Después de doce congresos tranquilos e inofensivos celebrados por todo el mundo, Brian Brown, presidente del Congreso Mundial de Familias no podía imaginar el clima incendiario que envolvería la decimotercera edición del acto, que se celebró en Verona entre el 29 y el 31 de marzo del presente año.

«Es en Verona –escribe Massimo Recanati– donde se produce el enfrentamiento político entre las dos almas del Gobierno» (La Reppublica, 31 de marzo). Y es cierto. La polémica que se desató en torno al encuentro surgió del deseo de la izquierda de ampliar la división entre movimientos como la Liga y Cinco Estrellas, presentes en el Gobierno. Esto, desde luego, no estaba entre las intenciones de los organizadores, que sin embargo deberían haber previsto las consecuencias de la vistosa escenificación política organizada en el Congreso, en la que participaron catedráticos, especialistas y dirigentes de movimientos pro vida representantes de valores que no consiguieron, sin embargo, resonancia mediática.

Más allá de las buenas intenciones, leemos con inquietud estas palabras del documento de clausura del congreso:

«Entre las solicitudes formuladas en la Declaración de Verona figuran el reconocimiento de la plena humanidad del nasciturus, la protección contra toda injusticia y discriminación por motivos étnicos, opiniones políticas, edad, estado de salud y orientación sexual, la tutela de las familias numerosas, en particular las de refugiados, y las medidas para contrarrestar el invierno demográfico, por medio de leyes que incentiven la natalidad» (Notizie Pro Vita 31 marzo).

Desgraciadamente, esta declaración acepta una categoría jurídica ajena a la ley natural y al verdadero derecho: el principio de no discriminación. El auténtico derecho discrimina, por cuanto promueve y tutela ciertos comportamientos considerándolos justos y dificulta y reprime otros que tiene por injustos y perjudiciales. El principio de no discriminar por motivos de orientación sexual está incluido en los nuevos derechos introducidos para trastornar la ley natural y cristiana. No discriminar en el tema de la orientación sexual, cualquiera que ésta sea, significa en realidad poner en pie de igualdad todas las tendencias y opciones en materia sexual. Toda crítica pública de una conducta que no se ajuste a la ley divina y natural sería una forma de discriminación. Quien sostuviese, por ejemplo, que la opción homosexual es un vicio contra natura incurriría en la forma de discriminación homofóbica que sería castigada por la ley. Esto es coherente con lo que ha afirmado Luca Zaia, según el cual «si hay algo patológico no es la homosexualidad sino la homofobia». ¿Y qué coherencia tiene eso con el concepto cristiano profesado por la mayoría de los participantes en el Congreso de Verona? Una vez que se acepte el famoso principio de no discriminar por motivos de orientación sexual no se podrán criticar públicamente conductas contrarias a la moral cristiana calificándolas por ejemplo de tendencias desordenadas, como hicieron Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Si el Congreso ha sido la mente del encuentro, el corazón ha sido, según los organizadores, la Marcha por la Familia del pasado 31 de marzo. El presidente de la comisión Defendamos a nuestros Hijos, Massimo Gandolfini, que fue la figura más destacada, quiso hacer suya la línea trazada por por el presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, Gualtiero Bassetti: «No hagamos de la familia un motivo de desencuentro». A quienes lo acusaban de librar una batalla en defensa de la familia, los organizadores respondieron que se trataba de una batalla sino de una propuesta. Habría sido mejor responder: «No es una batalla; es una guerra». Una guerra abierta, declarada por las feministas y los activistas gay, que el pasado 30 de marzo invadieron Verona capitaneados por Monica Cirinnà al grito de «Somos las brujas que no habéis quemado». En el cortejo destacaba un títere que representaba al senador de la Liga Simone Pillon dentro de una jaula con una pancarta que rezaba «un orgasmo os enterrará». El lanzamiento de botes de gases lacrimógenos, compresas higiénicas y botellas vacías ante el palacio de la Gran Guardia expresaba la violencia que caracteriza a ese verdadero partido de odio. La violencia no es sólo teórica; seis millones de niños asesinados en Italia gracias a la ley 194 son el balance de la guerra que se está librando. Ante semejante masacre, ¿quién puede decir que no está contra la ley abortista?

Todos los políticos que intervinieron en el congreso de Verona, desde Mateo Salvini a Silvia Melloni, han declarado que la ley 194 y los derechos adquiridos no se tocan. Lo cual es grave, porque confirma que ningún diputado del Parlamento está dispuesto a luchar por defender la vida. Pero más grave aún es que ninguno de los participantes en el congreso se haya manifestado públicamente a favor de derogación de la mencionada ley o de la ley que permite las uniones entre parejas del mismo sexo. Por esta razón, como señala el profesor Corrado Gnerre, el mensaje que han trasmitido los medios es que «los derechos adquiridos no se deben tocar. Que la ley 194 no se toca. Que sólo hace falta algo más de espacio y reconocimiento para la familia tradicional. ¡Muy poca cosa!»

«¿Cómo es que todas las leyes se pueden discutir menos la 194?», se preguntaba Mario Giordano en La Verità el pasado 31 de marzo. Porque, se podría responder, nadie la pone en discusión en su totalidad ni en sus fundamentos ideológicos. Ningún político, y pocos representantes del movimiento pro vida italiano, se atreven a afirmar que es necesario derogar totalmente tan infame ley. Pero desde luego los millares de personas que acudieron con generosidad y entusiasmo a Verona para participar en la Marcha del domingo pasado desean sin duda que sea abrogada. Esas personas forman un pueblo de la vida que está creciendo y que debe tener suficiente representación en nombre de los auténticos principios no negociables; no en nombre de la constitución italiana, que no es intocable y constituye el principio de laicización de nuestra sociedad.

Gandolfini aludió al obligado homenaje al papa Francisco, el cual, sin embargo, en el avión que lo llevaba a Marruecos reiteró las palabras del cardenal Parolin de que «se comparte la sustancia, no las formas del encuentro». ¿De que formas se quiere distanciar Francisco? ¿Se refería tal vez a la presencia en el Congreso del ministro Salvini, a quien el Santo Padre se niega a recibir mientras no altere su política para con los inmigrantes? Se trataría entonces de una consideración puramente política, la cual, como tal, sería legítimo compartir. Además, recibió en marzo al grupo LGBT+Catholics Westminster Pastoral Council, y recibirá el próximo viernes a una comisión presidida por el profesor argentino Raúl Eugenio Zaffaroni, que le expondrá los resultados de una investigación sobre la criminalización de las relaciones homosexuales (Il Fatto quotidiano, 31 marzo). Zaffaroni es un intelectual de izquierda partidario del aborto y del matrimonio gay y, al igual que el Papa, adversario del gobierno de Mauricio Macri. El mismo Zaffaroni ha anunciado para la ocasión un «discurso histórico» del papa Francisco sobre la apertura y la solidaridad hacia los homosexuales. Ante las objeciones que se le planteasen, Francisco respondería probablemente que sólo se trata de nuevas modalidades pastorales. Por eso, no sólo es necesario oponerse a la sustancia, sino también a las modalidades de acción, no para  buscar  lo que nos gusta, sino lo que sea más perfecto y agradable a Dios. En última instancia, será Él quien trace el camino y dé la victoria a quien combata bien la buena batalla en defensa de la vida y de la familia.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.