¡Cuánto clamor mediático, cuánta indignación, cuánto revuelo por el gesto de Mateo Salvini en los comicios del 18 de mayo en Milán! De nuevo, como ya hizo antes de las elecciones políticas de 2018, el líder de la Lega sacó el rosario, besó el pequeño crucifijo situado en su extremo y, tras haber invocado a los Santos Patrones de Europa, confió su vida, la vida de sus electores y el destino de Italia al Corazón Inmaculado de María. Como era de esperar y como era inevitable, el gesto suscitó una serie de extenuantes polémicas sobre la oportunidad del gesto. Pues bien, exploremos a fondo la cuestión.

Han llovido acusaciones de todas partes y el ministro del interior ha sido tachado de hipocresía. Mostrar – ha sido dicho por sus detractores – con tanto atrevimiento un símbolo religioso, hacerse “paladín” de la identidad cristiana y querer después una política migratoria de mangas estrechísimas, solidarizar con quien dispara a los ladrones, querer anteponer a los italianos a los extranjeros en el acceso al welfare y hacer propio el lema “orden y seguridad”, sería un comportamiento incoherente. En otras palabras, ser católico debe necesariamente equivaler a ser un buenista. Un católico debe por la necesidad de las cosas hacer propia la máxima del “querámonos”. Un católico debe ser ecuménico trescientos sesenta grados: no solo desde el punto de vista religioso, sino también social. A esto nos ha llevado – entre otras cosas – más de medio siglo de régimen modernista: a una innatural superposición entre catolicismo y liberal-marxismo (que no es una contradicción, en cuanto que tanto una ideología como la otra tienden a los mismos fines, aunque utilizando medios distintos).

No por casualidad, los acusadores más implacables del líder de la Lega han sido precisamente los obispos. Inicialmente, la “caritativa” toma de posición de Bergoglio, que declaró que no estrecharía nunca la mano de Salvini, ni estaría dispuesto jamás a reunirse con él si no cambia su posición sobre los migrantes: en resumen, para agradar al “descamisado” hay que pensar como él, de otro modo uno se encuentra fuera de su “banda” y destinado a ser liquidado (táctica empleada ya con varios prelados “disidentes” respecto a la línea del “soviet” bergogliano). Como si esto no fuera suficiente, Salvini parece haberse convertido en el protagonista de todas sus homilías: no hay Misa en la que Francisco no aproveche la ocasión para lanzar ataques – más o menos velados – al ministro del interior. Después, las inevitables y continuas tomas de posición contra el líder de la Lega por parte de los diferentes obispos y cardenales, que de católico tienen solo ya el cargo eclesiástico y la sotana (siempre que la lleven todavía y que no vayan de paseo con vaqueros y el solideo girado al contrario para estar “acordes al paso de los tiempos”). El obispo de Mazara Del Vallo, Domenico Mogàvero, ha sostenido incluso que quien está con Salvini no puede llamarse cristiano (y yo que pensaba que eran los modernistas como él quienes no podían llevar este sublime apelativo), ya que, según dice, han renegado del mandamiento del amor hacia el prójimo. Después, el cardenal Parolin, que se disocia del gesto (probablemente demasiado mariano) de Salvini y critica el uso de símbolos religiosos en política. El presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, el cardenal Bassetti, que en una entrevista a “Repubblica” sostiene engreídamente que la Lega no conseguirá dividir a los italianos del papa Francisco, como si este último necesitara de la Lega para conseguirlo, como si no fuera muy capaz de dividirse él solo de los italianos y sobre todo de aquellos auténticamente católicos. Los muy conocidos “sacerdotes de la calle” (palabra en código para definir a un sacerdote que ha renegado de la Cruz para servir a la hoz y el martillo o cualquier otro ídolo) que “excomulgan” a la entera Italia: según dicen, el “Bel Paese” no sería ya un País católico tras haber votado en masa a Salvini. Los diferentes párrocos que desde los púlpitos han invitado abiertamente a los fieles a votar al Partido Democrático o al movimiento “Più Europa”, ambas fuerzas políticas a favor de aborto, ideología de género, droga libre, eutanasia e islamización. Pero el incoherente es Salvini.

No es voluntad mía indagar sobre cuáles son las reales intenciones de Salvini, si su religiosidad es solo por interés político, o sea, para atraerse los votos del electorado católico más conservador e incluso tradicionalista, o si el ministro del interior es movido por un auténtico deseo de acercarse a la Fe y de actuar de modo que esa misma Fe – vituperada durante años y puesta aparte en nombre de la laicidad izquierdosa y liberal – vuelva a ser protagonista de la vida pública italiana. Claro, Salvini es un político, un hombre de acción, no ciertamente un teólogo: por ello no sorprende tanto que cite a Benedicto XVI y a Juan Pablo II – ambos modernistas – asociados erróneamente por él al tiempo en el que la Iglesia era todavía una fuerza filo-conservadora. Sin embargo, no se puede no apreciar su gesto y todavía más no se puede no elogiar su apelación a la Santísima Virgen. Pues bien, a propósito de esto comparto plenamente lo que ha escrito por un tal Padre Fabiano (Franciscano de la Inmaculada me parece haber entendido) en una carta dirigida precisamente al líder de la Lega. “Estamos contigo – escribe el sacerdote – y la Virgen te protegerá y te guiará a la victoria. Pero tú sé coherente con la ley divina y con la natural, en la vida privada como en la pública”. Salvini se ha confiado al Corazón Inmaculado de María: esto implica que debe reconsiderar necesariamente sus posiciones, decididamente demasiado liberales, en un cierto número de cuestiones, a partir de las ético-sociales. No existe el principio según el cual cada uno es libre de hacer lo que quiere mientras que no fastidie a otros: no a los ojos de Dios y de su Santísima Madre. La libertad nos es dada para hacer el bien y donde la usamos para el mal simplemente hacemos un uso distorsionado y contrario a los que son los fines propios de esta facultad humana: precisamente como si usásemos las manos para caminar. Sin embargo, es necesario confiar en María y en el hecho de que nadie que se ha confiado (o ha sido confiado) a ella y a su Corazón Inmaculado puede permanecer mucho tiempo en el error y en las falsas convicciones: ella puede y quiere llevar la luz y la verdad de su Divino Hijo a todos sus amadísimos Hijos. Por tanto, debemos esperar que Salvini renunciará pronto a algunas falsas ideas liberales para abrazar una visión más propiamente católica. Mientras tanto, rezamos por él.

En cuanto a la indignación del episcopado, se me permita decir que, con todo este parloteo contra Salvini y su rosario, los Obispos han demostrado exactamente lo que han llegado a ser: simplemente apóstatas. ¿Cómo puede uno obispo resentirse si un líder político demuestra abiertamente, con palabras o con gestos, tener la Fe católica? Es incoherente – dicen ellos – que el jefe de la derecha populista y anti-inmigración se profese católico y exhiba el rosario. En tal caso sería oportuno recordar a los modernistas desmemoriados que el rezo del Salterio Mariano, aun siendo antiquísimo, se convirtió en una práctica de devoción popular a finales del siglo XVI, con ocasión de la Batalla de Lepanto, por voluntad de San Pío V, de venerable memoria – bajo cuya guía se coaligaron las potencias cristianas para frenar el expansionismo islámico hacia la Europa Occidental – que recomendó a todos, laicos y religiosos, civiles y militares, rezar el Rosario pidiendo la intercesión de María Santísima para favorecer la victoria de los ejércitos cristianos contra los musulmanes. La victoria llegó, como sabemos. Por tanto, ¿qué habría de incoherente en rezar par elevar de nuevo nuestras súplicas al Cielo para que Europa sea liberada de los ocupantes afro-musulmanes? Nada que no se haya hecho en el pasado por católicos mucho más fervientes y devotos que los que circulan hoy. ¿Y qué decir del hecho de que el rosario fue entregado por la Virgen en persona a Santo Domingo, fundador de la Orden de los Predicadores, como respuesta a sus oraciones, en las cuales pedía a la Madre de Dios qué hacer para extirpar la herejía albigense que hacía estragos en la Francia meridional y contra la que se batía el santo? Todo lo contrario a acogida y ecumenismo, el rosario es un instrumento de lucha contra el mal.

¿Que las posiciones de la Lega son contrarias al Evangelio? Pues bien, no sé qué Evangelio han leído Bergoglio y sus secuaces, pero en la copia que poseo no está escrito en ninguna parte que una nación deba hacerse invadir, depredar y violentar por masas de individuos sin Dios, sin moral y sin civilización. Al contrario, está escrito que es necesario separarse de todas las cosas – aunque fueran las más estimadas – que, con el escándalo y el mal ejemplo, podrían alejarnos de Dios (Mc 9, 43-47): supongo que las falsas religiones como el islam, las costumbres, los hábitos y los estilos de vida no precisamente virtuosos de muchos pueblos del Tercer Mundo, así como la criminalidad y la perversión social que la inmigración sin control lleva consigo están entre estas.

