Desde el siglo III el latín ha sido la lengua de la Liturgia en la Iglesia. Ha sido como una verdadera “madre” por medio de la cual la Iglesia se ha dirigido a Dios. Como “madre” que es, siempre ha reunido a sus fieles sin hacer distinción entre ellos, sin diferenciarlos. No mira las diferencias lingüísticas, ni de lugar, o latitud. El latín siempre se ha preocupado de unir. Ha evitado los diferentismos políticos y de nacionalidad. Pues, como “madre” ha querido ser universal, para todos. Que todos se sintieran identificados con ella en la pertenencia a la misma Iglesia. ¡Cuántas barreras han creado las lenguas vernáculas! Y cuántas divisiones y cuánto aprovechamiento político.

El latín litúrgico ha sido desde el inicio una lengua sagrada separada de la lengua del pueblo; y este distanciamiento fue haciéndose más grande conforme el desarrollo de las naciones y las lenguas nacionales en Europa. De esta forma, el latín al ir distanciándose de la lengua del pueblo ha querido ser al mismo tiempo más pura para la alabanza al Señor y más “madre” con el fin de unir a todas las culturas y pueblos.

El latín al no evolucionar como lo han hecho las lenguas vernáculas ha querido quedar como la referencia para todos, no se identifica con ninguna lengua o nación, es para todos y sólo pertenece a la Iglesia, casa común de todos los fieles.

El ejemplo siguiente lo relata el entonces Cardenal Joseph Ratzinger en un artículo escrito en 1978 y recogido en el libro: La Eucaristía centro de la vida. Edicep. Valencia 2003. Un grupo de judíos se juntaron para hacer la oración de la mañana, al percatarse de que sólo había una filacteria, cuando la tradición establece que cada uno tiene que llevar la suya, decidieron hacer la oración uno a uno pasándose la filacteria. Con el fin de que todos pudieran rezar, y para no alargar mucho el tiempo, cada uno rezaba muy aprisa sin apreciarse prácticamente una palabra de lo que decía. El Rabino que estaba con ellos, observó con sorpresa lo acontecido. Cuando la oración terminó, se dirigió a dos jóvenes del grupo y les dijo simplemente: Ma-ma-ma, wa-wa-wa. Los jóvenes no entendían lo que pretendía el Rabino. Éste les repitió otra vez: Ma-ma-ma, wa-wa-wa. Tomaron al Rabino por loco. Pero éste les dijo ¿Cómo no entendéis lo que yo os digo si os lo digo en la misma lengua que acabáis de hablarle al Señor? ¿No habéis visto y oído a un niño en la cuna cuando aún no articula palabra alguna? Ningún sabio y entendido puede entender lo que dice el niño, pero si se acerca su madre ella sabe enseguida lo que el niño dice. Esta historia no es palabrería inútil; nos permite captar que hay un conocimiento del corazón que supera el conocimiento verbal.

¿Qué viene a decirnos el ejemplo? Que aunque no entendamos lo que decimos, si lo decimos con el corazón y con amor llega a Dios y es beneficioso para nuestra alma. No es esencial que siempre entendamos todo para que lo que digamos sea de provecho nuestro y alabe al Señor.

¿Por qué el rechazo hoy día del latín? Porque no rezamos con el corazón, porque en la liturgia ya nos hemos olvidado que sólo se entiende bien con el corazón y no con la razón. Ya no ejercitamos los sentidos interiores del alma, sólo nos quedamos con lo que perciben los sentidos exteriores. Ya no meditamos la liturgia, su misterio.

Al rezar en latín piensa que hemos de sentirnos orgullosos de nuestra lengua “madre”, de la lengua de nuestra Madre la Iglesia, que aunque no la entendamos con los sentidos externos hemos de apreciarla con los internos, con el corazón.

Reza en latín.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa