Que nadie se engañe: las continuas notas y chismes sobre el brillante trabajo del cardenal Pell en la reorganización de las finanzas del Vaticano no tratan realmente sobre dinero … Tratan de su defensa valiente e inflexible de las palabras dichas por Nuestro Señor Jesucristo sobre el matrimonio, el divorcio y el adulterio. Incluso los periodistas italianos se burlan de la repentina “reaparición” del Vatileaks, implicando una vez más a la Secretaría de Estado y que esta vez no van contra Benedicto XVI (que desde su renuncia ya no significa una amenaza), o contra el cardenal Burke, debidamente degradado, sino contra Pell, que debe ser forzado a irse. Como Sir Thomas Moro y el cardenal John Fisher, Pell está en el camino y debe irse.

Esa es la razón por la cual la breve nota del cardenal sobre el matrimonio y Enrique VIII debe ser publicada y dada a conocer lo más ampliamente posible. Es por eso que está bajo ataque: esto no tiene nada que ver con números y gastos, todo se trata de la “nueva doctrina” sobre el matrimonio…

¿Y qué pasa entonces con Enrique VIII?

Por el cardenal George Pell
Jueves, 26 de febrero de 2015 

Es significativo notar que la dura enseñanza de Jesús de que “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt 19, 6) aparece en el Evangelio muy poco después de su insistencia a Pedro acerca de la necesidad del perdón (ver Mt 18: 21-35).

Es cierto que Jesús no condenó a la mujer adúltera amenazada de muerte por lapidación, pero también es cierto que Él no le dijo que siguiera así porque iba bien, que no cambiara su forma de ser. Lo que Él le dijo fue que no pecara más (ver Jn 8: 1-11).

La unanimidad de dos mil años de historia católica sobre este punto constituye una barrera insuperable para aquellos que promueven ahora una nueva disciplina doctrinal y pastoral para la recepción de la Sagrada Comunión. Y si bien es cierto que los Ortodoxos tienen una tradición diferente de larga data, originalmente forzada sobre ellos por sus emperadores bizantinos, esto jamás ha sido la práctica católica.

Se podría afirmar que las disciplinas penitenciales en los primeros siglos, antes del Concilio de Nicea, eran demasiado duras con su discusión acerca de si los culpables de asesinato, adulterio o apostasía tenían la posibilidad de reconciliarse con sus comunidades por medio de la Iglesia una vez o nunca en absoluto. Pero ellos siempre reconocían que Dios podía perdonar, incluso cuando la capacidad de la Iglesia para readmitir a los pecadores a la comunidad era limitada.

Esta severidad era la norma en un momento en que la Iglesia se expandía en número, a pesar de la persecución. Esa situación no puede ser ignorada como tampoco pueden serlo las enseñanzas del Concilio de Trento o las de San Juan Pablo II o el papa Benedicto XVI sobre el matrimonio.

¿O es acaso que las decisiones que siguieron al divorcio de Enrique VIII fueron totalmente innecesarias?

[Traducido por Juan Campos. Artículo original]

(Nota del T. El título original en Inglés (I will not bend to the marriage!) alude a la cita literariamente atribuída a St Thomas More en su proceso:  “ I am the king’s true subject, and I pray for him and all the realm. I do none harm. I say none harm. I think none harm. And if this be not enough to keep a man alive, then in good faith, I long not to live. Nevertheless, it is not for the Supremacy that you have sought my blood, but because I would not bend to the marriage!”

RORATE CÆLI
Edición en español del prestigioso blog tradicionalista internacional RORATE CÆLI especializado en noticias y opinión católica. Por política editorial no se permiten comentarios en los artículos