La presente nota toma ocasión de un convenio abierto en Verona hace dos días y promovido por algunas organizaciones eclesiales con el objetivo declarado de defender la función de la familia natural; tal iniciativa no ha dejado de suscitar las venenosas e histéricas reacciones de un anticatolicismo actualmente dominante que, para desgracia de los intentos diabólicos y conciliadores propugnados por los afirmadores de la así llamada “nueva evangelización”, conserva inalterado su osado fervor sacrílego y profanador.

Sin embargo, desgraciadamente tenemos fundadísimas razones para considerar que las furiosas polémicas determinadas por los temores de un pretendido (y para nosotros deseable) retorno del espíritu que ha concurrido a forjar la res publica christiana del Medioevo estén viciadas por una preconcebida falta de generosidad respecto a la Iglesia aggiornata, que ha dado inequívocas señales de benévola condescendencia para con una modernidad corroída por una fatal descomposición y presagiadora de la rendición sin condiciones al más escuálido y degradante desorden moral.

Esto resulta significativamente confirmado por las declaraciones del Obispo de Verona, que, movido por la presumible intención de aplacar las agresivas manifestaciones orquestadas por los agentes de la descristianización, no ha vacilado en afirmar que el convenio en curso se propone valorar en términos positivos el papel de las “uniones civiles”.

Las palabras del prelado de Verona constituyen una dolorosa y ulterior prueba de la lamentable desolación espiritual en la que se encuentra una parte relevante del clero contemporáneo, propenso a malvender los tesoros sobrenaturales de la Redención para adquirir una satisfactoria posición de coadyuvante y actor secundario dentro del proyecto mundialista y oligárquico de homogeneización del género humano.

Valorando con desapasionado realismo el penoso oscurecimiento que rodea las almas y las conciencias en un tenebroso caos de palabras ambiguas y confusas, debe considerarse del todo superfluo reservar ni siquiera una concisa atención a las patéticas y atrevidas exhibiciones de una vulgar propaganda laicista, que se esfuerza sin tregua en contestar los principios basilares de la ética natural y en socavar las condiciones de un orden jurídico apto para salvaguardar el esencial valor normativo.

Nos parece más bien oportuno expresar algunas consideraciones críticas en orden a los límites y a la eficacia política de un convenio, aun siendo animado por generosos y muy compartibles propósitos de rescate de la familia auténtica, denigrada y vilipendiada por los enemigos del Evangelios.

Si se pretende reconstituir la estructura de la familia, prescindiendo de su pertenencia al plan providencial que ha determinado sabiamente su génesis y destino, si se piensa reafirmar el valor moral sobre la consonancia con una mentalidad reivindicativa, igual y contraria a la que diabólicamente ha animado a los fautores de su desintegración, la debida batalla contra el secularismo está destinada de partida a una fatal derrota.

Como se puede advertir fácilmente, las incoherencias y las contradicciones que han caracterizado el desarrollo del convenio veronés inducen a descartar la hipótesis de cualquier incidencia suya sobre los tristes acontecimientos de una Italia, desfigurada por las contaminantes complicidades entre el vil utilitarismo democrático y la rapacidad de las inmorales finanzas.

Toda duda sobre la veracidad del juicio apenas emitido se revela privada de sólidas bases, siempre que se piense en la completa metamorfosis teológica y pastoral, metódicamente perseguida por Bergoglio, en escrupulosa conformidad con las directivas deuterovaticanas.

No se ve cómo el Viejo Continente, vuelto decrépito por las secuelas de una prolongada e invasiva infección secularista, pueda regenerarse sobre las ruinosas premisas de un pontificado que, en todo ámbito de su acción, tiende a radicalizar los factores de la crisis actual.

No sabemos si, para los participantes en el Forum mundial de las familias, el destierro escandaloso del jesuita argentino de los “tabúes” de la vida sexual, o su persistente identificación de la inmigración como destino positivo y necesario de naciones corroídas por la decadencia, ofrezcan fundadas perspectivas para un renacimiento cristiano.

En la desorientación suscitada por la perversidad del neomodernismo y de sus engaños, nos sostienen las indestructibles certezas de una fe no arañada por las peripecias del tiempo y sellada por la divina promesa de la victoria definitiva de la Verdad y del Bien.

Cruce Signatus

(Traducido por Marianus el eremita)

SÍ SÍ NO NO
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