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Pureza de corazón y de lengua

«De la abundancia del corazón habla la boca» (Mt. 12,34). Es lo que sale de la boca lo que contamina al hombre, más que lo que entra (cf. Mt.15,10). Y cuando lo que sale del corazón es porquería, es sintomático de lo que hay por dentro. El feo vicio de la coprolalia (decir palabras soeces con asiduidad) tiene una fea pero significativa etimología: viene del griego κόπρος,  copros (excremento) y de λαλιά, lalia (habla). Es hablar inmundicias, defecar por la boca por así decirlo, arrojando la suciedad que se tiene en el corazón. Rebosa lo que se ha acumulado en el interior. Decía San Juan María Vianney: «El hombre de lenguaje impuro es una persona cuyos labios no son sino una apertura y un tubo de alimentación que utiliza el infierno para vomitar sus impurezas sobre la Tierra». Nuestro Señor ya dijo que «el hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas, y el malo saca cosas malas de su mal tesoro, pues de la abundancia del corazón habla la lengua» (Lc. 6,45). Una persona espiritual no suele expresarse por norma de esa manera. Los escritos de Lutero rebosan de palabras y expresiones obscenas. Cuando hablaba de «la prostituta razón», en realidad empleaba la expresión die Hure Vernunft, que expresa la misma idea con una palabra más breve y vulgar que todos conocemos, pero que siempre se ha suavizado en la traducción; y mejor no reproduzco aquí las palabras con qué calificó al Papa.

Como vemos, las Escrituras son pródigas en consejos en este sentido. «No salga de vuestra boca palabra viciada, sino palabras buenas y oportunas para edificación, para favorecer a los oyentes» (Ef. 4,29). «Si alguno no peca de palabra, es varón perfecto, capaz de gobernar con el freno todo su cuerpo. A los caballos les ponemos freno en la boca para que nos obedezcan, y así gobernamos todo su cuerpo. Ved también las naves, que, con ser tan grandes y ser empujadas por vientos impetuosos, se gobiernan por un minúsculo timón a donde quiere el impulso del que lo dirige. Así también la lengua, con ser un miembro pequeño, se gloría de grandes cosas. Ved que un poco de fuego basta para quemar todo un gran bosque. También la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. Colocada entre nuestros miembros, la lengua contamina todo el cuerpo, e inflamada por el infierno, inflama a su vez toda nuestra vida» (Stg. 3,2b-6). «¿Acaso la fuente echa por el mismo caño agua dulce y amarga?» (Stg.3,11) «De toda palabra ociosa que hablaren los hombres habrán de dar cuenta el día del juicio» (Mt.12,36). Muchos de estos versículos y pasajes se pueden aplicar también a otras formas de ensuciarse la lengua, como difamaciones, insultos, calumnias y murmuraciones, pero en este artículo nos vamos a centrar en lo que solemos llamar palabrotas o tacos en España, malas palabras en Argentina, garabatos en Chile, lisuras en Perú y leperadas en México y Centroamérica. Lenguaje grosero y vulgar, así como la blasfemia.

En España está bastante generalizada el habla soez. Y de manera especial en las últimas décadas, una forma de hablar tan maleducada, propia de gente baja condición, se ha extendido a todos los niveles de la sociedad. En Chile nos llaman a los españoles con una fea palabra que se escribe con eñe y que aquí se utiliza mucho como exclamación, aunque no sólo se usa en España, pues es común en la zona del Caribe. De todos modos, allende el Atlántico no está tan generalizada como aquí esa torpe forma de hablar, aunque en los últimos años se está volviendo más frecuente. Lo peor es que a bastantes de los hispanoamericanos que han venido últimamente no tarda en contagiárseles un lenguaje que allí era más propio de ambientes prostibularios y delictivos. Es una pena que pase esto; deberían ser ellos en cambio quienes nos enseñaran lo que nosotros les enseñamos un día y nos recristianizaran y reeducaran, ya que aquellos países se han mantenido bastante más cristianos y con mejores modales.

Se ha llegado a un punto en que no es raro encontrar palabras y expresiones vulgares y malsonantes introducidas gratuitamente en un artículo de prensa (del cine, mejor ni hablar) o en la parte narrativa de una novela, no en la dialogada, en la que –si bien no es lo ideal– podría tolerarse que los personajes se expresaran en algún momento así si se mueven en un ambiente en que es habitual el lenguaje vulgar. Como digo, no es lo ideal pero en algún caso sería comprensible; lo que no es de recibo es que en la parte narrativa el autor deslice alguna expresión o palabra malsonante. Aun columnistas de prestigio de grandes periódicos utilizan de vez en cuando, sea por costumbre, sea para dar más efecto al texto, alguna expresión soez. Y esto pasa hasta con gente como Juan Manuel de Prada, uno de los pocos articulistas a los que vale la pena leer porque habla de cosas políticamente incorrectas y es buen cristiano; pero cuando menos te lo esperas suelta alguna grosería en sus escritos, y no será por falta de vocabulario porque conoce el idioma como nadie.

Otro fenómeno que se da en España y se ha extendido mucho en las últimas décadas es la costumbre de blasfemar y emplear ciertas expresiones irreverentes, aunque la cosa viene de antiguo. Los marranos y los moriscos que practicaban su religión en secreto se desahogaban a veces en casa blasfemando de la religión cristiana. También se extendió la costumbre mucho entre los delincuentes de los Siglos de Oro, porque cuando los sorprendían in fraganti en la comisión de un delito, muchos soltaban un reniego ya que sabían que la blasfemia entraba dentro de la jurisdicción de la Inquisición. De esa forma se libraban de la incómoda y sucia cárcel pública («donde toda incomodidad tiene su asiento y todo feo ruido hace su habitación», como dijo Cervantes en el prólogo del Quijote hablando por experiencia) y pasaban unas semanas comiendo y durmiendo gratis también pero en mucho mejores condiciones: en una habitación y una cama cómodas y limpias, pues sabemos que al contrario de lo que afirman las leyendas negras, las cárceles de la Inquisición no consistían en lóbregas mazmorras, sino que venían a ser como un cuarto de una pensión, bien iluminado y amoblado y donde se podían recibir visitas. Así se fue generalizando esta abominable costumbre entre gentes de mal vivir. Resulta paradójico que en español se hayan escrito las más sublimes alabanzas a Dios (la poesía mística es un género totalmente autóctono) y se expresen con el mayor desparpajo las más horrendas y asquerosas blasfemias, impensables en otros países e idiomas, que no llegan a esos extremos cuando toman el nombre de Dios en vano. Los marineros de la Flota de Indias tenían terminantemente prohibida la blasfemia, que quizá por eso no llegó a América, y en tiempos de Franco estaba penada con multa. Pero hoy en día está mal visto que las leyes sancionen el tomar el nombre de Dios en vano. Anteponen la libertad de expresión al honor de Dios.

Es una pena además que actualmente haya muchas mujeres que se expresen con términos groseros. Ahí podemos ver uno más de tantos males que ha traído el feminismo; como hay muchos hombres deslenguados, piensan las feministas que ellas también tienen que hablar con malas palabras, cuando ni hombres ni mujeres deberían vomitar tan feos vocablos. En vez de procurar una igualación hacia arriba, subiendo el nivel, se ha igualado hacia abajo. Igualdad socialista: en vez de elevar el nivel moral, cultural, intelectual y económico, todos se vuelven más inmorales, vulgares, ignorantes y pobres. Iguales en la mediocridad y la vulgaridad. Y muchas mujeres han dejado de hablar como señoras para expresarse como prostitutas.

Lo peor es que hoy en día hay incluso sacerdotes que no tienen reparo en usar de vez en cuando alguna palabra soez entre personas de confianza, lo cual es indigno de su condición sacerdotal además de un pésimo ejemplo. No tiene nada de extraño, teniendo en cuenta que muchos han dejado en mayor o menor medida de comportarse como los ministros y representantes de Dios que son: no visten como sacerdotes o religiosos, adoptan costumbres frívolas y mundanas y no viven conforme a la dignidad que conviene a un ministro de Dios. Igualmente, convendría que los laicos, aunque estén muy acostumbrados a emplear ciertas palabras o expresiones en su conversación, mientras se esfuerzan por superar tan feo hábito, al menos evitaran expresarse así cuando se encuentran dentro de un templo. A veces sueltan alguna vulgaridad  sin darse cuenta en medio de una conversación entre amigos en un momento en que no se está celebrando ningún acto litúrgico. Todo por la fuerza de la costumbre.

El sexo en sí es limpio; lo sucio es el mal empleo que se hace de la actividad sexual. Por ser el matrimonio un sacramento, del mismo modo que no se deben cometer sacrilegios con la Eucaristía, tampoco se debe mancillar el lecho nupcial ni hacer uso indebido de las relaciones sexuales. El primer mandamiento de Dios al hombre fue «creced y multiplicaos». Es un sacramento para la vida: mediante él se colabora con Dios en la obra de la creación. No está destinado a un uso personal egoísta ni a ser profanado con otros ni con perversiones. Y de la misma manera, tampoco es apropiado denigrarlo y ensuciarlo de palabra con vocablos soeces y torpes, ni utilizar como exclamaciones o insultos, o en sentido figurado y aplicadas a otras cosas, palabras que en su sentido literal aluden de forma vulgar a las partes íntimas o a actividades sexuales. San Clemente de Alejandría dijo: «El lenguaje sucio nos hace sentir cómodos con la acción sucia. Pero el que sabe controlar su lengua está preparado para resistir los ataques de la lujuria». El habla sucia puede ser la antesala de una mentalidad sucia, pues al acostumbrarse a decir cochinadas se familiariza uno con la suciedad y saca la sexualidad de su contexto limpio y puro. Ya no le parece tan malo lo malo aunque no llegue a ponerlo por obra. «Cuanto a la fornicación y cualquier género de impureza o avaricia, que ni se nombren entre vosotros, como conviene a santos»  (Ef.5,3)

Otra razón que debería motivarnos a no contaminarnos la lengua con palabras obscenas o escatológicas es pensar que, si vamos a comulgar, ¿no nos causa espanto saber que recibiremos al Señor por esa misma boca? Si vamos a recibir una visita en casa, y más si se trata de un invitado ilustre, nos preocupamos de tenerla limpia y ordenada, y más todavía la entrada y las habitaciones en que vaya a estar, aunque siempre debamos esforzarnos porque la casa entera esté limpia. De la misma manera, procuremos mantener la boca limpia, incluso cuando no vayamos a comulgar. No está de más que en la Misa hagamos nuestras estas palabras que reza el sacerdote antes de leer el Evangelio: «Munda cor meum ac labia mea, quia Isaiae prophetae calculo mundasti ignito», con las que pide al Señor que purifique su corazón para que pueda anunciar dignamente el Evangelio. Seguidamente, pide al Señor su bendición y que Él esté en sus labios para que anuncie bien el Evangelio. De hecho, ya que muchos seguimos el texto en el Misal durante la celebración, ya sea en latín o en español, conviene que conforme leemos meditemos en las palabras que dice el celebrante y nos asociemos a ellas de corazón, en vez de leer rutinariamente sin pensar mucho en lo que leemos u oímos. Porque en la Misa Tradicional nada es superfluo: cada palabra y cada gesto del sacerdote tienen un profundo sentido teológico. Y volviendo a la oración recién mencionada que precede inmediatamente a la lectura del Evangelio, nos motivaría mucho para entender que si nada más para leer la palabra de Dios el sacerdote pide al Señor que le limpie el corazón y los labios, nosotros podemos pedirle mientras la leemos mentalmente en el Misal que nos limpie la boca y el corazón que más tarde le van a recibir. Sin duda, aunque no acostumbremos a decir palabras malsonantes, es muy fácil que hayamos hablado mal de alguien o le hayamos insultado, o hayamos dicho inadvertidamente algo que pueda haber inducido a otro a tropezar.

Añadiremos para terminar que como guardianes que somos de nuestros hermanos debemos hacer uso cuando el caso lo permita de la corrección fraterna y ayudarles a no expresarse con palabrotas, pero ante la blasfemia en ningún caso debemos permanecer callados, porque ya no se trata de meras groserías, sino que se falta al respeto a Dios, se lo denigra o insulta, con frecuencia de un modo infame, y no podemos quedarnos cruzados de brazos. Tenemos que defenderlo y desagraviarlo. Esta cita del beato Raimundo Lulio lo deja bien claro: «Un día decían mal del Amado delante de su amigo, sin que este replicara ni defendiera a su Amado. Y se discute quién es más culpable: los hombres que vituperaban al Amado, o el amigo que callaba y no defendía a su Amado» (Libro de amigo y Amado, 347). Normalmente no hace falta enojarse ni encararse con quien blasfema, ni hablarle con tono de enfado, ya que en la mayoría de los casos lo dice sin pensar, por la fuerza de la costumbre; pero siempre se puede hacer reparación en el momento con una alabanza como «bendito sea Dios» (o la Hostia, o la Virgen, dependiendo de cuál haya sido el objeto de la blasfemia) que oigan los presentes. El Señor queda vindicado, se ha reparado el mal cometido y tanto el blasfemo como los presentes tienen oportunidad de darse cuenta y comprender que ciertas cosas no se deben decir. Que no nos tenga que pedir cuentas Dios por no haber defendido su honor, o el de su Madre, cuando otros lo mancillaban.

Bruno de la Inmaculada
Bruno de la Inmaculada
Meditaciones y estudios desde el silencio claustral y la oración.

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