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Quieren quitar las cruces de las cumbres

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Quieren quitar las cruces de las cumbres

La noticia es ciertamente grave y no podemos pasarla por alto. Según Il Giornale del pasado día 23, el Club Alpino Italiano, la más importante asociación alpinista del país, ha expresado su oposición a las cruces que coronan las cimas de las montañas. Según ellos, la Cruz ya no expresa los sentimientos del pueblo italiano, y sería incluso causa de división. Las montañas –dicen– son de todos, y el crucifijo se admite en los espacios privados, pero debe retirarse de los públicos, ya se trate de un colegio o de un monte.

Para empezar, es preciso tener presente que las montañas italianas, desde los Alpes a las cumbres de la Madonia siciliana, están rematadas por incontables cruces. Muchos creen que la costumbre se remonta a León XIII, que en los albores del siglo pasado quiso erigir sobre diecinueve cimas de Italia (tantas como siglos hacía de la Redención) otras tantas grandes cruces o monumentos devocionales a fin de rendir un grandioso homenaje al Dios Rey del universo.

En realidad, la costumbre de instalar cruces en las cumbres tiene más de mil años. Según el historiador Peter Danner, la primera que se alzó sobre una cima fue la del monte Olimpo de Chipre. Se pretendía que era la del Buen Ladrón que fue crucificado junto a Cristo. Santa Elena, madre de Constantino, la habría encontrado en Jerusalén en el año 327 y llevado a Chipre, donde se conservaría en el monasterio de Stavrovuni.

Las cruces que se alzan en las cimas de los montes expresan ante todo el dominio de Dios sobre la creación, pero son también el punto de mira simbólico que asciende con esfuerzo la montaña, metáfora de nuestra vida, que al alcanzar la cúspide encuentra en la Cruz consuelo y esperanza.

La idea de eliminar las cruces es una estupidez que forma parte de la actual cancelación de la cultura,aunque tiene su origen en un debate que se entabló hace veinte años, cuando se habló de la posibilidad de incluir en la Constitución Europea una alusión a las raíces cristianas de nuestro continente.

Recuerdo que en aquel entonces, Josef Weiler, catedrático de la Universidad de Nueva York, hombre de religión judía e ideas progresistas, considerado uno de los mayores estudiosos de la integración europea, evocó el relato bíblico de los hombres a los que se encomendó la misión de explorar la Tierra Prometida imaginando algunos turistas actuales «enviados a explorar la Tierra Prometida europea». ¿Cómo la describirían? Veamos sus palabras: «Recorriendo Europa, relatarían que en toda localidad habitada, aun en las más pequeñas aldeas, las lápidas de los cementerios tendrían inscripciones en las diversas lenguas del continente, pero casi todas  tendrían  una misma cruz cristiana. cualquiera que visitase un camposanto, vería la cruz representada siempre igual, inmutable ante el correr de los siglos: la misma cruz figura en una tumba del año 1003 que en una de 1503 u en una de 2003. Luego contaría que no hay población de un tamaño razonable que no tenga al menos una iglesia, a veces más de una. Al menos en Europa Occidental, donde la libertad religiosa no es una conquista reciente y ha permitido que la Cristiandad se exprese a lo largo de los siglos, entre otras formas en la edificación de templos. Aunque es posible que en algunos lugares dichas iglesias permanezcan vacías la mayor parte del año, están ahí; con frecuencia con una belleza majestuosa y en posiciones dominantes en medio del espacio público».  (Josef H.H.Weiler, Un’Europa cristiana. Un saggio esplorativo, Rizzoli, Milán 2003, págs. 41-44, 93-94).

Lo que afirma Weiler de las cruces de los cementerios vale también para las de las montañas. Todos se identifican con la Cruz, aun los que no son católicos. La Cruz evoca un pasado común que es imposible borrar, porque supondría borrarnos a nosotros mismos, junto con nuestra historia y nuestra identidad.

En las épocas cristianas que nos precedieron no había acto ni ceremonia solemne que no principiase por la señal de la Cruz, en nombre de la Santísima Trinidad. Se hacía la señal de la Cruz sobre las puertas de las ciudades, sobre enseres domésticos, sobre enseñas nacionales, coronas reales, hospitales, escuelas, tribunales, sepulturas, campos y cruces de caminos, y en los picos de las montañas. El mundo veía en la Cruz una señal de salvación, de bendición, de perdón, de esperanza, de lucha y de victoria.

Se libra actualmente en Europa una guerra contra el Crucifijo, y no es sólo simbólica: se trata de la batalla en defensa de la Cruz en los espacios públicos, y es sin duda también un combate en defensa de nuestras raíces cristianas. Ahora bien, las raíces cristianas no son meramente cosa de la memoria y de la historia; son raíces vivas, porque la Cruz, síntesis de ellas, es algo más que un símbolo histórico o cultural: es una fuente actual y perenne de verdad y de vida que se renueva a diario en el Santo Sacrificio de la Misa.

Las cruces de las cumbres son algo más que el punto simbólico de llegada para quien da la espalda a la Tierra a fin de contemplar el Cielo. Todos los hombres están llamados a ser felices participando eternamente de la gloria de Dios. Y esa gloria eterna tiene sus raíces en la Gracia, y la fuente de la Gracia es la Cruz. La Cruz es fuente de felicidad temporal y eterna para los hombres, familias y pueblos que han hecho de ella su propia bandera. Italia, Europa, Occidente, no tienen futuro apartadas del Dios-Hombre que nos redimió en la Cruz.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

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Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.