“Que se alcen las puertas eternales”

I. La Vigilia de Navidad que este año coincide con el cuarto Domingo de Adviento nos invita a una preparación más inmediata para celebrar la fiesta de la Natividad del Señor con la impresión dominante de una alegre expectación. La liturgia está toda ella dedicada a la esperanza cierta de la venida del Redentor y esta certeza aparece en la imagen de las puertas cerradas del Cielo y en el anuncio a san José de la concepción virginal de Jesús[1].

II.1. El salmo del ofertorio (23, 7) nos presenta cerradas las puertas del Cielo: «¡Portones!, alzad los dinteles, | que se alcen las puertas eternales: | va a entrar el Rey de la gloria». Así ocurrió cuando nuestros primeros padres fueron arrojados del Paraíso terrenal: «Echó al hombre, y a oriente del jardín de Edén colocó a los querubines y una espada llameante que brillaba, para cerrar el camino del árbol de la vida» (Gn 3, 24). Expresión gráfica del hecho dogmático de que el hombre había perdido su situación privilegiada de justicia original[2]. Como afirma santo Tomás: «Por el pecado del hombre se cerró el paraíso terrenal, en señal de haberse cerrado el celestial»[3]. Quedaba, eso sí, la esperanza de la “restauración universal”[4], «la época en que el universo entero será restaurado, transformado, regenerado con todo lo que contiene. En efecto, según la doctrina bíblica, si la tierra, que participó en cierto modo en los pecados de la humanidad, fue condenada con ella, será también transfigurada con ella al fin de los tiempos»[5].

Junto con la liberación del pecado y la reconciliación con Dios, la “apertura de las puertas del cielo” será uno de los efectos de la Pasión de Cristo. Los justos del Antiguo Testamento merecieron la entrada en el cielo por la fe en la futura pasión de Cristo, por la cual cada uno se purificó del pecado en lo que tocaba a la propia persona. Pero ni la fe ni la justicia de alguno de ellos era suficiente para remover el obstáculo proveniente del reato de toda la naturaleza humana caída por el pecado de Adán. Este obstáculo fue quitado únicamente por la pasión de Cristo al precio de su sangre. Por eso, antes de la pasión de Cristo, nadie podía entrar en el cielo y alcanzar la bienaventuranza eterna[6]. La esperanza, pues, del Nacimiento en Belén nos remite a la Cruz de Jesús, que es el motivo de la Encarnación del Hijo de Dios: «por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre». También en el anuncio a san José se presenta a Jesús como el que «salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21).

II.2. La segunda imagen de la esperanza en la venida del Redentor nos la presenta el Evangelio al exponer el misterio de la maternidad virginal de María y la intervención en él de san José (Mt 1, 18-21).

El nacimiento de Jesús había sido anunciado y preparado durante siglos por los profetas que hablaban y escribían inspirados por Dios. En la Epístola (Rm 1, 1-6) San Pablo habla de «el Evangelio de Dios, que fue prometido por sus profetas en las Escrituras Santas y se refiere a su Hijo» (v.1-3).

Una de esas profecías fue aquella en la que a través de Isaías, Dios ofrece como señal de protección sobre su pueblo una señal: el nacimiento de un niño al que se pondrá el nombre de Emmanuel que significa “Dios con nosotros” (Is 7, 10-14). Eso quería decir que habría un heredero, y no sería extinguida la dinastía de David, de la cual surgirá a su tiempo el Mesías prometido y esperado: «nacido de la estirpe de David según la carne» (Rm 1, 3). Por eso, el nacimiento de aquel niño era una señal de esperanza.

San Mateo anuncia el cumplimiento de esta profecía: El hijo de la Virgen María será ese “Dios con nosotros” que abrirá las “puertas del Cielo” porque trae el perdón de los pecados y el restablecimiento de la amistad con Dios. Y el Señor anuncia a san José que la concepción y nacimiento de Jesús es obra del Espíritu Santo y la Virgen «dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús» (Mt 1, 21). Desde ese momento acepta y comienza a realizar su vocación y a participar en la obra de la redención como padre legal de Jesucristo.

El ejemplo de san José nos recuerda que todos hemos recibido por el Bautismo una vocación para buscar a Dios en plenitud de amor, El Señor quiere que nos santifiquemos, que nos identifiquemos con Él en todas las circunstancias en las que transcurre nuestra vida y que son el resultado de realidades que nos han sido dadas y de nuestras elecciones libres y responsables.

Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el trabajo y en las personas con las que convivimos; también a través de “los signos de los tiempos”, las cuestiones que atraviesan y definen la época histórica en la que vivimos tanto en la Iglesia como en el mundo. Incluso podemos escuchar una invitación a una mayor entrega o a responder de manera adecuada a las circunstancias en que nos encontramos y eso nos lleva a preguntarnos si buscamos a Dios en todo y si querrá el Señor algo más de mí.

III. La devoción a la Virgen es la mejor garantía para alcanzar los medios necesarios y la felicidad eterna a la que hemos sido destinados. Pidámosle que sepamos esperar, en estos días que preceden a la Navidad y siempre, llenos de fe, a su Hijo Jesucristo, Señor nuestro para que así como ahora recibimos gozosos al Redentor, le veamos un día sin temor volver como Juez.

«Dios, que nos alegras con la anual expectación de nuestra Redención, haz que así como gozosos recibimos a tu Unigénito como Redentor, veamos también seguros venir como Juez a nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén»[7].


[1] Cfr. Pius PARSCH, El Año Litúrgico,  Barcelona: Herder, 1964, 80-81.

[2]  Cfr. Alberto COLUNGA; Maximiliano GARCÍA CORDERO, Biblia comentada, vol. 1, Pentateuco, Madrid: BAC, 1960, 100-101.

[3] Cit por Juan STRAUBINGER,                La Santa Biblia, in Gn 3, 24.

[4] «[Jesús, el Mesías] al que debe recibir el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de la que Dios habló desde antiguo por boca de sus santos profetas» (Hch 3, 21).

[5] Fillion cit. por Juan STRAUBINGER,  La Santa Biblia, in Hch 3, 21.

[6]  Cfr. Antonio ROYO MARÍN, Jesucristo y la vida cristiana, Madrid: BAC, 1961, 339.

[7] Vigilia de Navidad, oración: Eloíno NÁCAR FUSTER; Alberto COLUNGA, Misal ritual latino-español y devocionario, Barcelona: Editorial Vallés, 1959, 79.

Padre Ángel David Martín Rubio
Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU. Ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU y en la Universidad Pontificia de Salamanca. Actualmente es deán presidente del Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres, vicario judicial, capellán y profesor en el Seminario Diocesano y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Virgen de Guadalupe. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y el portal "Desde mi campanario"

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