Queridos hermanos, nuestra fe divina y católica es inalterable e incontestable. Quien se opone a ella ofende a Nuestro Señor Jesucristo, en la infinita unidad de Su Único Eterno Padre y del Espíritu Santo, atentando con ello a Su Divina Gracia y Misericordia.

Nuestra fe es sobrenatural, para conservarla en el mundo y en el corazón del hombre es necesario defenderla y proclamarla dando razón y explicación de ella. Si no se recibe ni se guarda, si no se vive  ni se proclama con su propio poder apologético o defensor, la fe católica  se pierde, y entonces nos perdemos. Sin esta única fe es imposible agradar al Único y Verdadero Dios Vivo, Trinidad Beatísima. Sin esta divina y única fe viva, inalterable, perenne, Luz de Dios, es necedad toda evangelización. Es necesario ganar, con esta fe viva, divina y salvadora, más y más prosélitos amadores de Jesucristo Eucaristía, adoradores Suyos para siempre.

¿Quién me confirma en esta fe? ¿Es arbitrario pensar que nuestra propia identidad  católica está en cuestión? No lo es. Los acontecimientos, que se suceden de forma vertiginosa, lo demuestran, pues no hay aspecto de nuestra fe  que no se esté alterando, cuestionando e incluso negando.

Dios, infinitamente Misericordioso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, permitió al hombre ver cómo es de monstruoso el pecado; para ello aprovechó la maldad de sus criaturas inteligentes, haciéndoles ver que las penas que se infligían unas a otras no son nada en comparación  con las penas eternas del infierno. Si doloroso es perder la vida del cuerpo, ¡cuánto más perder la felicidad divina, infinita y eterna para toda la eternidad!

Dios hace ver al hombre que todo pecado tiene un castigo consigo en la tierra y en el corazón; que es el hombre el que se daña a sí mismo desobedeciendo a Dios, hasta incluso perderse para toda la eternidad.

Así, en el Antiguo Testamento sobre todo, con ocasión de la dureza de los corazones, el hombre comprueba cómo su infidelidad a la Alianza con Dios trae consigo pérdidas dolorosísimas; así como la fidelidad a la Alianza, beneficios sin medida. Esto queda reafirmado en el Nuevo Testamento, o Alianza sellada con la Sangre del Cordero Divino, Cristo, Dios y Hombre Verdadero.

¿Quién me confirma en la fe? Está en cuestión la salvación de las almas, pues no hay otra fe que pueda salvar. Hemos sido rescatados por la Preciosísima  Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. La Misericordia infinita de Dios nos hace ver las consecuencias de la libertad del hombre, haciéndole comprender a éste que puede condenarse eternamente, que la posibilidad del sufrimiento y tormento para toda la eternidad es posible. La Misericordia de Dios es justa. Justicia Divina hace que el buen ladrón sea rescatado de la condenación eterna y se haga el silencio de Nuestro Señor sobre el otro ladrón. ¿Por qué la Misericordia alcanzó a uno y no al otro? Porque es justa, y esa Justicia Divina exige a la Misericordia que el pecador se arrepienta. La Misericordia Divina es más grande la que Justicia, pero siempre es justa.

La Justicia Divina exigió que el hijo pródigo regresara completamente arrepentido de su pecado para que fuese abrazado por la Misericordia Divina. Y cuando el hijo llegó al Padre, dolorido y contrito por su actuación pecaminosa, la Misericordia se desbordó sobre él.

¿Quién me confirma en la fe? Sólo encuentro la respuesta  cada mañana cuando empiezo a revestirme en mi humildísima sacristía  para la Santa Misa tradicional.  Revestido para el Santo Sacrificio, recuerdo las palabras: Sacerdotes tui induantur iustitiam. “Vístanse tus sacerdotes de justicia”. Revestido de la santidad del Señor, al que debo imitar en mi debilidad, siento que ya no es el hombre  quien se acerca al Altar de Dios, es el mismo Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

De la sacristía, donde rememoro el Huerto de los Olivos, me dirijo – siguiendo los pasos del Señor en Su Santo Vía Crucis, que esto es el trayecto hasta el altar –  hasta el Calvario. Es ante el altar donde se hace la presente la Crucifixión, y a medida que la Santa Misa avanza, así se suceden los acontecimientos del Calvario.

Llega el momento de la Consagración, y el ruido es ensordecedor, es el ruido del martilleo de los inmensos clavos que atraviesan las santísimas y purísimas manos y pies del Señor, el vocerío obsceno de los sayones insultando el Cordero Divino, manso y humilde, que no abre la boca. El martilleo de los clavos se asemeja a un interminable redoble de tambor.  Golpean y golpean, sin misericordia ni compasión. Es un ruido frenético. El dolor de Nuestro Señor es dolor infinito, inimaginable. En este dolor tiene primacía la traición de uno de sus apóstoles, la negación de Pedro y el abandono de sus discípulos. El Salvador nos ha engendrado en sus dolores. La Justicia de Dios queda satisfecha; el enemigo es vencido. La tierra regada con la Preciosísima Sangre de Jesucristo da frutos de tantos campeones de la fe que con gran gozo de su fe divina y católica salen al encuentro  de la muerte, y entregarse a los más horribles suplicios antes que renegar de ella.

Mi alma sacerdotal se estremece, y una vez más, como en cada Santa Misa, le pide, primeramente no ser  uno de los causantes de tanto sufrimiento, para pedirle a continuación  poder reparar tanto dolor por tantos que le han traicionado, ya por pecar llevando una vida alejada de la Gracia de Dios, ya por no defender la fe divina y católica, y sucumbir a la seducción del mundo. Sólo encuentro una forma para poder reparar, mi fidelidad a la enseñanza que la tradición de la Iglesia  me transmite.

Terminó la Consagración, se hace un gran silencio. Un silencio verdaderamente estremecedor. Me paro un momento. Trato de fundirme en ese silencio. La Santa Misa continúa, aplicándosenos los méritos de la Sagrada Pasión; entre esos méritos está la confirmación en la fe, donde el alma sale enardecida de amor por Nuestro Señor y confirmada, una vez más, en la fe recibida, inalterable y perenne, en la fe divina y católica.

¿Quién me confirma en la Fe? La Santa Misa tradicional.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa