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Por qué la «reforma de la reforma» tiene los días contados

Es muy razonable planteárselo: por qué, después de más de cincuenta años en que se ha dado sobrada oportunidad al Novus Ordo para demostrar su valía, y es ostensible que no lo ha conseguido; años en que una minoría de obstinados sacerdotes, en un intento de revertir la banalidad y la irreverencia, no han conseguido sino que los envíen destinados a donde el diablo perdió el poncho, o incluso al diván del psiquiatra. ¿Por qué sigue habiendo gente que defiende el Novus Ordo o fomenta su redención por medio de las mejoras que introdujo Ratzinger?

Se puede entender al pesimista pragmático que cree que no hay otra alternativa (aunque estuviera equivocado ahora que, después de Summorum Pontificum, se ha vuelto legítimo salirse de los moldes. No es que nunca lo hubiera sido según el derecho natural y el divino). Pero cuesta más entender al idealista y optimista que cree que toda esa alharaca merece continuar por otro medio siglo con minuciosos ajustes en cuanto a los personajes que intervienen.

A lo mejor que lo que tenemos aquí son los últimos estertores de la actitud o mentalidad conservadora que yo definiría de la siguiente manera: «Todo lo que nos dé la Iglesia es forzosamente bueno. O por lo menos suficiente para nosotros y para lo que necesitamos a estas alturas de la historia».

Pero esta actitud es bastante incorrecta.

1. Lo que nos da la Iglesia no es ni puede ser otra cosa que su Tradición. Que haya clérigos que se desvivan por eliminar o diluir la Tradición católica para hacerla más digerible es otra historia. Está claro que lo que nos han dado con la reforma litúrgica no es lo mejor; ni en cuanto a elaboración ni en lo que se refiere a contenido y presentación, como tampoco en su desarrollo y puesta en práctica. En todos esos sentidos ha habido una ruptura descomunal. A estas alturas no hay prácticamente nadie que pueda sostener la postura, que apesta al festival de Woodstock, de que gracias a Paulo VI hemos entrado o vamos a entrar en una Era de Acuario litúrgica.

2. ¿Es el Novus Ordo suficiente o pasable? La Iglesia nunca ha entendido de esa manera el culto divino. Dios se merece todo lo que le podamos dar; lo mejor, lo más santo, lo más puro, lo más noble. Y más aún que a eso tiene derecho a que le restituyamos lo que Él mismo nos ha inspirado a lo largo de muchos siglos de plegaria litúrgica. La liturgia se ha ido desarrollando en profundidad y en alcance durante numerosas centurias gracias a la benéfica causalidad divina y el cuidado providencial de Dios, que vela por su Cuerpo Místico. Por consiguiente, tenemos en justicia el deber para con Él de aprovechar los dones que nos ha concedido. En el mejor de los casos, deshacernos de buena parte del contenido de nuestra liturgia, que ha sido pasto espiritual para innumerables cristianos, a fin de ofrecer a cambio una extraña mescolanza de fragmentos reinterpretados de lo antiguo y de novedades de ayer por la tarde es una manera inaudita de implorar al Señor que siga bendiciéndonos. Y en el peor de los casos, un insulto a su bondad y generosidad.

3. ¿Son los ritos reformados lo que necesitamos en este momento de la historia? La sociología, la psicología, la antropología y la teología proclaman unánimes un clamoroso no.

Aparte todo esto, conviene examinar de qué modo la reforma de la reforma, en este momento de la historia de la Iglesia, y en la medida en que ha sobrevivido a la dimisión de su principal patrocinador, es perjudicial para la renovación de la liturgia.

Para empezar, es perjudicial porque recalca uno de los principales errores del Novus Ordo: que en lugar de que el contenido y la modalidad del culto estén predeterminados por una Tradición a la que están sujetos por igual, es de rigor que el celebrante tome decisiones repetidas, deliberadas y en cierta forma arbitrarias. Que una celebración Novus Ordo sea hermosa y reverente depende de la decisión del celebrante, lo mismo que si se trata de una Misa con payasos que tocan el bongó o una tertulia televisiva con ministras extraordinarias de la Comunión.

La única manera de solventar el problema sería que el celebrante hiciera un voto privado de hacer siempre lo mejor. Es decir, elegir siempre lo que sea tradicional o se acerque a la Tradición, por ejemplo decir siempre «el Señor esté con vosotros» y «Kyrie eléison», emplear en todos los casos el Canon Romano, celebrar sin excepción ad orientem, dar sin falta la Comunión en la lengua, y así sucesivamente. Ahora bien, esto le suscitaría una miríada de problemas de conciencia: ¿qué es lo mejor en este o en aquel caso? Seguiría teniendo que hacer uso de discernimiento y tomar decisiones, a veces de improviso, decisiones ajenas al espíritu de la liturgia y que suponen recibir un don y atenerse a una norma. Si trata de cumplir su voto, tarde o temprano suscitará una reacción en algunos feligreses, que vendría seguida de una serie de llamadas y cartas desagradables de la curia diocesana.

Un seminarista que me escribió lo sintetizó mejor que nada que haya visto hasta ahora:

«Mientras que nosotros nos ocupamos activamente en adaptar el Novus Ordo a la Tradición, órdenes como la Fraternidad San Pedro o el Instituto Cristo Rey Sumo Sacerdote dejan simplemente que la Tradición los forme. Visto desde esa perspectiva, por muy fielmente que quien se esfuerza por mejorar el Novus Ordo acercándolo a la Tradición se adhiera a las creencias y prácticas tradicionales, no deja de participar en una contradicción: para ser verdaderamente tradicional hay que ser cada vez más a lo pequeño; para ajustar el Novus Ordo a la Tradición, hay que ir cada vez a lo más grande».

No sólo eso. La reforma de la reforma prolonga la agonía de la Iglesia y el pueblo de Dios. Así como al que ya está borracho no se le sirve más alcohol, ni se le suministra más droga a aquel cuya única esperanza de supervivencia está en dejar la droga, ni siquiera con las mejores intenciones se debe tampoco celebrar en el rito que precisamente efectuó una ruptura con la Tradición católica y perpetúa esa ruptura. Aunque al cabo de muchas décadas se podría elaborar algo más parecido al rito tridentino en el Novus Ordo, ¿no sería acaso más fácil, seguro y mejor que el sacerdote adoptase desde el principio el patrón oro y abandonara un rito que falla en tantos sentidos? ¿Para qué ocuparse en la reforma de la reforma si cada paso nos acerca a la liturgia auténtica que ya teníamos y seguimos teniendo? Me recuerda una metáfora lamentablemente acertada que vi una vez en internet:

Te presentan dos pizzas: A y B. Puedes comerte la A, pero eliges la B. Después, te esfuerzas tal máximo por preparar la B de forma que te salga como la A. En eso consiste la reforma de la reforma.

Y así, uno se entera de que hay sacerdotes que celebrando el Novus Ordo recitan el Salmo 42 durante la procesión desde la sacristía, recitan el Aufer a nobis cuando se acercan a besar el altar, rezan en voz baja alguna de las oraciones antiguas del Ofertorio mientras preparan las ofrendas en silencio, escogen el Canon Romano y lo rezan con voz algo más baja, mantienen unidos el pulgar y el índice de cada mano hasta el momento de purificar, y otras cosas por el estilo. Yo antes era muy favorable a esta especie de enriquecimiento. Hasta que me di cuenta de que por decisión personal inserta elementos que eliminó a propósito el absolutismo papal. Quiere eliminar un abuso con otro parecido, como si uno pudiera contrarrestar al otro.

Añadir más aparato litúrgico es bueno es importante, del mismo modo que una pizza que lleva más ingredientes encima resulta más apetitosa, y probablemente llena más; pero si falla algo en la masa o el queso es de mala calidad, hay que hacer algo más simple. La solución no está en ponerle más salami.

Prueba de que tal es el estado de cosas es que al final nadie está en realidad contento con la reforma de la reforma del Novus Ordo. Quienes ya están familiarizados con la liturgia tradicional no pueden menos que encontrarla insuficiente si la comparan con lo auténtico: es harto deficiente en cuanto a textos y ceremonias. Al mismo tiempo, la misma tentativa de celebrar una Misa con el espíritu de la reforma de la reforma inquieta y molesta terriblemente a los laicos que están acostumbrados a la liturgia reformada. Los elementos tradicionales inesperados van a contrapelo de las marcadas y universales expectativas sobre las ventajas que esperan del Novus Ordo, sobre todo entender claro y al momento lo que se dice, y cierta sensibilidad modernista. Joseph Shaw ha explicado que así no se gana nada: para unos es poco tradicional y para otros peca de excesivamente tradicional. Una vez más, la liturgia se convierte en un campo de batalla cuando tiene que ser un remanso de paz y unidad. La Misa Tradicional es lo que es y punto. Es como las lentejas: si quieres las comes y si no las dejas. O toda, o nada de ella. Inflexible, inmutable y… sin polémica.

Un amigo mío sacerdote que pertenece a una orden cuyos miembros celebran normalmente la Misa Tradicional pero de modo excepcional celebran según el Novus Ordo si alguien se lo pide me dijo en una ocasión: «Como estoy acostumbrado al Misal Romano tradicional, se me hace insoportable el Canon Romano cuando digo la Misa nueva. Hay tantas cosas diferentes que muchas se me hace extrañas, incluso las encuentro irreverentes, tomar esta gran oración que hay en medio del misal antiguo y tiene tanta solera, y que clama a voces quizá más que ninguna otra cosa Misa Tridentina».

Puede parecer algo malicioso, pero entiendo muy bien por qué lo dice. Si ese sacerdote celebrase la Misa nueva sin romper la continuidad, daría la sensación de que hay una continuidad que en gran medida no existe, sea desde el punto de vista eucológico, ceremonial o fenomenológico. Prolongaría artificialmente la vida de algo que es preferible que muera. En cambio, si el mismo sacerdote celebrara la Misa nueva tal como es, contribuiría a la desintegración de la identidad interna del catolicismo y dejar de preservar su legado. En resumidas cuentas: un verdadero dilema.

***

De vez en cuando alguno dice que el Novus Ordo es tradicional porque ya tiene cincuenta años. Hace poco alguien me escribió lo siguiente: «Debería dejar de decir eso de “Misa nueva” porque ya no lo es». Pero para la teoría ilustrada racionalista los años son lo de menos. Dentro de poco los Estados Unidos de América cumplirán 250 años, pero este país surgió de un entrevero dieciochesco de teoría del contrato social, deísmo, francmasonería y protestantismo e impide que se desarrolle una cultura encarnacionista y una racionalidad basada en la Tradición, de modo que da igual que los EE.UU. sean un hijo ilegítimo de ayer por la mañana o la momia de un faraón.

Del mismo modo, el Novus Ordo ni tuvo un parto natural ni una esperanza de vida natural, así como una máquina carece de nacimiento, infancia, niñez, juventud y madurez. Envejece como las piedras y los metales, mientras que la Tradición católica es algo que vive en la práctica de la Fe y en la continuidad de la paradosis o transmisión a lo largo de las generaciones. Por eso, su venerable sabiduría es directamente proporcional a su longevidad. Posee vigor diacrónico en vez de letargo crónico.

Cuando ya avanzado en años John Henry Newman evocó su juventud, cuando era un anglicano de elevados principios y nobleza de carácter, dijo estas palabras:

«Miraba a la Iglesia Católica –a sus ritos, ceremonias y preceptos– y decía: “Eso sí que es religión”. Y luego, cuando volvía a fijar la mirada en la pobre Iglesia Anglicana por la que tanto me había esforzado y se me ocurrían varias formas de adecentarla doctrinal y estéticamente, me parecía la nada misma» (Apologia pro vita sua, apéndice).

Cómo se parece esa experiencia a la de tantos católicos –sobre todo directores de coro, catequistas y otros que participan más activamente en una parroquia típica– cuando se pasan del Novus Ordo a la Tradición. «Al ver la Misa romana de siempre, con sus ritos, ceremonias y preceptos, me decía: “Esto sí que es liturgia”. Y luego, cuando me fijaba en el pobre Novus Ordo por el que tanto me había esforzado y se me ocurrían varias formas de adecentarlo doctrinal y estéticamente, me parecía la nada misma».

Cuando Newman era un joven predicador en Oxford, el anglicanismo ya tenía unos trescientos años de existencia (de 1534 a 1830/1840). Había durado seis veces más que lo que lleva el Novus Ordo. Y a pesar de haber durado tanto, que desde el punto de vista humano parece bastante, Newman dice que la Iglesia Anglicana es pobre y es la nada misma. Así es y así seguirá, por muchos siglos que dure. Y lo mismo se puede decir del Rito Romano de siempre.

