Un Obispo elogiando la conocida frase, “Quién soy yo para juzgar”, comentaba entusiasmado que estaba llena de sabiduría humana. Y no le faltaba razón a este Obispo, sabiduría humana, pero sólo eso, sabiduría humana.

Pero, de qué nos sirve la sabiduría humana, qué nos enseña, a dónde nos conduce. Cómo prestar alguna atención a la sabiduría humana teniendo la Sabiduría Divina. Si con la Sabiduría Divina lo tenemos Todo, qué hacemos con la sabiduría humana, para qué nos sirve.

¿Podemos gloriarnos de tener ciencia alguna? ¿Pueden nuestros labios pronunciar palabras de sabiduría? ¿Podemos, simplemente, hacer el bien por nosotros mismos? ¿A caso tenemos algo bueno que no se nos haya dado? De nada podemos gloriarnos, ni de tener sabiduría ni hacer el bien, de nada. Sólo podemos decir sin equivocarnos que siervos inútiles somos. Si algo tenemos es porque Dios, Nuestro Señor, en su infinita Misericordia, nos lo ha proporcionado, y si alguna palabra de sabiduría sale de nuestros labios, es porque Él la ha puesto en ellos.

Asistimos, atónitos, cómo la Sabiduría de Dios “derramada” en su Iglesia a lo largo de siglos y puesta de manifiesto en los dogmas de fe, en los Mandamientos, en los Santos Sacramentos, en el Santo Sacrifico de la Misa, en definitiva, en el Magisterio y Tradición, es simplemente anulada, arrinconada, y tenemos que oír lo que la sabiduría humana ha de decirnos. Y la sabiduría humana se encumbra ella sola a lo más alto, y el mundo está que no acaba de creer lo que está viendo y oyendo, que la propia Iglesia se ha puesto de su lado, dándole la razón justificando sus debilidades y miserias, sus pecados.

Pero, ¿puede la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, hacer dejación de su misión, relegar al olvido la enseñanza magisterial que ha recibido a lo largo de su historia? No, no puede. La tradición mantiene viva y actual esta enseñanza magisterial, y muy en especial en la Santa Misa Tradicional. Pues ésta, como muralla férrea, sigue intacta protegiendo, custodiando, velando por la Verdad de Dios, que es su Sabiduría Divina reflejada en el Magisterio de la Iglesia. Las murallas permanecen intactas, otra cuestión es que muchos han huido de ellas imaginándolas derruidas. Pero eso jamás ocurrirá.

Únicamente la Sabiduría Divina nos hace libres por que nos libera de la sabiduría humana, que es la que verdaderamente esclaviza. Porque la sabiduría humana por no tener no tiene saber y mucho menos sabiduría. La Sabiduría Divina es la que nos da nuestro Amado Maestro; y nuestra fidelidad a Él, y a sus enseñanzas, nos libera de nuestras miserias, del temor del mundo, de nuestras debilidades y limitaciones, porque ya no nos hemos más de preocupar de lo que sintamos, queramos o deseamos, sólo de hacer Su Santa Voluntad. Hacer la Voluntad de Dios, éste el saber de la Sabiduría, es toda la Sabiduría que queremos y necesitamos. Esta es la Sabiduría que nos eleva sobre el mundo y hace que nos enfrentemos a él sin el más mínimo temor.

La sabiduría humana es huidiza, serpentea a ras del suelo y cuando ve el momento salta y se manifiesta, y siempre es cambiante según sus intereses y las presiones del entorno. No así la Sabiduría Divina que se mantiene siempre visible, reconocible e inamovible. Porque Dios no cambia, su Palabra no cambia, no se amolda al mundo, es la misma siempre. Por esto es verdadera Sabiduría porque es la Sabiduría de Quien es el Alfa y el Omega. Es la Sabiduría que habrá de juzgar a la pobre sabiduría humana.

La maldad de la sabiduría humana es saber que se sabe. El problema de hombre es creer que sabe. No sabe si no acepta la Voluntad de Dios. Cuando nos abandonemos en Dios, esa es la Sabiduría. Gracias a la Voluntad de Dios hacemos esto o aquello. El saber humano es todo lo que Dios permite. Hemos de entender que hemos de hacer la Voluntad de Dios. Dio siempre gana el pulso. Hay sabiduría en el hombre cuando deja actuar en él la Voluntad Divina.

Hay sabiduría en el ser humano, y esto muchísimos no lo han pensado, cuando se confiesa. Cuando se entrega a la Voluntad de Dios, el Padre de la Sabiduría.

El ser humano no tiene sabiduría. No hay luz en su palabra a menos que no viva la Palabra de Dios. El hombre cree saber que tiene entendimiento, pero cuando se le habla de la Verdad no sabe qué contestar. Qué sabemos de Dios. Titubeamos. Hemos de saber que no sabemos nada. Somos por naturaleza soberbios. Hemos de entender que no somos nada.

Sólo Jesucristo cumplió perfectísimamente con la Voluntad del Padre. Jamás el hombre tendrá sabiduría sino acepta la Voluntad de Dios y cumple con ella.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa