ADELANTE LA FE

Por qué el culto católico requiere el arte más  elevado 

¿Era necesario transformar nuestra forma de dar culto a Dios para adaptarla al hombre de hoy? ¿Era necesario deshacerse de nuestro precioso legado musical y sustituirlo por una música inventada que imita los estilos del mundo secular? Ése fue, a fin de cuentas, el argumento esgrimido para suprimir el latín, el canto gregoriano y la polifonía renacentista: que eran producto de otras épocas, de otros contextos culturales; estaban anticuados y no nos dicen nada en este momento de la historia.

Pero eso es a todas luces falso. No sólo hay muchos que efectivamente responden a esa clase de música y de obras de arte, sino que les agrada y la encuentran fascinante y convincente; la encuentran auténtica. Les agrada el sonido del latín y del gregoriano, las catedrales góticas, las coloridas vidrieras y una imaginería exquisita. De ello da fe la popularidad de las grabaciones de música medieval y renacentista y de los libros de historia del arte profusamente ilustrados con fotos de grandes templos, retablos y paramentos de otros tiempos. Todo ello es siempre cautivador, tanto para los analfabetos como para los más cultos. Basta con observar la mirada de asombro en el rostro de tantos como visitan las catedrales góticas europeas. Una belleza majestuosa sigue hablando con elocuencia de lo divino, lo eterno, lo inmortal, lo espiritual. Una catequesis a través de los sentidos, una experiencia mistagógica. Los humanos tenemos necesidad de ello.

La buena liturgia y la música tienen por objeto instruir los sentidos, habituar a la belleza, conducir a una vida, una mentalidad y una forma de sentir más elevadas. Nacemos como unos seres simplones capaces de aprender y de satisfacernos con mucho menos de lo que merece nuestra dignidad humana, de lo que ésta es capaz de alcanzar. Las obras maestras antiguas son regalos de Dios a la cultura cristiana, y tienen que ser la vara para medir otras contribuciones. Ciertamente sería un retroceso permitir que los gustos populares en el pseudoarte de consumo masivo se impongan en aquello que los católicos debemos tener en la más alta estima.

Asignamos tanto valor a las obras maestras del arte porque su valía trasciende el tiempo, del mismo modo que el latín es intemporal, algo poseído en común por todas las naciones que no es propiedad privada de nadie. ¿A qué país pertenece la Missa Papae Marcelli de Palestrina? ¿A qué época está limitado el Requiem de Mozart? ¿Qué clase social disfruta en exclusiva de las Fugas sobre el Magnificat de Pachelbel? ¿Para qué ocasiones especiales están reservados los propios gregorianos? ¡Qué preguntas más absurdas! La gran música sacra y las grandes obras de arte pertenecen a todos. Son el legado y la bendición de todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, la alegría de toda alma dondequiera que la Iglesia Católica levanta templos y consagra altares. ¿Quién se atreverá a decir que las obras de Juan Sebastián Bach –como por ejemplo la Misa en si menor— está anticuada y ya no conmueve a nadie? La obra de Bach no podría conmover más hondamente.

Quienes están al corriente de las bellas artes saben que siempre ha habido y seguirá habiendo excelentes obras de arte actuales en todos los medios (véase por ejemplo el encuentro del Catholic Art Guild –gremio de artistas católicos– que tendrá lugar el próximo 4 de noviembre en Chicago). Nada más en el ámbito de la música sacra, el repertorio para órgano y para coro se amplía constantemente con obras muy meritorias. Obras que se pueden incorporar sin mucha dificultad al extenso inventario de la Tradición porque proceden de modo natural de él y se enriquecen simbióticamente, dando cuerpo a unas mismas ideas y cumpliendo idénticos fines. Nunca ha habido necesidad de romper bruscamente con el pasado y sustituirlo torpemente por sucedáneos de inferior calidad. La gran música nunca pierde su frescura juvenil, mientras que la mediocre envejece pronto quedando ridícula.

Si no fuera ya católico y estuviera buscando la religión verdadera, la tremenda desconexión que se ha producido en los últimos cincuenta años entre lo que la Iglesia dice que es y el modo en que se ha conducido en el último medio siglo me habrían desencaminado. Habría razonado de la siguiente manera: «Los judíos ortodoxos, los cristianos ortodoxos orientales, los anglicanos anglocatólicos y los musulmanes se aferran firmemente a sus tradiciones ancestrales, cultivándolas y apreciándolas, y no las cambiarían por nada. Si creen que están en la verdad, su actitud es desde luego muy sensata. Pero después del Concilio Vaticano II los católicos han abandonado lo que consideraban más sagrado, solemne, hermoso y digno. Mi conclusión es que la Iglesia Católica no tiene ni idea de lo que hace. Tal grado de insensatez es prueba irrefutable de que le falta devoción, fidelidad y continuidad».

Si esta conclusión es falsa e inaceptable, también tiene que serlo la miope e ingrata actitud hacia la Tradición en que se basa tal deducción. ¿Cuál es la única solución entonces? Mantener con fidelidad y firmeza la tradición ancestral. «Así dice Yavé: Haced alto en los caminos y ved, preguntad por las sendas antiguas: ¿Es ésta la senda buena? Pues seguidla, y hallaréis reposo para vuestras almas» (Jer. 6,16).

(Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe. Artículo original)

Peter Kwasniewski

El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado seis libros, el último de ellos, Noble Beauty, Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages (Angelico, 2017).
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