THE REMNANT

Reconocer y resistir: otro ejemplo más de la Historia (Michael Davies)

Nota del editor: Aunque Robert Grosseteste no es un santo canonizado, permanece sin embargo como otro de esos “hombres para toda época”, con cuyo santo ejemplo merece la pena que nos familiaricemos en este terrible tiempo de crisis en la Iglesia. Robert se resistió al papa de sus días; de hecho se resistió a él en su propia cara y no obstante fue un obispo bendito y santo en todos los sentidos. Su caso es otro ejemplo más en la Historia de dos importantes realidades de las que nosotros, los católicos romanos, debemos mantenernos siempre conscientes: 1) que los papas pueden abusar de su oficio y de hecho lo hacen, dan escándalo y se hacen culpables de actos malvados que confunden a los fieles y 2) que los católicos de mente clara y formación adecuada son llamados a resistir las órdenes injustas de tales papas… que ciertamente se requiere que desobedezcan si les ordena hacer lo que es contrario a la fe y lo sagrado. No es quizá ninguna coincidencia que vuelva a despertarse el interés por este heroico obispo inglés del siglo XII.

Grosseteste, como Fisher después de él, nos proporciona un modelo de un verdadero obispo católico que vivió en un tiempo de crisis e incertidumbre, que empieza en la Silla de Pedro y se abre camino hacia las bancadas. Según la Enciclopedia Católica, Grosseteste, el obispo de Lincoln, fue “uno de los más sabios hombres de la Edad Media. Llegó de Stradbroke, en el condado de Suffolk. Poco se sabe de su familia, pero con certeza era pobre. La primera fecha segura que podemos conectar con su vida es la de una carta escrita en 1199 por Giraldus Cambrensis para recomendarle al obispo de Hereford… [Tras su muerte] fue enterrado en su catedral. Muy pronto fue admirado casi universalmente en Inglaterra como un santo. Los cronistas cuentan milagros en su tumba y que los peregrinos la visitaban. A principios del siglo siguiente un obispo de Lincoln les concedió indulgencia. Diferentes prelados, Eduardo I y la Universidad de Oxford unieron sus esfuerzos para procurar su canonización por el Papa.”

Desde aquí, el artículo de Michael Davies habla por sí solo, dejamos al lector que saque los obvios paralelismos. MJM

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Escrito por Michael Davies RIP

Un obispo para nuestros tiempos: Robert Grosseteste

La cuestión que provocó la negativa del obispo Grosseteste a cumplir lo que consideraba era un abuso del poder papal fue la provisión papal de beneficios. Era un hombre que no permitiría transigencia alguna en una cuestión de principios, y he aquí una cuestión que no podría haber estado más directamente relacionada con el cuidado de las almas. En lo que le concernía, había dos consideraciones que deben venir antes de todo lo demás cuando se nombra a un sacerdote que habría de ser un verdadero pastor para su pueblo: el pastor debe ser digno espiritualmente de su oficio, que es inspirador de admiración, y debe vivir en medio de su grey.

Esto debe parecer tan obvio a un católico contemporáneo que casi no necesita explicación, pero en ese tiempo había muchos que no contemplaban que el cuidado de las almas era la única, o ni siquiera la principal función de un beneficio. Existía un sistema en el que ciertos beneficios caían bajo el “patronato” de figuras importantes de la Iglesia y el Estado, que estaban facultados a designar sus candidatos cuando ocurría una vacante, con ciertas condiciones. Estos patrones a menudo usaban estos destinos que controlaban para asegurar una fuente de ingresos a hombres que nunca visitarían siquiera sus rebaños, y menos aún les ofrecerían forma alguna de cuidado pastoral.

“Sería incorrecto mirar este sistema simplemente como un abuso: debió parecer a sus contemporáneos la única manera de sostener la burocracia necesaria de la Iglesia y del Estado”. Debe recordarse que casi todos los destinos de lo que ahora se consideraría como burocracia estatal (un término que no se pretende peyorativo) se proveían con funcionarios que debían conseguir ingresos de alguna parte. Es obvio que, tanto en la Iglesia como en el Estado, el Papa al igual que el Rey verían más conveniente que los ingresos de estos burócratas fueran pagados desde un recurso distinto de sus propios bolsillos. Pero para Rober Grosseteste esto era una perversión en el sentido preciso del término: “Reducía el cuidado pastoral a algo de importancia secundaria, mientras a su entender sólo las mejores mentes y la mejor energía que hubiera serían lo suficientemente buenas para la labor de salvar almas”.

