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Qué aprenden los niños con la Misa Tradicional

Con la Misa Tradicional los niños aprenden muchas cosas que probablemente no aprenderán jamás de la Misa moderna de Pablo VI.

1. La Misa es un misterio de fe, un santo sacrificio. El rito antiguo conserva y expresa de la manera más perfectamente posible que en la Misa se hace presente y actualiza el Sacrificio de la Cruz, la inmolación de Nuestro Señor Jesucristo, que realizó y sigue realizando nuestra salvación y la de todo el mundo.

En la Misa Tradicional es relativamente poca la catequesis que hace falta para captar el sentido de los gestos del sacerdote y entender cómo ilustran ese sentido. Basta saber un poco de lo que hizo Jesús en la Última Cena y en el Viernes Santo. Los diversos gestos y las oraciones impactan con una serie de misterios encadenados: mediación, redención, expiación, satisfacción, adoración… El Ofertorio prefigura este sacrificio; el Canon Romano, que muchos siguen en su misal, está impregnado de lenguaje sacrificial; la consagración y la elevación de la Hostia y el cáliz en medio de un silencio atronador, precedidas y seguidas de genuflexión, crean el ambiente para hacer presente el Calvario.

Durante los años en que todavía asistía a las celebraciones del Novus Ordo, descubrí que mis hijos y los de mis amigos no establecían habitualmente esas relaciones. El rito moderno se centraba más en los fieles, se hablaba mucho, y la Comunión no es sino algo accesorio. Lo que menos captaban los sentidos era que esa liturgia es un sacrificio. Lo que se ve es la manipulación de pan y vino sobre una mesa, una comida que evoca la cena pascual. No es que se acalle la dimensión sacrificial; es que en gran medida está ausente. En una Misa dicha en lengua vernácula versus populum como se suele hacer habitualmente, escogiendo siempre la lectura eucarística II, ¿cuánto hay en el texto o en la ceremonia que comunique de forma clara y contundente la realidad del sacrificio? Se podría decir que, como mucho, el Novus Ordo subraya la presencia de Cristo entre nosotros, pero no su sacrificio.

Con gran consternación, descubrí que siempre me tocaba afirmar rotundamente y sin que hubiera una forma palpable de demostrarlo que el Novus Ordo era el sacrificio de la Misa, aunque no lo pareciera, y además faltaba la amplia gama de textos y ceremonias que ponían de relieve la naturaleza sacrificial del acto. Aquello me desagradaba, y me sigue desagradando. Parecía que aquel rito había sido ideado por alguien que no quería que resultara fácil entender que la Misa es la representación incruenta del sacrificio cruento del Calvario. En el Novus Ordo hay que hacer muchos malabares extralitúrgicos, porque de lo contrario no se llega a saber la verdad. Como la liturgia no transmite el mensaje, hay que dedicar más tiempo a explicar, afirmar y esperar que ese frágil fideísmo no abra la puerta a catástrofes como el olvido, el aburrimiento o la herejía.

2. Máxima reverencia al Santísimo Sacramento. Los niños sólo ven al sacerdote   tocando y distribuyendo a Nuestro Señor. Si asisten a una Misa solemne, observarán que se trata a la Hostia con tal reverencia que durante todo el Canon un subdiácono sostiene con un humeral una patena vacía [1]. En ningún momento verán a un laico subir al presbiterio y manosear hostias y cálices. La Comunión se administra a fieles arrodillados en postura de adoración, como los Reyes Magos ante el Niño Jesús. Y se recibe en la lengua, de la manera en que sus padres dan de comer a los niños pequeños, y como Dios da de comer el mundo mediante su Providencia. Se coloca una patena bajo el mentón de los fieles arrodillados, y no es raro que el comulgatorio esté cubierto con    un paño. Finalizada la Comunión, el celebrante se lava los dedos y lava los vasos sagrados con el máximo cuidado. La liturgia no escatima esfuerzos para proclamar alto y claro la fe de la Iglesia en el milagro de la transustanciación. Como tampoco los escatima para impedir que se desperdicie la más mínima migaja del Cuerpo de Cristo o la menor gota de su Sangre.

3. El sacerdote es mediador entre Dios y los hombres. Mira hacia oriente, en dirección contraria al pueblo. ¿Hacia Quién? Hacia Dios, la Santísima Trinidad, en cuyo honor se realiza el Sacrificio. Al Verbo hecho carne y verdaderamente presente en el altar del Sacrificio. Nos representa ante Dios. Y también representa a Dios venido a nuestro encuentro. Se nota que la misión del sacerdote como mediador es esencialmente distinta de la de los laicos: «Todo Sumo Sacerdote tomado de entre los hombres es constituido en bien de los hombres, en lo concerniente a Dios, para que ofrezca dones y sacrificios por los pecados» (Heb. 5,1). Ante el altar, el sacerdote actúa in persona Christi, representa personalmente al Sumo Sacerdote Eterno que se ofreció a Sí mismo por amor para redimir a la humanidad.

Como se ve, el Rito antiguo distingue claramente entre el sacerdote y los fieles; no los amontona como el rito nuevo, sino que los trata con arreglo a sus distinción ontológica [2]. Por ejemplo:

• El sacerdote reza primero el Confíteor, para sí mismo, y luego los acólitos lo rezan por ellos y por los feligreses.

• En la Misa solemne, el sacerdote es el único que da el tono en el Gloria y el Credo, y sigue luego rezándolos por su cuenta mientras canta el coro o los fieles [3].

•  En el Ofertorio, la oración Suscipe, Sancte Pater pone claramente de manifiesto el papel mediador del celebrante, así como su propia naturaleza pecadora al tener que cumplir una función tan elevada: «Recibe, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, esta hostia inmaculada, que yo, indigno siervo tuyo, te ofrezco a Ti, Dios mío, vivo y verdadero, por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias; y por todos los circunstantes; y también por todos los cristianos vivos y difuntos; a fin de que a mí y a ellos aproveche para la salvación y vida eterna. Amén».

 • El sacerdote comulga primero para completar el Sacrificio, y luego lo ofrece al pueblo. Dice tres veces «Domine, non sum dignus», y después pueden los acólitos y los fieles rezarlo tres veces [4].

•  La oración Placeta tibi al final de la Misa hace destacar nuevamente la función del sacerdote: «Séate agradable, oh Santa Trinidad, el homenaje de tu siervo; y este sacrificio que yo, indigno, he ofrecido a los ojos de tu Majestad te sea aceptable, y a mí y a todos aquellos por quienes lo he ofrecido sea por tu piedad propiciatorio». No es ésa la oración de alguien que simplemente preside la Eucaristía o la asamblea.

4. Las palabras mismas de la Misa son sagradas y sublimes. Esto lo resalta claramente el latín en que se reza la Misa de principio a fin (excepto en la homilía, que no es parte de la liturgia propiamente dicha, sino una explicación de algún aspecto de la liturgia, o del Credo, o de las lecturas, para beneficio de los oyentes). El empleo de una lengua arcaica demuestra sin necesidad de explicación que la liturgia no es algo de todos los días, como daría a entender la utilización de la lengua vernácula [5]. Igualmente, es muy apropiada a gran reverencia que se manifiesta hacia el misal durante toda la celebración litúrgica: se lo coloca sobre atril dorado o un mullido cojín, y los ministros lo trasladan con actitud ceremonial, y hasta acompañado de velas e incienso si la Misa es solemne.

5. La música –y sobre todo el canto– es muy singular y está dedicada a Dios. El efecto que produce una lengua sagrada antigua no puede menos que realzarse cuando los textos litúrgicos se cantan con las sutiles melodías del canto gregoriano, con sus ocho modos y ritmo fluido no métrico, tan diferentes a todo lo demás que pueda haber en el ámbito de la música. El canto gregoriano surgió exclusivamente para el culto divino, y no se presta a ningún otro uso; es exclusiva para Dios. Es el equivalente sonoro del incienso, las casullas y los cálices de oro, que sólo se usan durante el culto. Son cosas que se podrían considerar la guardia de honor y los sirvientes de Cristo, que evocan con mucha eficacia su presencia y nos guían con facilidad a dicha presencia [4].

6. La Misa es algo serio y solemne. La liturgia se centra por entero en el presbiterio, el altar, el sacrificio, el banquete celestial y el Pan de los ángeles. Es una obra ordenada y disciplinada: hay formalidad, armonía en los gestos y las palabras, se concentra uno en la oración. Si alguien interrumpiera al celebrante diciéndole: «¿Por qué no nos echa cuenta? ¿Por qué nos da la espalda y no nos dice adónde va ni cuándo vuelve?», podría responder con las palabras del Niño Jesús en el templo: «¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que conviene que Yo esté en lo de mi Padre?» (Lc. 2, 49). Jesús les dijo eso a sus santísimos padres, y los dejó estupefactos. Les recordó que el Reino de Dios está por encima de todo y la gloria que se le debe al Padre, superior a la de todo bien terreno.

7. La fuente de nuestra unidad y comunión está en Cristo, y mana de Él hacia todos nosotros. En vez de que haya un ambiente horizontal y recalcar la horizontalidad, un círculo cerrado de personas que se hacen notar mutuamente de un modo pelagiano, en la Misa Tradicional nos orientamos siempre hacia Dios adorándolo, implorando nuestra salvación, buscando en El nuestra hermandad y nuestra misma identidad. Y ante todo, algo tan novedoso como el estallido simultáneo del darse la paz en el Novus Ordo, que transmite el mensaje subliminal de que la paz entre nosotros brota como un surtidor de la propia comunidad humana de feligreses, no tiene lugar en el Rito Romano solemne, que por el contrario muestra que la pax procede del Cordero de Dios, Jesucristo, verdaderamente presente en el altar como Príncipe de la Paz, que desciende como una cascada desde Dios a través del sacerdote, el diácono y el subdiácono hasta alcanzar a los fieles. Del mismo modo que la Comunión empieza por el sacerdote, luego comulgan los otros ministros, y por último los fieles.

8. Nuestra religión es algo dado, que hemos recibido. Las palabras de la Misa las hemos heredado de la Tradición, representada por el misal que está en el altar; la paz de Cristo la recibimos desde el altar; y la Sagrada Eucaristía nos la da una mano consagrada. La estabilidad e inmutabilidad del rito, junto con su ethos manifiestamente antiguo, transmiten a las claras que la religión cristiana es anterior a nosotros, a nuestras intenciones, esfuerzos y buenas ideas, y que seguirá mucho después de que nosotros hayamos vuelto al polvo. Cuánto mejor no es que los hombres de hoy sean, para variar, en vez de productores, fabricantes e inventores, humildes mendigos llamados por la   gracia de la voluntad de Dios a la opípara mesa del Rey? El celestial banquete de bodas ya estaba en pleno apogeo cuando llegamos nosotros, y continuará para siempre con nosotros (quiéralo Dios) o sin nosotros.

9. La Misa trasciende la congregación de los feligreses. Teóricamente, toda Misa celebrada los mil millones de católicos del mundo es el Sacrificio del Calvario. Ahora bien, como la Misa nueva se celebra en cientos de idiomas, con muchos estilos que se contradicen mutuamente, muchas posibles opciones, los estilos locales se sobreponen a la fórmula universal y se puede decir que hay tantas formas de liturgia como parroquias. Esto fomenta una mentalidad   provinciana  negativa que divide a los católicos en tribus y taifas, al estilo de los millares de sectas protestantes.

De un extremo a otro de la Tierra, la Misa Tradicional en latín se celebra con unas mismas oraciones ancestrales, en un mismo idioma universal y exactamente conforme a unas mismas rúbricas. A medida que los niños crecen y viajan más allá de la localidad en que viven, cualquier Misa en latín a la que asistan en otras ciudades o países les hará entender palpablemente la unidad y universalidad de la Iglesia. Beneficiándose de las diversas culturas, la Misa de siempre trasciende las fronteras y las particularidades de los pueblos. Lo cierto es que este culto divino supranacional nos conecta orgánicamente con todas las generaciones pasadas y venideras hasta el final de los tiempos. Sus frecuentes invocaciones a los santos ángeles (en su mayoría suprimidas en el Novus Ordo) nos ponen en comunión con los sublimes coros celestiales que sirven a Dios en este mundo habitando en una dimensión que trasciende el mundo de los seres de carne y hueso.

