El pasado 30 de noviembre, S.S. Francisco pronunció el discurso de clausura de la divina liturgia celebrada por el patriarca ecuménico Bartolomé I en la iglesia ortodoxa de S. Jorge en Estambul. Durante su alocución, Francisco manifestó su convicción de que la reintegración de la Iglesia Ortodoxa a la plena comunión “no significa la sumisión o asimilación de una iglesia a otra.” Esto es claramente falso. Como sabe todo católico, quien se niega a someterse a la autoridad de la Iglesia Católica se coloca fuera de ella. Y el que está fuera de la Iglesia no puede desde luego estar en plena comunión con ella.

Antes, cuando los papas no ponían el respeto humano a los herejes y cismáticos por encima del respeto a la verdad de Dios, había otra clase de católicos. Eran católicos capaces de entender una lógica tan simple como que dos sistemas contradictorios de creencias jamás se pueden reconciliar. Entendían que por mucho que se elogiara a un hereje, se dialogara con él y se hicieran buenas obras con él nunca se acercaría una pizca a la verdad el error del hereje.

Uno de esos católicos era Arthur Featherstone Marshall. Marshall era titulado por Oxford y sacerdote anglicano. Se convirtió al catolicismo en la década de los sesenta del siglo XIX. La entrada que le dedica la Enciclopedia Católica no deja la menor duda de que si hoy en día viviera escribiría para The Remnant:

[Marshall] gozaba de bastante fama como autor de Comedia de la convocatoria”, folleto satírico en que dejaba al descubierto las incoherencias sostenidas por las tres ramas del anglicanismo, es decir, iglesia alta, media y baja o general. Su sainete Los viejos católicos de Colonia fue casi igual de popular durante el periodo inmediatamente posterior al Concilio Vaticano I y la apostasía de Döllinger. Otras obras polémicas de tono ligero y popular de este ingenioso autor fueron Réplica al ataque del obispo de Ripon a la Iglesia Católica y La infalibilidad del Papa.

En 1833, el American Catholic Quarterly Review publicó un lucido ensayo de Marshall titulado Reencuentro o sumisión, que desbarata por completo lo que Marshall llama la solemne tontería del ecumenismo posconciliar, mucho antes de que a Juan XXIII pudiera pasársele por la cabeza la idea de celebrar un concilio. Es más, el título mismo del ensayo de Marshall, Reencuentro o sumisión, ya dice –al contrario que nuestro Papa actual– que no es posible la menor comunión sin la sumisión de los no católicos a la Iglesia. Marshall aporta unas explicaciones muy necesarias que ayudan a entender mejor a los católicos modernos por qué todo intento conciliar con miras al ecumenismo está destinado al fracaso. No sólo eso: Marshall también nos proporciona maneras de explicar esta sencilla verdad a nuestros amigos neocatólicos y liberales.

Reproducimos a continuación la primera parte del ensayo. Próximamente publicaremos otros capítulos. Tenga presente el lector que las propuestas de Marshall no reflejan solamente su opinión, sino verdades muy elementales y obvias que todo católico que se preciara de finales del siglo XIX debía conocer. Pasemos, pues, sin más preámbulo, al texto de Arthur Featherstone Marshall.

Chris Jackson

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¿REUNIFICACIÓN O SUMISIÓN?

¿Qué quiere decir “reunificación de las iglesias? Tal vez la frase sea intencionadamente ambigua. No puede haber reunificación donde nunca hubo unidad. Y ciertamente entre católicos y herejes nunca hubo unidad de fe ni de obediencia. Examinemos la falaz reunificación a ver si descubrimos una palabra más apropiada.

La tendencia de la llamada Iglesia Alta de Inglaterra, cuando es partidaria de la reunificación, se refiere a la unión de “las ramas romana, griega y anglicanas”, que según consideran ellos integran el conjunto de la Iglesia Católica. Para un católico, es evidente que tal unión sería imposible tanto en la teoría como en la práctica. En primer lugar, se da por sentado que las supuestas tres ramas estuvieron en un tiempo unidas formando un todo. Pero jamás existió ni podría existir semejante unión. Las ramas de la zarodoxia y el anglicanismo se oponen acérrimamente en principio al catolicismo y no pueden por tanto tener una raíz común. La iglesia zarodoxa es una rebelión contra la autoridad de la Santa Sede. Por su parte, el anglicanismo, además de ser una rebelión semejante, constituye una apostasía de buena parte de las doctrinas católicas. Tampoco reconoce la zarodoxia a la Iglesia Anglicana como ortodoxa, ni reconoce el origen apostólico en sus órdenes. Está claro que no puede haber una reunificación de “ramas” que nunca fueron una, del mismo modo que está claro que la Iglesia Católica, que nunca fue zarodoxa ni anglicana no puede reintegrarse a ramas que nunca reconoció. Por consiguiente, si queremos hablar con propiedad no tiene sentido hablar de reunificación de las Iglesias en un contexto de Iglesia alta; en cambio, en un contexto de Iglesia Baja, significa la unión de todos los disidentes con una institución de la que nunca han sido hijos.Habría que encontrar una palabra más precisa para resolver las dificultades del caso. Y esa palabra más indicada sería sumisión: la sumisión de todos los protestantes a la Iglesia Católica.

“¡No!,” –exclamarán a la vez anglicanos y disidentes–  “La sumisión es una idea demasiado humillante.” Si se toma en un mal sentido, desde luego lo es, pero en un buen sentido es alentadora y edificante. No puede haber humillación en la sumisión a una autoridad que reconocemos legítima. Sólo al someternos a una autoridad que no reconocemos sentimos agravio en nuestro amor propio. Por ejemplo, ¿tiene algo de humillante obedecer a nuestros padres, o cumplir las leyes vigentes en nuestro país, o incluso la obediencia a las normas promulgadas por una  sociedad u organización para todos sus miembros? En modo alguno. ¿Y por qué no lo tiene en ninguno de los tres casos mencionados? Simple y sencillamente porque la autoridad paterna está reconocida como legítima, tanto en lo humano como en lo divino. Porque las leyes de los países son tan esenciales para nuestro bien como para la existencia misma del Estado. Y, por último, porque las normas de convivencia de toda sociedad protegen a sus miembros como una fortaleza inexpugnable para sus enemigos. No hay nada de humillante en esas formas de sumisión. Todo lo contrario: la humillación sería una consecuencia inmediata de la desobediencia a los padres, de la infracción a la ley o incluso del ostracismo al que condenaría a todo miembro inconformista la contravención de las normas sociales. Así pues, en ninguno de estos tres casos se puede hablar de sumisión, la cual lleva en sí el temido castigo de la humillación. Sólo negarse a sujetarse por obediencia a la autoridad debidamente constituida es objeto de castigo y deshonra.

Los no católicos replicarán algo muy razonable: “Sí, claro, eso es muy cierto con relación a una autoridad reconocida; ahora bien, ¿cómo puede demostrar que la sujeción a la Iglesia Católica está al mismo nivel que los ejemplos que acaba de poner? Sostengo que no, porque aunque en esos tres ejemplos reconocemos la autoridad, no la reconocemos en la Iglesia de Roma. Lo que usted dice es una petición de principio.”

Responderemos a la objeción de la siguiente manera: La afirmación de la autoridad es una causa principal de obediencia, dado que esa afirmación supone un derecho consciente. En casi todos los asuntos humanos, la afirmación de autoridad constituye tres cuartos de la justificación de lo que afirma. Si un padre le dijera a su hijo o el Estado a un súbdito: “No me obedezcas”, en cualquiera de los dos casos habría muy poca obediencia. Pero como el padre dice con energía: “Hazme caso”, y el Estado impone su autoridad, nadie pone en duda la autoridad que exige obediencia. Y la analogía es tan estrecha –no diremos completa– entre la Iglesia Católica, el padre y el Estado que no nos tomará mucho rato demostrar que la declaración de autoridad divina constituye en sí una justificación de su derecho a ser obedecida.

Empecemos por observar que la Iglesia Católica es la única que afirma la autoridad que Dios le ha conferido; es decir, el derecho divino que obliga a obedecerla. Es posible demostrar más allá de toda duda que ninguna otra iglesia, secta ni confesión, desde la iglesia zarista a la más diminuta congregación, jamás ha afirmado ni afirma tener la sola autoridad de Dios para exigir obediencia a todos los cristianos del mundo. La iglesia del Zar está tan lejos de afirmar tal cosa que no confiesa ser más que un aparato político para mantener la unidad del imperio. Y tampoco ha intentado fuera de dicho imperio convertir a los paganos al cristianismo ni mostrado el más mínimo interés en su conversión. Ninguna misión cristiana ha contado con el apoyo del Zar de las Rusias. La única obra misionera del imperio es la persecución. Esto bastaría para demostrar que la Iglesia de Rusia no hace declaración alguna de autoridad divina para enseñar al mundo. Y algo más importante: la Iglesia del Zar no pretende definir dogmas. En ningún momento se le ha ocurrido convocar concilios para definir la fe. Es un puro cadáver porque le falta el desarrollo que distingue claramente a la Iglesia docente. La expresión rusa “Santo Sínodo” es una impostura; no hay la menor pretensión de declarar dogmas relativos a la doctrina cristiana en respuesta a los ataques de los infieles. Hasta tal punto ha secado el cisma el sarmiento ruso, marchitándolo y apagando su vitalidad espiritual por todo el imperio, que no sería faltar a la verdad afirmar que el fragmentado protestantismo conserva más del espíritu católico que la iglesia por Focio.

Por lo que se refiere a la Iglesia Anglicana de Inglaterra, ésta sostiene que no puede enseñar; que como “todas las iglesias se han equivocado”, ella también puede errar. Además, guarda mucho rencor a la Iglesia Católica por haberse proclamado infalible –por definir los límites precisos de dicha infalibilidad y en qué radica– que no puede perdonar esa censura oficial del carácter humano del anglicanismo, de sus vacilaciones y su posibilidad de equivocarse.

En cuanto a los disidentes, basta con señalar que la sola existencia de sus variedades es una declaración de los derechos de la herejía, del privilegio cristiano, la obligación cristian y la infinitud del cisma..

Sólo hay un cuerpo de cristianos en el mundo que reivindique la autoridad conferida por Dios para enseñar a todas las naciones. Y aunque en sí dicha reivindicación no sería prueba de que la tuviera, da motivos para inclinarse seriamente a creer que sea así. Volviendo a la analogía que expusimos más arriba, así como ningún hijo obedecería a un padre que le dijera: “Ni Dios ni los hombres me han dado autoridad para enseñarte”, tampoco se le ocurriría a nadie obedecer las leyes de un país que dijera a sus súbditos: “Tengan la bondad de hacerse sus propias leyes, que no tengo autoridad para exigir que se cumplan ni para castigar a los disidentes políticos”. Y tampoco a nadie que crea en la divinidad de la religión cristiana se le ocurriría obedecer la religión del Zar o la de la reina Victoria (o la de cualquiera de las 242 sectas inglesas, o la de cualquiera de las 220 americanas), porque cada una de dichas congregaciones reconoce no tener más autoridad que la que le puede otorgar su obstinación y su gusto. Y dado que la autoridad del divino Maestro no tiene por único objeto legislar, sino regir en su totalidad la fe en lo que respecta a la salvación, es necesario que dicha autoridad exija una obediencia más intelectual y moral, más vinculante para la naturaleza espiritual de todo cristiano que todas autoridades paternas y estatales juntas, que sólo se ocupan de la vida temporal.

Si aceptamos, por tanto, el carácter totalmente razonable de la objeción “la mera afirmación de autoridad divina sin más credenciales no es prueba de que se posea tal autoridad”, debemos estar no obstante en condiciones de demostrar que negar que se tiene autoridad divina es prueba innegable de que no se la tiene. Decir: “No te puedo enseñar porque soy tan falible como tú” equivale a decir: “No tengo más autoridad divina que los laicos de mi congregación.” Eso es lo que dicen todas las “iglesias,” con excepción de la católica, a los discípulos con los que comparten autoridad.Todas las “iglesias”, pues, a excepción de la Católica, confiesan que son instituciones puramente humanas; que su “teología” se ha construido a partir de opiniones privadas de personas que se han constituido en guías exclusivos para determinar la verdad. Llegan incluso a jactarse de lo que llaman su libertad de juicio privado, la libertad para hacerse esclavos de su eclecticismo. Su “autoridad” consiste en la valoración de uno o más maestros protestantes, o en la comparación que han hecho entre todas las doctrinas según su parecer. Dicho de otro modo: carecen de la menor autoridad. Considerar que la estimación personal de un maestro o una interpretación personal de las Escrituras es una autoridad divina de confianza que satisface todas las exigencias es tomarse a chacota la cuestión más importante para el alma humana. Y sin embargo, esa es la única autoridad “divina” que puede tener una persona fuera de la Iglesia. Da igual que se sea ortodoxo, anglicano, bautista o cuáquero; su autoridad “divina” consiste en la valoración personal que tiene de sus maestros o su interpretación personal de la enseñanza del Nuevo Testamento. Tampoco vale la pena detenerse en este último punto, “su interpretación personal de la enseñanza del Nuevo Testamento.” Ninguna falacia ha hecho más daño a la almas cristianas que la que es fundamental al protestantismo en todas sus formas: “La interpretación privada de la Biblia es lo mismo que la propia Biblia.” El sentido común habría sido suficiente para tirar por tierra una teoría que consiste en deificar la ignorancia y la presunción. Presentar a las Escrituras como “la única autoridad de Dios” aparte de la interpretación de la Biblia es como afirmar que para aprender a fondo la astronomía basta con contemplar el cielo en una noche estrellada. La falacia de la sola Scriptura ha quedado al descubierto en toda secta que se ha fundado y en cada uno de sus discípulos a lo largo de la historia. Esa falacia está tan vista que ni haría falta rebatirla. La autoridad de Dios está en la Biblia, no en la interpretación privada de Ésta.

(Continuará…)

[Traducido por J.E.F]