, y que lo que antes era considerado un recurso moral ya no puede ser considerado como tal debido a un cambio universal en las condiciones. La realidad es obviamente distinta. Si nos enfocamos solamente en la capacidad de anular la amenaza impuesta por criminales violentos, un vistazo a los sistemas penitenciarios del primer mundo nos demuestra que no hemos logrado eliminar los peligros impuestos por quienes hemos encarcelado. Violaciones, revueltas, asaltos y asesinatos continúan siendo un problema. Si miramos a las naciones menos avanzadas y prósperas, encontramos prisiones en total estado de abandono, en condiciones deplorables donde la violencia extrema no es infrecuente. Sin duda no hemos llegado al momento en que podemos declarar el fin de la necesidad de tornar a los criminales inofensivos en nombre del bien común.

Por lo tanto, la lógica dice que el Papa debe estar promoviendo un principio moral absoluto. Esto es lo que implica el lenguaje que utiliza. El P. George Rutler coincide:

“El papa Francisco utiliza el término “inadmisible” para describir la pena de muerte, si bien no tiene sustancia teológica, y al evitar palabras tales como “inmoral” o “mal” inflige en su discurso una ambigüedad similar a ciertas partes de Amoris Laetitia. El significado evidente es que la pena capital es un mal intrínseco, pero decirlo abiertamente sería demasiado atrevido. También llama a toda vida “inviolable”, un término que solo se aplica a una vida inocente, de otra manera no tendría garantía moral. Luego, en todo esto está la consideración secundaria, aunque no mencionada, del papel del castigo y el infierno, conjurando una sospecha de universalismo, que es negar de la alienación eterno de Dios.”

El lenguaje del Papa logra ser lo suficientemente vago para evitar por poco los cargos de herejía, a la vez que son suficientemente obvios como para dejar en claro exactamente esto: la refutación directa de la doctrina católica.  

No creo que la idea de intentar retroceder en este asunto particular sea accidental.

De hecho, es la oportunidad perfecta para hacer algo crucial en favor del progreso de su agenda de “reformas”.

La pena de muerte es impopular, incluso en una sociedad llena de justificaciones morales en favor del aborto y la eutanasia. El papa Juan Pablo II favoreció esto entre los católicos — incluyendo a muchos conservadores. Si uno apoya la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre este tema, terminará recibiendo acusaciones como esta:

En serio que me cuesta comprender el deseo sangriento y contrario a la vida  de tantos autodenominados católicos por la pena de muerte. En verdad que desalentar el cristianismo auténtico provida y engañar a los cristianos pensando que sólo el aborto importa es un signo del Maligno.

El P. Horan es un conocido líder del pensamiento progresista en la Iglesia, pero uno puede estar seguro que también oirá este tipo de mensajes de parte de otros católicos menos ideológicamente motivados.

Este mazo está amañado y es una ventaja de la que el Papa está utilizando.

Al elegir una enseñanza a la que una mayoría — incluyendo muchos en la jerarquía — se oponen al menos prudencialmente y luego cambiando el catecismo, Francisco señala algo extremadamente significativo:

Podemos cambiar esta enseñanza porque en el pasado la Iglesia estuvo equivocada sobre ella. Y si la Iglesia pudo equivocarse sobre esta cuestión moral, puede estar equivocada sobre cualquiera de ellas. Esto significa que podemos cambiar a estas también.

Si el objetivo aquí es, tal como sospecho, desmantelar la autoridad de la enseñanza y la credibilidad de la Iglesia en cuestiones de la fe y la moral, la enseñanza sobre la pena de muerte es el vehículo perfecto para lograrlo. Es un caballo de Troya diseñado a medida para llevar las fuerzas en favor del relativismo doctrinal y dogmático al corazón de la Iglesia para una victoria fundamental.

El hecho es que un cambio en el catecismo no es realmente un acto magisterial, pero muchos lo verán así. Tampoco alcanza la altura de una declaración ex cathedra, pero cuando nos apoyamos en estas distinciones legales para consolarnos es como buscarle una quinta pata al gato.

Puede ser técnicamente cierto que el Papa no violase las protecciones de la infalibilidad; sin embargo, es prácticamente cierto que la gran mayoría de los católicos creerá que esta enseñanza inmutable ha sido oficialmente cambiada. Esta vez no se trata de una entrevista o de una homilía. Es uno de los libros en los que la mayoría de los católicos ha aprendido a confiar con certitud durante los últimos treinta años. Nos encontraremos con el Catecismo citado en nuestra contra cuando intentemos defender la enseñanza inmutable. Incluso nos llamarán cismáticos por “rehusar a obedecer al Papa” y no aceptar esta nueva “verdad”.

Y ya sabemos a dónde nos puede llevar este tipo de lógica en un futuro cercano.

¿Recuerda al P. Chiodi, el sacerdote de la nueva versión de la Academia Pontificia para la Vida, quien dijo en una conferencia de 2016 que hay “circunstancias — me refiero a Amoris Laetitia, capítulo 8 — que precisamente por cuestiones de responsabilidad, requieren de anticonceptivos”?

Ese argumento no ha vuelto a ser utilizado. Pero ahora existe un precedente.

¿Y qué hay del obispo Erwin Kräutler, uno de los principales arquitectos del Sínodo del Amazonas, quien ha afirmado que la carta apostólica del papa Juan Pablo II, Ordinatio Sacerdotalis, la cual definitivamente descarta a las mujeres sacerdotisas, “no es dogma y no debe tener el peso de una encíclica”?

¿Realmente creemos que este es un tema al que dejarán solo indefinidamente?

Un cercano aliado papal, el cardenal Christoph Schönborn, ha indicado que coincide hasta cierto punto con ambos hombres. Schönborn permitió que la página web diocesana publicara artículos que apuntan en favor de derrocar Humanae Vitae, sin ofrecer una defensa de la enseñanza tradicional. Él afirmó personalmente que la ordenación de mujeres aún es posible — si bien se retractó luego, tras una protesta significativa, diciendo que solo estaba considerando ordenar mujeres diaconisas.

Solo ordenar mujeres diaconisas…cosa que igualmente significaría incluirlas en el Orden Sagrado.

Parece que el juego funciona así: se propone una idea que traspasa los límites, se tantea la respuesta, se retrocede si hay una oposición avasallante. Con frecuencia, incluso retractándose, terminan más allá de donde comenzaron. “¡Oh, no me refería a mujeres sacerdotisas, solo mujeres diaconisas! Y obviamente también necesitamos abandonar el celibato sacerdotal…” Es una constante dialéctica Hegeliana, avanzando siempre dos pasos hacia adelante, pero avanzando aunque tengan que dar un paso hacia atrás.

No queda claro qué tanto abre el juego el cambio “oficial” sobre la pena de muerte, pero seríamos unos tontos si pensáramos que otras cosas inmutables no la sucederán en algún punto en un futuro no muy distante. El Sínodo del Amazonas ciertamente será el próximo lugar en donde lo intentarán.

Steve Skojec

Traducido por Marilina Manteiga.

 Fuente: https://onepeterfive.com/why-the-death-penalty-teaching-change-is-a-perfect-doctrinal-trojan-horse/