Por lo tanto, no tuvo “vacilación en rechazar presentaciones a beneficios, si los que se le presentaban carecían de las calificaciones que consideraba necesarias para el cuidado de las almas, fueran quienes fueran los patrones: laicos, amigos de sus propios cuerpos monásticos, o incluso en último recurso, según avanzó el tiempo, el mismo Papa”.

Una provisión papal tomaba la forma de una solicitud del Papa para que un eclesiástico designara un candidato papal a una canonjía, una prebenda o un beneficio. El proceso empezaba como un goteo, se convertía en un arroyo y el arroyo en una inundación. Se designaban ejecutores para que aseguraran que se obedecían los mandatos papales, y esto llevó a una gran cantidad de corrupción subsidiaria. Por ejemplo, usarían su autoridad para obtener beneficios para sus propios amigos o como pago de un soborno. Los candidatos papales raramente residían en sus lugares de beneficio, o no hablaban la lengua del lugar si lo hacían, y gastaban la mayoría de sus ingresos en Italia. Fue el elevado concepto que Robert Grosseteste tenía no sólo del oficio pastoral, sino también del papal, lo que le llevó a oponerse a tales prácticas.

Aceptaba que, en virtud de su plenitud de poder, el Papa tenía el derecho a nombrar candidatos para los beneficios y que, donde este derecho era ejercido correctamente, estaba bien dispuesto a aceptarlo. Pero para él, tanto el poder del Papa como la provisión de un beneficio no tenía más que un fin: la salvación de las almas. Al Papa, por tanto, se le había dado el poder de proponer a hombres para oficios pastorales solamente para construir el Cuerpo Místico de Cristo a través del cuidado efectivo de las almas. ¿Y cómo podría progresar el cuidado de las almas a manos de pastores extraños que ni siquiera veían nunca a sus rebaños y estaban interesados sólo en el oro que podían obtener de ellos? “En lo que Grosseteste mostró su originalidad y clarividencia fue en ver este sistema de explotación como una de las causas radicales de la ineficiencia espiritual”. Fue un hombre de genio y visión, que pensó no sólo en su situación contemporánea sino en el futuro y en el efecto corruptor que tal sistema tendría sobre la vida de la Iglesia, una percepción que el tiempo demostró ser suficientemente precisa.

Resistió estas provisiones papales por todos los medios legítimos a su disposición, particularmente por el competente uso del Derecho Canónico hasta al menos diferir la necesidad de cumplirlas. En 1250, a la edad de 80 años, viajó a la corte papal de Lyon y se enfrentó al Papa en persona. “Estuvo en pie solo, ayudado por nadie excepto su oficial Robert Marsh… El papa Inocencio IV estaba sentado con sus cardenales y los miembros de su casa para escuchar el ataque más exhaustivo y vehemente que ningún gran papa puede haber oído jamás en la cumbre de su poder”.

La línea de su acusación era que la Iglesia sufría a causa del declive del cuidado pastoral. “El oficio pastoral está en precario. Y la fuente del mal ha de encontrarse en la curia papal, no meramente en su indiferencia sino en sus dispensas y provisiones del cuidado pastoral. Proporciona malos pastores para la grey. ¿Qué es el oficio pastoral? Sus deberes son numerosos y, en particular, incluyen el deber de visitación…”. Cómo un pastor ausente podía visitar a su rebaño era algo que iba más allá incluso del poder del Papa para explicarlo.

Conviene notar que, como en todas las cosas, el obispo Grosseteste enseñó con el ejemplo así como con preceptos, y en un acto sin precedentes había dimitido de todas sus prebendas excepto únicamente la de su iglesia catedral de Lincoln, un paso que suscitó ridículo más que respeto por parte de sus mundanos contemporáneos. “Si soy más despreciable a los ojos del mundo”, escribió, “soy más aceptable a los ciudadanos del Cielo”.