10. La Misa es la escuela suprema de oración. Hay que reconocer que para ello es necesaria la ayuda de los padres, pero la liturgia tradicional en latín crea un ambiente ideal para despertar la vida interior del niño y le brinda una oportunidad de estar quieto y en silencio y descubrir el sentido y la eficacia de la adoración y demás actos de oración. Nadie lo ha expresado mejor que el padre Bryan Hougton, escritor inglés cuyo personaje literario Edmund Forrester describe (de manera evidentemente autobiográfica) cómo aprendemos a rezar:

«Yo aprendí las oraciones básicas en el regazo materno, y sigo rezando las mismas cada noche. Pero aprendí a rezar cuando me llevaban los domingos a Misa, aunque no tuviera mucha gana. Allí papá y mamá no eran los mismos. No se hablaban ni miraban. Mamá manoseaba un rosario, mientras papá hojeaba un ejemplar del devocionario Garden of the Soul que ahora usa un sobrino mío. Mi hermana mayor Gertrude, que se hizo monja benedictina, permanecía de rodillas con el cuerpo erguido y los ojos casi siempre cerrados. Si yo miraba a mi alrededor, veía que pasaba lo mismo con mis demás parientes y vecinos. Lo que más me llamaba la atención era que nadie me hacía el más mínimo caso. Si le tiraba de la falda a mi madre, me apartaba suavemente con la mano. Si intentaba treparme a la espalda de mi padre, me tomaba y ponía en suelo. Eso también era extraño; aunque yo llevaba la ropa de los domingos, me dejaban gatear por el suelo en tanto que no hiciera ruido. Un niño como yo se daba perfecta cuenta de que algo importante pasaba.

Ante el altar estaba el padre Gray, un anciano severo del que me escondía en el cuarto de baño cada vez que iba a visitarnos. Cuando oficiaba lucía unas vestiduras coloridas que le daban el aspecto de una mariposa. La mayor parte del tiempo no decía nada; miraba en dirección contraria y hacía tan poco caso de mis padres como de mí.

No creo que fuera demasiado precoz, pero desde luego era bastante pequeño cuando caí en la cuenta de que todas las personas presentes en la iglesia rezaban sin recitar oraciones, igual que yo. Como los niños imitan lo que ven, yo también quería rezar sin rezar. Se lo manifesté a mi hermana Gertrude, y me dijo: «Tú quédate sentado tranqulito y buenecito. Eres muy chico para ponerte de rodillas. Ten también las manos quietas, sobre las piernas. Procura no mirar a los lados, y tener los ojos cerrados si puedes. Luego repite “Jesús” en tu cabeza, despacito pero sin parar. Cuando haya que decir “Señor mío y Dios mío”, te haré una seña para que lo digas conmigo».

Yo diría que, mutatis mutandis, así hemos aprendido todos a rezar. A lo que voy es a que la propia Misa fue nuestra escuela de oración. Allí aprendimos a ser humildes e indiferentes a lo que nos rodeaba, a recogernos y adherirnos a la Divina Presencia. Y era también en Misa donde los fieles sencillos se ejercitaban en la oración a lo largo de la vida. Aunque no supieran mucha teología, rezaban como en muchos casos no lo hacen los propios teólogos. Es más, los más sencillos de entre ellos llegaban a superarme en cuanto a vida de oración y a santidad» [7].

«Dejad a los niños venir a Mí, y no se lo impidáis», dice Nuestro Señor Jesucristo (Mt. 19, 14).

Dejemos que vayan a Él en el tremendo misterio de la Fe, el Sacrificio que une a Dios con el hombre. Dejemos que acudan a su Cuerpo y su Sangre con la mayor reverencia. Que lo contemplen en los ministros a los que ha llamado a ser otros Cristos, para que la obra de Él continúe en las manos de ellos. Que los niños tengan oportunidad de reconocer la santidad por la vista, el oído y el olfato mientras contemplan, escuchan y  están en la casa de Dios, y mientras las palabras que han pronunciado y entonado innumerables santos se repiten para deleite del Cielo y fastidio del Infierno. Dejemos que los niños se presenten ante el Señor con solemne alegría para experimentar la paz que sobrepasa todo entendimiento. Dejemos que reciban de Jesús dones en abundancia y, por encima de todo, el de su Cuerpo. Que sepan que se incorporan a la presencia de ejércitos de ángeles que adoran al Cordero degollado desde la creación del mundo.

No se lo impidamos por culpa de una liturgia defectuosa llena de falsedades (como por ejemplo, que no hay mucha diferencia entre la nave y el presbiterio de la iglesia, o entre el sacerdote y los ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión para repartir los divinos misterios). No pongamos obstáculos a los niños tapando o empañando la exclusiva dignidad de las manos del sacerdote, ungidas para tocar algo tan santísimo como el Cuerpo y la Sangre de Cristo. No impidamos que acudan al Señor por culpa de alguna de las costumbres que caracterizan al Novus Ordo, motivadas por una falsa teología que descatequiza y recatequiza a los niños reeducándolos al estilo soviético en un nuevo paradigma del catolicismo.

Lex orandi, lex credendi, lex vivendi. Nuestra manera de orar demuestra y enseña lo que creemos, y ello a su vez moldea nuestra vida a imagen y semejanza de ello. ¿Qué clase de fe profesamos, y cómo vivimos nuestra vida católica? Se nota observando la liturgia.

[1] Antiguamente en la liturgia episcopal el subdiácono sostenía un trozo de la Hostia consagrada. Aun después de caer en desuso esta costumbre, el rito mantuvo el gesto, que nos recuerda la santidad de todo lo que esté relacionado en lo más mínimo con la Sagrada Eucaristía.

[2] Esto contribuye de hecho a la mayor unidad del cuerpo de creyentes. La jerarquía y la unidad son correlativas, no se oponen entre sí, como entiende falsamente la democracia.

[3] En un artículo que publiqué en el blog New Liturgical Movement, Is It Fitting for the Priest to Recite All the Texts of the Mass?  he defendido esta práctica, clara influencia de la Misa baja sobre la Misa Solemne, costumbre que la mayoría de los liturgistas abominan.

[4] La forma en que el Novus Ordo combina la comunión del sacerdote con la de los fieles es prueba de la influencia protestante. Como enseña la teología católica, aunque es deseable que comulguen tantos como sea posible (en tanto que estén en gracia y con las debidas disposiciones), sólo es imprescindible que lo haga el sacerdote para que sea válida la celebración. Esto obedece a que el sacerdote, al representar a Cristo, representa a todo el Cuerpo Místico, tanto la Cabeza como los miembros; el sacrificio de la Cruz se efectúa de por sí antes aun de que sus frutos se comuniquen a los miembros individuales de la especie humana.

[5] Estoy hasta la coronilla de que nos digan, como si no lo supiéramos, que los cristianos de rito oriental celebran en su lengua vernácula. Para empezar, esto no es del todo cierto; muchos ritos orientales siguen utilizando total o parcialmente lenguas litúrgicas arcaicas santificadas por siglos de uso constante. Y en segundo lugar, en Oriente siempre ha habido diversidad y adaptación lingüística de una manera totalmente ajena a la tradición occidental, que desde hace 1600 años tiene como única y exclusiva lengua litúrgica el latín. Una de dos: o esa exclusividad lingüística ha sido voluntad de Dios, o es que Iglesia de Roma lleva mucho tiempo confundida, así que mejor nos hacemos ortodoxos. No me cuesta creer que se debe a la voluntad de Dios y que pasar a las lenguas vernáculas en el Rito Romano fue un craso error de clérigos arrogantes y miopes.

[6] Aunque a veces en celebraciones del Novus Ordo se utilizan el latín y el cántico gregoriano, hay que tener presente algo fundamental: la belleza que ante todo nos proporciona la Iglesia es ni más ni menos la belleza del propio rito, que se expande para abarcar e inspirar otras artes. El latín y el canto gregoriano se crearon para arropar el rito tradicional; mejor dicho, como el cuerpo que corresponde al alma; su grandeza está ligada a su esencia.

[vii] Tomado de la novela epistolar Mitre and Crook, publicada por primera vez en 1979

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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