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Preparándose ahora para lo que el futuro pueda deparar

En mi artículo “¿Han ocurrido crisis peores que ésta en el pasado? ,” explicaba porque creo que la Iglesia está atravesando una crisis sin precedentes en su historia -una crisis de una gravedad única. La pregunta que surge en la mente de muchos es la siguiente: ¿qué puede suceder después -en un futuro próximo, en diez años, en cincuenta años? ¿Cómo será la Iglesia si el “nuevo paradigma” de Bergoglio tiene éxito? Se trata de una pregunta que merece la pena plantearse en este “Año de Amoris Laetitia”.

Como suelo decir, cuando el Papa Francisco fue electo, mi bola de cristal explotó. Estoy plenamente consciente que la historia de la Iglesia incluye muchas sorpresas buenas y malas. Veo dos posibles escenarios y debemos estar preparados para cualquiera de ellos.

Un escenario sería un tipo de repetición de lo que ocurrió en el siglo dieciséis cuando la Iglesia estaba enfrentando la Revuelta Protestante. Pudiéramos tener una serie de papas que se mueven de un lado a otro, en una especie de sube y baja, entre la ortodoxia y la heterodoxia, la reforma y la corrupción. En el siglo dieciséis, hubo una sucesión de papas mundanos, ineficaces o incapaces, que alternaron con papas de acentuado carácter reformador. Nuestro próximo cónclave pudiera dar lugar, como resultado de un milagro prodigioso, a un León XIV, o a un Benedicto XVII que pudieran inclinar las cosas en una dirección tradicional; pero también el cónclave siguiente puede producir un Francisco II quien, al estilo de un pastor liberal recién llegado a una parroquia local, deshace gran parte del legado de su predecesor tan rápido como le sea posible; y este tira y encoge pudiera durar por cincuenta o setenta años. En este caso, debemos estar preparados para aprovechar los buenos momentos, al tiempo que mantenernos firmes durante los malos. Si hemos prestado la debida atención al pontificado de Francisco, no cabe duda alguna que hemos sido bien advertidos.

Desde un punto de vista estrictamente humano, parece más probable un segundo escenario: tendremos a un Francisco II, un Francisco III y un Francisco IV. Ellos continuarán promoviendo las violaciones a los Diez Mandamientos, el rechazo a los dogmas establecidos y al carácter sagrado de la liturgia, valiéndose del uso de medios tales como la ambigüedad, miradas cómplices y palmaditas, discursos y documentos de escasa autoridad, comités y conferencias, y nombramientos de bajo nivel para que sean estos los que realicen el trabajo pesado. Tratarán de abolir la Misa Tradicional en latín, erradicar las comunidades religiosas que la usan, suspender a los sacerdotes que la continúan diciendo, y cerrar iglesias y capillas florecientes hasta el momento.

En tales casos, no tenemos otra opción que resistir todos estos abusos de autoridad  y darles la vuelta, al igual que hicieron nuestros predecesores en el movimiento tradicional  desde mediados de los años 60 en adelante. Stratford Caldecott bien señala que la bienaventuranza “Dichosos los que lloran” incluye a “aquellos que recuerdan a los muertos y permanecen fieles a la tradición”. [1]  Nos negaremos a cooperar, al igual que hicieron los católicos del siglo cuarto, cuando los heréticos arrianos se apoderaron de las sedes episcopales y de las iglesias. Y tal como San Atanasio escribió a su fiel rebaño durante la persecución:

¡Qué Dios os consuele!… Lo que tanto os entristece…es que los otros han ocupado mediante violencia vuestros templos, en tanto que vosotros, en todo este tiempo, os encontráis fuera. Es un hecho que ellos tienen los edificios, los templos; pero, en cambio, vosotros tenéis la Fe apostólica. Ellos han podido quedarse con nuestros templos, pero están fuera de la verdadera Fe. Vosotros tenéis que permanecer fuera de los lugares de culto, pero la Fe habita en vosotros. Reflexionemos: ¿qué es más importante, el lugar o la fe? Evidentemente, la verdadera Fe. En esta lucha, ¿quién ha perdido, quién ha ganado: el que ha guardado el lugar o el que ha mantenido la fe?

Ciertamente, los lugares son buenos cuando en ellos se predica la Fe apostólica; son santos, si todo lo que allí sucede es santo… Vosotros sois los afortunados porque permanecéis en la Iglesia por vuestra Fe, firmemente arraigada en los fundamentos de la Fe que ha llegado a vosotros por la Tradición apostólica, y si un celo execrable ha pretendido quebrantarla en múltiples ocasiones, no ha tenido éxito. Son ellos los que se han separado de la Iglesia en la crisis presente.

Nadie prevalecerá jamás contra vuestra fe, hermanos carísimos. Y nosotros sabemos que un día Dios nos devolverá nuestros templos.

Así, pues, mientras más se empeñen en quitarnos nuestros lugares de culto, más se separarán de la Iglesia. Alegan que representan a la Iglesia, cuando en realidad, son ellos los que se han expulsado a sí mismos de ella y se han extraviado.[2]

Puede que debamos escondernos, al igual que los primeros cristianos se vieron forzados hacer, algunas veces, o como los católicos ingleses hicieron en tiempos de la Reina Isabel. Nosotros acogeremos a los sacerdotes fugitivos en nuestros hogares. Las misas se ofrecerán nuevamente en las salas, sótanos, áticos, hoteles, en tiendas, en bosques, campos y cuevas. A tal efecto, les recomiendo a las familias construir un altar para su uso en el hogar  y, si cuentan con espacio para ello, crear una capilla. Incluso, de no ocurrir persecución en su rincón del mundo, la capilla continuará siendo muy valiosa en tanto lugar dedicado exclusivamente a la oración, a la vez que un recordatorio de la necesidad de colocar a Nuestro Señor en el centro de nuestras vidas.

En la maravillosa entrevista titulada Christus Vincit, el Obispo Atanasio Schneider habla de su infancia en la Unión Soviética donde los católicos duraban meses, y hasta un año, sin misa ni confesión, porque ningún sacerdote clandestino podía llegar a ellos. Y cuando repentinamente aparecía un sacerdote, todos se confesaban y comulgaban, no sabiendo cuándo sería la próxima vez que tendrían esta oportunidad. Él habla de los muchos hombres y mujeres santos en su familia que murieron santamente sin los sacramentos, pero llenos de fe y amor.

Lo mismo ocurre en el mundo hoy en día: muchos cristianos en China y el Medio Oriente no tienen acceso a los sacramentos, pero están siendo profundamente santificados en su vida de oración y en su práctica de las virtudes. El Papa Pío XII le pidió al mundo que orara al “Rey de los mártires” por los católicos chinos en una oración con indulgencia plenaria, por él promulgada, el 16 de julio de 1957.[3] Se trata de una oración que tiene para nosotros una aplicabilidad cada vez mayor:

A todos aquellos que han de sufrir tormento y violencia, hambre y cansancio, se Tú la fuerza invisible que los sostiene en sus pruebas y les asegura las recompensas prometidas por Ti a todos aquellos que perseveren hasta el final.

 Muchos son los que, por otra parte, están expuestos a restricciones morales tanto más peligrosas cuanto más engañosas son; ante ellas, sé Tú la luz que ilumina su mente, de modo que puedan ver claramente el camino recto de la verdad; se también para ellos una fuente de fortaleza en la que se sustente su voluntad para que puedan triunfar en cada crisis y nunca cedan ante cualquier vacilación o debilidad.

Finalmente, están aquellos que encuentran imposible profesar su fe abiertamente, llevar una vida cristiana normal, recibir frecuentemente los santos sacramentos, y conversar familiarmente con sus guías espirituales. Para ellos, se Tú mismo un altar Escondido, un templo invisible, una plenitud de gracia, una voz paternal, ayudándolos y animándolos, proveyendo un remedio para sus corazones adoloridos y llenándolos de gozo y paz.