Por desgracia, su heroica visita a Lyon no tuvo fruto. Y fue heroica no simplemente por la forma en que señaló los errores del Papa y su corte frente a frente, sino por el hecho mismo de que un hombre de su edad incluso emprendiera un viaje tan arduo en las condiciones del siglo XIII. Las prioridades del Papa diferían de las del obispo. Inocencio IV se había vuelto dependiente del sistema de las provisiones papales para mantener su curia y para sobornar aliados que lucharan en sus interminables guerras con el emperador Federico II. Sus ambiciones políticas tenían precedencia sobre el cuidado de las almas.

En 1253 el Papa designó a su propio sobrino, Federico de Lavagna, para una canonjía vacante en la catedral de Lincoln. El mandato que ordenaba al obispo Grosseteste que lo nombrara era una especie de obra maestra legal, en la que el uso cuidadoso de cláusulas de non obstante anulaban cualquier base legal para la negativa o el retraso. Así, este era el dilema del obispo: se enfrentaba a una orden perfectamente legal de parte del Soberano Pontífice, que aparentemente debía ser obedecida. Sin embargo la demanda, aunque legal, era obviamente inmoral, un claro abuso de poder. El Papa estaba usando su oficio como Vicario de Cristo en un sentido bastante contrario al propósito para el que le había sido confiado. El obispo vio claramente que hay una distinción importante entre lo que un papa tiene el derecho legal de hacer y lo que tiene el derecho moral de hacer. Su respuesta fue una negativa directa a obedecer una orden que constituía un abuso de autoridad. El Papa estaba actuando ultra vires, más allá de los límites de su autoridad, y por ello sus súbditos no estaban obligados a obedecerle en esto.

Es de gran importancia señalar que Robert Grosseteste adoptó su posición no porque no apreciara o respetara el oficio papal, sino como resultado de su elevada apreciación y respeto de la autoridad papal. “En su actitud hacia el papado, Grosseteste fue a la vez leal y crítico. Fue justo porque creía tan apasionadamente en el poder del papa que odiaba verlo usado indebidamente… Si hubiera habido más críticos leales y desinteresados como Grosseteste, habría sido mejor para todos los implicados”. Hombres de menor nivel pudieron consentir y de hecho consintieron con lo que estaba mal, usando un concepto fácil de obediencia como su justificación. La verdadera lealtad no consiste en adulación, en decir a un superior lo que probablemente quiere oír, en usar la obediencia como una excusa para una vida tranquila. Si hubiera habido más “críticos leales y desinteresados” como el obispo Grosseteste, preparados a levantarse ante el Papa y decirle en qué parte sus propias políticas o las de sus asesores estaban erradas, puede que la Reforma nunca hubiera tenido lugar. Pero los hombres de valor y principios siempre serán la excepción, incluso en el episcopado, como se vio claramente en Inglaterra cuando la Reforma llegó y sólo San John Fisher se alzó a favor de la Santa Sede.

En su respuesta a la orden papal, el obispo Grosseteste acusó al papa Inocencio IV de desobediencia a Cristo y de la destrucción del cuidado de las almas. “Ningún fiel súbdito de la Santa Sede”, escribió, “ningún hombre que no esté separado por el cisma del Cuerpo de Cristo y de la misma Santa Sede, puede someterse a mandatos, preceptos o cualquier otra demostración de esta clase; no, ni siquiera aunque los autores fueran el más alto cuerpo de ángeles. Tiene el deber y la necesidad de repudiarlos y rebelarse ante ellos con toda su fuerza. A causa de la obediencia por la que estoy ligado y de mi amor a mi unión con la Santa Sede en el Cuerpo de Cristo, como hijo obediente desobedezco, contradigo y me rebelo. No podéis ninguna acción contra mí, porque mi misma palabra y mi mismo acto no son rebelión sino el honor filial debido por el mandamiento de Dios con padre y madre. Como he dicho, la Sede Apostólica, en su santidad, no puede destruir, sólo puede construir. Esto es lo que significa la plenitud de poder: puede hacerlo todo para la edificación. Pero estas llamadas provisiones no construyen, destruyen. No pueden ser la obra de la bendita Sede Apostólica, porque “se lo ha revelado” la “carne y la sangre” que no poseen el Reino de Dios, no “nuestro Padre que está en los Cielos”.

Comentando esta carta en su estudio “Las relaciones de Grosseteste con el Papado y la Corona”, W.A. Pantin escribe:

“Parece haber dos líneas de argumento aquí. La primera es que, dado que la plenitudo potestatis existe con el objeto de la edificación y no de la destrucción, cualquier acto tendente a la destrucción o la ruina de las almas no puede ser un genuino ejercicio de la plenitudo potestatis… La segunda línea de argumentación es que si el papa, o cualquier otro, ordenara cualquier cosa contraria a la Ley divina, estaría mal obedecer; y, como último recurso, mientras declara su lealtad, uno debe renunciar a obedecer. El problema fundamental era que, mientras la enseñanza de la Iglesia está garantizada sobrenaturalmente contra el error, los ministros de la Iglesia, del papa para abajo, no son impecables y son capaces de hacer juicios erróneos o dar órdenes erróneas”.

“No podéis ninguna acción contra mí”, había advertido el obispo Grosseteste al Papa, y los hechos probaron que tenía razón. Inocencio IV no cabía en sí de furia cuando recibió por primera vez la carta del obispo. Su primer impulso fue ordenar a “su vasallo el rey” que apresara al viejo prelado, pero sus cardenales le persuadieron para que no realizara ninguna acción.

“No debéis hacer nada. Es verdad. No podemos condenarle. Es un católico y un hombre santo, un hombre mejor que nosotros. No tiene igual entre los prelados. Todo el clero francés e inglés saben esto y nuestra contradicción no tendría fruto. La verdad de esta carta, que probablemente es conocida por muchos, podría mover a muchos contra nosotros. Es estimado como un gran filósofo, conocedor de las literaturas latina y griega, celoso de la justicia, lector en las escuelas de Teología, un predicador del pueblo, un enemigo activo de los abusos”. Esta relación fue escrita por un hombre que no tenía ningún cariño al obispo, Mathew Paris, ejecutor del mandato que el obispo se había negado a realizar. Pero Mathew reconoció la grandeza y la sinceridad de Robert Grosseteste y se conmovió.

Inocencio IV decidió que el curso más prudente sería no actuar y, en ese mismo año, murió el anciano obispo de Lincoln. Robert Grosseteste fue un gran erudito, un gran inglés y un genio universal, quizás el más grande hijo de Oxford y, sobre todo, uno de los obispos católicos más grandes de todos, un verdadero bonus pastor que voluntariamente habría dado su vida por sus ovejas. “Conocía a todos y no temía a ninguno. Por solicitud del rey Enrique, le instruyó en la naturaleza de un rey ungido y, al hacerlo, cortésmente le recordó su responsabilidad en mantener a sus súbditos en paz y justicia, y su deber de abstenerse de cualquier interferencia con el cuidado de las almas. No permitía ninguna transigencia en cuestiones de principio. El derecho común de la Iglesia debía aplicarse a la luz de la equidad, del dictado de la conciencia y de las enseñanzas del derecho natural, tal y como se revela en la Escrituras, implícito en la obra de la Divina Providencia y conformable a la enseñanza y guía de Cristo en la Iglesia militante en la tierra”.

Surgieron muchos informes de milagros en su tumba de Lincoln, que pronto se convirtió en un centro de veneración y peregrinación. Hubo repetidos intentos para asegurar su canonización, pero se encontraron con poca simpatía por parte de la Santa Sede. Su único rival como el más grande de todos los obispos ingleses es San John Fisher, cuya lealtad y amor a la Santa Sede de ningún modo excedieron los del obispo Grosseteste. Es bastante seguro que, de haber ocupado este obispo del siglo XIII su sede bajo Enrique VIII, habría ido con San John Fisher al cadalso y habría muerto por el papa. Parece igualmente cierto que, si el obispo de Rochester hubiera vivido durante el pontificado de Inocencio IV, se habría unido a Rober Grosseteste en su oposición al flagrante abuso del poder papal. Quién sabe, puede que aún sea canonizado el santo obispo de Lincoln.

Tomado de The Remnant, 6 de septiembre de 1975.

Nota:

La mayor parte del material del artículo de arriba se basa en las siguientes obras, a las que se refieren las notas como se indica: S.A. Callus, ed. Robert Grosseteste (Oxford, 1955) – RG F.M. Powicke, King Henry III and the Lord Edward (Oxford, 1950) – KHLE M. Powicke, Rober Grosseteste, Bishop of Lincold, Bulletin of the John Rylands Library, Manchester, Vol. 35, No. 2, marzo 1963 – RGBL.

(Traducido por Natalia Martín. Artículo original)

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