No son los partidarios de la Lega los que han renegado del mandamiento del amor hacia el prójimo – como sostiene Mogàvero –, son los modernistas los que han renegado de la verdadera Fe católica. Si no fuera así, sabrían perfectamente que no se puede amar al prójimo sin amar a Dios y que si amamos a Dios presumiblemente no permitiríamos que centenares de miles de invasores musulmanes vengan a dictar leyes a una nación cristiana como Italia y en el corazón mismo de la cristiandad, que es Europa. Sabrían perfectamente que amar al prójimo se concretiza en el respeto a los Mandamientos, y entre estos no me parece que exista alguno que prescriba retirar los confines nacionales; al contrario, el décimo precepto del Decálogo dice que no se deseen los bienes ajenos, como la casa, la tierra, o ¿por qué no?, también la patria: quien debe entender entienda.

Si los clérigos modernistas tuvieran todavía la Fe católica, sabrían que existe un concepto en la teología tomista (de la cual es imposible alejarse sin cometer grandes errores doctrinales) que es el de “orden de la caridad”; sobre la base de este, estamos obligados a anteponer el amor a Dios al del prójimo y a distinguir entre diferentes especies de “prójimo”. Es justo – nos dice el Aquinate – anteponer el amor por aquellos con los cuales tenemos vínculos más significativos y con los cuales tenemos más cosas en común – como los familiares, los connacionales y nuestros hermanos en Cristo – al amor hacia los demás, que no entran en estas categorías, y la caridad hace parte de la comunidad, como recordaba Su Santidad Pío XII. Sabrían que no existe caridad sin justicia y que no hay nada de justo y de equitativo en dejar que una nación caiga en el desorden y en el conflicto social que inevitablemente surgen de la convivencia forzada entre individuos demasiado diferentes entre ellos por religión, cultura y características psico-físicas. Así que el salviniano “primero los italianos” no tiene nada de nacionalista o de “fascista”: tiene sólidas raíces en la doctrina católica, además de en el sentido común. Precisamente, el amor hacia el prójimo debería movernos a enfrentarnos a la inmigración incontrolada: si amamos a alguien, tenderemos a protegerlo, tanto en el cuerpo como en el alma. Y es precisamente movidos por el amor ordenado hacia el prójimo y por la voluntad de protegerlo por lo que deberemos impedir la ruina del cuerpo social mediante la introducción en el mismo de masas de individuos sin moral, sin ley y sin Dios.

No son los partidarios de la Lega, sino los modernistas, los que contradicen el Evangelio y dos mil años de enseñanza católica. Es a causa de los modernistas, de los malos pastores, de los papas conciliares y de las desviaciones litúrgico-doctrinales que se prolongan desde hace más de cincuenta años que Italia ha dejado de ser un País católico. No abriendo los brazos a masas de invasores musulmanes y de personas sin escrúpulos de toda etnia y nacionalidad que vienen a desintegrar las naciones europeas se demuestra la propia adhesión a los valores cristianos, pero permaneciendo firmes en la verdadera Fe católica: la de Jesucristo  y de su Santa Iglesia transmitida durante los siglos, profundamente diferente de la del Concilio Vaticano II, corrompida – entre otras cosas – por el compromiso con un mundo y con una mundanidad de los cuales precisamente el Evangelio nos enseña a desconfiar.

Con toda honestidad considero que lo que ha fastidiado a los Obispos ha sido precisamente el acto de dirigirse a la Madre de Dios y a su Corazón Inmaculado, exhibiendo el rosario, y el motivo es muy simple: uno de los muchos apelativos de la Santísima Virgen es el de “Exterminadora de las herejías”. ¿Cómo sorprenderse de que los modernistas se resientan hacia una persona que se dirige precisamente a María, exhibiendo el instrumento por excelencia de la devoción mariana? Todos los herejes aborrecen el amor hacia la Virgen, los protestantes como los modernistas, ya que María es la que nos conduce a Jesús, es el camino seguro para llegar a Jesús y nadie ama verdaderamente al Hijo y puede alcanzarlo si no ama a la Madre y no se confía a ella: ad Jesum per Mariam. En segundo lugar, ellos conocen perfectamente el gran poder del Rosario, que es el “arma” (como la definía el Padre Pío) de los cristianos, la suave cadena que nos une al Cielo, el medio con el cual nos comunicamos con la Madre de Dios y, a través de ella, con su Divino Hijo, obteniendo de él grandísimas gracias, un verdadero instrumento de santificación personal y colectiva. Todos los santos rezaban asiduamente el Salterio Mariano (algunos, como Santo Domingo o como el mismo Padre Pío, llegaban a rezar hasta cien rosarios al día). Por tanto, ¿debemos maravillarnos si los modernistas (especialmente los de área progresista) temen este instrumento, ellos que han falsificado la Fe católica, reduciéndola a una especie de humanitarismo buenista y ultra-ecuménico?

Si hay una cosa que ellos no quieren es que los cristianos tengan un arma a su disposición: el que está desarmado está sustancialmente indefenso. Miremos la cosa desde el punto de vista religioso: quien está indefenso está expuesto a todo género de desviación moral y doctrinal, ante todo al veneno modernista y peor todavía progresista. Por último, recuerdo la entrevista a un prelado pro-inmigración y filo-bergogliano precisamente sobre la relación entre el catolicismo y el identitarismo de las derechas radicales europeas aparecida hace un par de años en un conocido diario de izquierda. El clérigo en cuestión respondió que la espiritualidad “cruzada” o “de Lepanto” (así la definió), de aquellos que auspician denegación de entrada en el mar y leyes “anti-islamización” en nombre de la defensa de la identidad cristiana ha sido ampliamente superada por la nueva espiritualidad del Concilio Vaticano II, en la cual no hay lugar para la espada, sino solo para el diálogo y el encuentro. Ella, declaró el prelado, sobrevive solo en los grupos integristas y nostálgicos, los de sello “lefebvriano”. ¿Un cambio de perspectivas y de prioridades? No, simplemente la pérdida de la Fe católica y su falsificación, como se ha dicho hace poco. ¿Somos nosotros los que no renegamos de las Cruzadas y de Lepanto – más aún, nos sentimos muy orgullosos de ellos –, los que somos nostálgicos, los que hemos permanecido vinculados a ideas y concepciones superadas, o son los conciliares los que han caído en la apostasía y han abandonado la Fe católica? Pues bien, si la Fe es un depósito inmutable y si inmutable debe ser su modo de concebirla y de vivirla, la respuesta se revela bastante obvia.

Una última reflexión: en este momento histórico asistimos a la sustancial fusión entre modernismo y mundialismo. Si este último, parodiando satánicamente el universalismo católico – para el cual toda la humanidad debe ser unida en Cristo y en su Iglesia –, persigue la unificación entre pueblos, sociedades y naciones bajo el auspicio de las finanzas, de los presuntos “derechos humanos”, de lo políticamente correcto y de los grandes centros de poder supranacionales vinculados a las logias masónicas y al judaísmo talmúdico, el primero persigue, en cambio, la unificación de todas las religiones en una especie de gran sincretismo, que al final no es sino el montiniano “culto del hombre”, una especie de idolatría, ya que donde no se rinde culto al verdadero Dios, se rinde por fuerza a un ídolo (aunque fuera un hombre): el ecumenismo pone en el centro, no a Dio, sino al hombre con su conciencia, su sensibilidad y sus opiniones; no a la Verdad objetiva, sino a la subjetividad individual. El ecumenismo no es sino la pseudo-religión de una humanidad que se quiere a toda costa globalizada, sin confines, sin barreras, sin identidades y sin historia. El ecumenismo es la pseudo-religión de las sociedades enfermas de relativismo y de nihilismo liberales: es ideal para la sociedad “líquida” y en perenne evolución de lo post-moderno, en la cual la única certeza es el devenir y lo único que está prohibido es el ser. Los mundialistas necesitan del ecumenismo como los ecuménicos necesitan de los mundialistas. Esto explica el odio visceral del clero modernista y progresista al así llamado “soberanismo”: este se ha convertido ya en la muleta de los diabólicos planes tramados en lo secreto de las logias. Digámoslo también: desde hace unos años, en Roma no hay un verdadero Papa que actúe como Vicario de Cristo (no en la acepción sedevacantista del término), sino más bien una especie de ministro de la propaganda del régimen mundialista, el rostro tranquilizador y “afable” de un perverso sistema centrado en la negación y en la subversión del orden sobrenatural y natural.

Por tanto, recemos. Recemos a la Virgen Inmaculada con su Santo Rosario. Recémosle para que guíe y proteja a Italia y a Europa. Recémosle también por Matteo Salvini, para que le ilumine y le ayude a cambiar algunas de sus opiniones equivocadas, para que lo haga en todo y para todo un hombre de Dios, y para que haga madurar en él la conciencia de que sin Dios no se puede hacer nada (Jn 15, 5), de que todo debe ser hecho en Dios y para Dios, incluso gobernar un Estado. Recémosle para que haga lo mismo con todos aquellos que, en este delicado momento histórico, están llamados a combatir la misma batalla, cada uno en su patria.

Immaculatae miles

(Traducido por Marianus el eremita)

SÍ SÍ NO NO
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