El acceso a los sacramentos ha sido (hablando en términos relativos) tan fácil durante mucho tiempo en el mundo occidental que nos hemos olvidado de las épocas en las cuales una cierta privación era normal. En su introducción sobre los “días alitúrgicos” [días en los que no se permite la celebración litúrgica de la Eucaristía], la antigua Enciclopedia Católica describe como los sagrados misterios, a saber, la Misa o la Liturgia Divina, incluida la consagración del pan y del vino, tiempo atrás no se celebraban todos los días de la semana:

Aun cuando no poseemos mucho que pueda considerarse como evidencia directa y clara, tenemos razones suficientes para creer que, en los primeros siglos de la Iglesia, los días alitúrgicos eran numerosos tanto en Oriente como en Occidente. Al principio, parece que la Misa se decía solo los domingos y en los días de fiesta reconocidos en aquel entonces, o quizás en los aniversarios de los mártires en los que oficiaba el propio obispo. A estos hay que agregar ciertos días de “estaciones” que parecen haber coincidido con el ayuno de los miércoles y viernes que se guardaba generalmente en toda la Iglesia. Dom Germain Morin ha demostrado que en Capua, en el siglo sexto, así como también en España, durante la Cuaresma la misa se celebraba únicamente los miércoles y los viernes. Es probable que una norma similar, pero incluyendo además los lunes, se obtuviera en Inglaterra en los días de Beda o incluso más tarde (véase al respecto la Revue Benedictine, 1891, VIII, 529). Sabemos también que en Roma, en tiempos del Papa Gregorio II (715–731), la liturgia no se celebraba los jueves.

Como Gregory DiPippo observa: “una costumbre similar ha prevalecido hasta nuestros días en los ritos bizantino y ambrosiano absteniéndose, el primero, de celebrar el Sacrificio Eucarístico los días viernes de Cuaresma y, el segundo, todos los días de la semana”.[4] Esta antigua práctica, que continúa vigente entre los católicos bizantinos, tiene una nueva aplicación en nuestra época cuando muchos de los días del año deben ser “alitúrgicos” para los católicos de rito latino que siguen el usus antiquior de la liturgia auténtica de la Iglesia de Roma. En esos días, podemos rezar una “Misa seca” con nuestros misales, hacer una comunión espiritual o leer alguna parte del Oficio Divino (Prima, por ejemplo), o ambos, lo que es un festín para el alma. ¡Debemos considerar los tiempos en los que nos encontramos privados de la liturgia pública o la recepción de los sacramentos como periodos de preparación y purificación en los cuales podemos cultivar el anhelo interior por Cristo, lo que es la yesca seca que se necesita para encender un fuego abrazador!

¿Qué quería decir San Pablo cuando afirmaba: “No quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado” (1 Cor 2:2)?  La Eucarístia, como enseña Santo Tomás, es ipse Christus passus—Cristo mismo, habiendo sufrido por nuestra salvación. Pero, todos los sacramentos son, en cierto modo, Cristo crucificado, en cuanto aplican a nuestras almas los frutos de Su Pasión Redentora. La estructura misma de la Iglesia comprada con Su Sangre es Cristo crucificado en Sus miembros místicos; la acción principal de la Iglesia es la renovación de Cristo crucificado sobre el altar; la totalidad de la vida cristiana es Cristo crucificado, en tanto morimos a nosotros mismos y vivimos para Dios; el cielo mismo no es otra cosa que Cristo crucificado, reinando y regocijándose en gloria con Sus heridas dadoras de vida, “un Cordero de pie como degollado” (Rev 5:6). Pudiera solo conocer a “Cristo Jesús y al crucificado” y todo lo demás digno de ser conocido, brotaría de allí al modo de un grano de mostaza.

Pareciera que nuestros tiempos nos están haciendo un llamado a participar de un modo único en el misterio de la pasión y muerte de nuestro Señor:

Debemos consolarnos en nuestra irrelevancia. Dios conoce lo que hacemos, y su importancia no se mide en términos humanos sino a la luz del amor divino. Podemos cantar, bailar, hacer penitencia y lo que queráis, plenamente conscientes que el valor de nuestras acciones trasciende todo cálculo, en tanto cuanto pertenezcan a Cristo. La mayor parte de lo que decimos será una nota muerta en la historia. Es la educación de los hijos y el murmullo de nuestras oraciones los que amenazan con hacer diferencia, si no en esta tierra, al menos en el Purgatorio o en el Cielo… Halla tus consuelos en otra parte distinta de “la salud humana” de la Iglesia. No estamos equivocados al estar tan escandalizados por la presente gestión. Pero tenemos que asumir el dolor.  Esa es nuestra cruz. Debemos sobrellevarla. Nuestro amor es desconocido. Y esto no es particularmente nada nuevo. [5]

El Cardenal Sarah, el Cardenal Burke, el ArzobispoViganò, y el Obispo Schneider—hombres que predican la misma doctrina de su Maestro, con la autoridad calmada, creíble e instantáneamente reconocida de los Sucesores de los Apóstoles -nos han recordado con frecuencia que no podemos soportar y superar los males de la magnitud que estamos ahora viendo en el mundo y en la Iglesia salvo esforzándonos por ser santos, los “hombres justos” de la negociación de Abraham con el Señor (ver Gén.18:16-33). Durante la controversia arriana San Hilario de Poitiers, uno de los muy pocos obispos indiscutiblemente católicos de su tiempo, escribió: “En esto consiste la naturaleza particular de la Iglesia: que triunfa cuando es derrotada, se comprende mejor cuando es atacada y se levanta cuando sus miembros infieles la abandonan”.

En cuanto a esos miembros infieles, su “salirse con la suya” no tiene por qué ser nuestra parálisis. Las Escrituras nos aseguran una y otra vez, que el Señor se ocupará de ellos, bien sea suscitando su conversión o castigando su maldad. Las palabras del salmista resuenan:

“¿Hasta cuándo los impíos, Yahveh, hasta cuándo triunfarán los impíos?

Cacarean, dicen insolencias, se pavonean todos los agentes de mal.

 A tu pueblo, Yahveh, aplastan, a tu heredad humillan” …

“¿Eres aliado tú de un tribunal de perdición, que erige en ley la tiranía?”…

“Él hará recaer sobre ellos su maldad, los aniquilará por su malicia, Yahveh, nuestro Dios, los aniquilará.”[6]

No nos toca dirigir el universo (¡gracias a Dios!). Nuestra tarea es orar por la liberación, por la perseverancia, por un amor que nunca muere. Nuestra práctica diaria es deshacernos de la ira, la amargura, la impaciencia y el desaliento, apartarlos con santa obstinación y ponernos a nosotros, nuestra Iglesia y nuestro mundo, en las manos de Dios, en Su Corazón herido y glorificado -un Corazón más grande que todo mal, mucho mayor que todos nuestros miedos, muy por encima de todos nuestros desiertos y deseos, muy superior a cualquiera de las victorias del pasado, presente o futuro.


NOTES

[1] Stratford Caldecott, No como el mundo da: el camino de la justicia creativa (The Way of Creative Justice) (Kettering, OH: Angelico Press, 2014), 13.

[2] Esta traducción está tomada de aquí; una alternativa a las series de los Padres nicenos y post nicenos, ed. Philip Schaff, se puede encontrar  aquí  (ver págs. 961–62).

[3] La indulgencia por estas oraciones, de manera significativa, no fue renovada en el Enchiridion Indulgentiarum 1968, ni en sus ediciones posteriores. Ver Joseph Shaw, El caso de la restauración litúrgica (The case for Liturgical Restoration) (Brooklyn: Angelico Press, 2019), 263–64.

[4] “La resurrección de Lazaro en la liturgia de Cuarema ” New Liturgical Movement, March 16, 2018.

[5] Escrito años atrás por un blogger, “El vínculo sensato,” quien posteriormente abandonó internet y retiró sus escritos. He guardado algunos de ellos.

[6] Ps 94 ESV; cf. Ps 93 DRA.

[Traducido por María Calvani. Artículo original]

Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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