La historia nunca se repite; pero siempre tiene el mismo estribillo.

Mientras leía  50 Books for Life: A Concise Guide to Catholic Literature, de Roy Peachey, uno de esos libros sobre los libros que hay que leer para sentirse menos ignorante, me topé con un pasaje del poeta Richard Crashaw (c.1613-1649) que me recordó vivamente el bien intencionado pero destinado al fracaso espíritu de la reforma de la reforma y el reavivamiento actual de la Misa Tradicional.

«Una importante minoría de anglicanos, entre ellos William Laud, que fue ordenado arzobispo de Canterbury en 1633, se habían desilusionado con el protestantismo   dominante y estudiaban formas de restablecer la belleza de lo sagrado en la Iglesia sin tener que quemar sus naves regresando a Roma. Tras hacerse fellow del college¹  Peterhouse de Cambridge en 1635, Crashaw no tardó en descollar en el movimiento de la High Church² restableciendo prácticas que se consideraban objeto de devoción católica en Little St. Mary’s, la capilla contigua a Peterhouse, cuando fue nombrado   coadjutor» (58).

Por analogía, podríamos parafrasearlo así: «Una minoría importante de la Iglesia Católica se había desengañado de la liturgia de Bugnini y estudiaba maneras de restablecer la belleza de lo sagrado sin quemar las naves, mediante la vuelta al Rito Romano tradicional» (Es fácil acordarse de cierto bloguero converso del anglicanismo que está empeñado en restablecer cosas que se consideraban objeto de devoción católica).

Pero más tarde vino la inevitable reacción:

«No se salió con la suya por mucho tiempo. Cuando estalló la guerra civil inglesa y crecieron las hostilidades, la Cambridge de Laud se volvió blanco de ataques. Enviados del Parlamento saquearon Little St. Mary’s en 1643 y derribaron los crucifijos y otros objetos de culto. Crashaw se vio obligado a salir de Cambridge, y poco después del país. Tres años más tarde apareció en París, y para entonces ya se había convertido al catolicismo. Viajó a Italia, y llegó a ser canónigo de la Santa Casa de Loreto, que alberga la vivienda donde según se cuenta nació la Virgen y tuvo lugar la Anunciación. Allí falleció a los pocos meses a la edad de 36 años».

Los enviados del Parlamento que arrasaron la capilla de Crashaw nos recuerdan a los enviados del Papa que se dedican a eliminar órdenes religiosas tradicionalistas e incluso simplemente conservadoras, las cuales son en muchos casos las únicas manifestaciones de catolicismo vibrantemente activo en sus diócesis o su región (el último caso es éste). Laud no tardó en refugiarse en un país verdaderamente católico, abrazó la Fe de siempre y murió en comunión con la Tradición.

Puede que parezca que pasar del Novus Ordo a la Tradición no sea tan trascendental o radical como convertirse del anglicanismo al catolicismo. En algunos aspectos importantes no lo es. Sin embargo, quien haya profundizado en la liturgia sabe de primera mano que el Rito Romano antiguo y el moderno parecen en muchos sentidos la expresión de dos religiones diversas. No es exagerado decir que hace falta una conversión: convertirse de la novedad rupturista a la integridad de la Tradición. Del mismo modo que Newman calificó al liberalismo de etapa intermedia entre el catolicismo y el ateísmo, de la reforma se puede decir lo mismo: es una etapa intermedia entre la plena Tradición y el relativismo litúrgico.

Notas del traductor:

¹En los países anglosajones, el fellow es un miembro de una corporación académica, cultural o educativa, y también se llaman así algunos catedráticos de ciertas universidades. En Cambridge y Oxford, los colleges son una especie de facultades universitarias autónomas por el estilo de nuestros colegios mayores. Peterhouse es el más antiguo de Cambridge.

²High Church (Iglesia alta) es un sector de la Iglesia Anglicana sobre todo y algunas confesiones protestantes integrado que concede mucha importancia a los ritos y el culto externo, con prácticas que se suelen asociar con el catolicismo, aunque no aspiran a integrarse a la Iglesia Católica.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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