Queridos hermanos, la celebración de la Santa Misa de Nuestro Señor es interminable, es una sola, desde Su Encarnación hasta la eternidad. En cada Santo Sacrificio está presente la única Santa Misa del Señor, culminada en la Santa Cruz.

Bien puede decir Nuestro Señor Jesucristo: YO SOY LA MISA. Yo soy la Palabra enviada: Ite Missa est. Es Su oblación enviada por el Padre Eterno y por el Espíritu Santo.

Ite Missa est. Es la hora de la misión. Ite oblatio missa est. Se sobreentiende que la oblación ha sido enviada, que es la hora de anunciar esta divina oblación que se ha enviado en el altar del sacrifico y en la boca de los comulgantes, para que se manifieste al mundo la oblación pura. Y  así se cumpla lo enseñado por el Señor: el que cree en mí, no cree en mí, sino en Aquel que me ha enviado (Jn. 12,44). Es decir, el que me recibe a Mí, recibe al Padre y al Espíritu Santo.

Es mala interpretación decir, la misa ha terminado; la acción  del Santo Sacrificio se ha realizado, la oblación se ha enviado, pero no ha terminado. SE ESTÁ ENVIANDO CONSTANTEMENTE.

No vivir santamente la Santa Misa es el HUNDIMIENTO de la Nuestra Santa Madre Iglesia. Bien podemos recordar y repetir las palabras del Señor en la Santa Cruz: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc. 23, 34). Porque nunca sabrán el daño inmenso que han producido los que han propiciado la falsa reforma litúrgica y la mantienen. Es una OFENSA  a la Santísima Trinidad, y esta ofensa merece la repulsa eterna.

Queridos hermanos, ni los cielos están limpios ante el Cordero Divino que se inmola en el altar. ¡Ni los mismos cielos! Únicamente ante este abismo de santidad, de misterio y grandeza, puede estar frente a frente otro abismo, el de humildad, y éste es Nuestra Santísima Madre, la siempre Virgen María. Sólo la humildad abismal está limpia ante Dios. Este abismo de humildad es el único que no tiene fin ante el abismo infinito de Dios. Así es nuestra Santísima Madre, un abismo de humildad sin fin.

Un abismo atrae otro abismo. ¿Comprenden ahora las ofensas al Altísimo en esas parodias de liturgias, aberrantes misas…? ¿Qué decir más de lo que acontece día tras día sin que nadie ponga freno?

Convertidos en abismo de humildad nos quiere el Señor ante Su altar, en Su Santo Sacrificio. No nos quiere simpáticos animadores protagonistas. Quiere que el hombre no sea reconocido, sino que se conozca a Él en el hombre. Sólo quiere que seamos conocidos de Él. Si alguien quiere conocernos, que reconozca al Señor en nosotros. Todo esfuerzo para que esta realidad tenga lugar en cada sacerdote nunca será en vano, es necesaria, es una obligación. Es irrenunciable para el sacerdote.

No sólo no nos quiere humildes el Señor, sino que seamos Virtudes, Potestades…, Ángeles, que de sí odian todo lo que ellos son por sí, y sólo aman por Dios, porque de sí nada son, y sólo son lo que no fueron por haber sido fieles a Dios: no fueron maldad. Son absoluta fidelidad.

Pero, ¡Hay si nos queremos hacernos fuertes! ¡Seguros de nosotros mismos! Entonces nos hacemos frágiles y débiles. Solamente si nos hacemos débiles por la Divina Fortaleza, nos libramos de nosotros mismos, que somos nuestro más peligroso adversario y nos hacemos verdaderamente fuertes.

Vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mi (Gal. 15, 20).

Porque para mí, el vivir es Cristo, y el morir una ganancia (Flp. 1, 21).

Celebrar la Santa Misa es olvidarme de quien soy para tomar conciencia de quien debo ser, porque ya no vivo yo sino que Cristo vive en mi; por tanto, nada sé, nada conozco, nada hay en mi persona que valga lo más mínimo, no tengo ningún saber que valga la pena sea conocido. Sólo una cosa es importante, aquello que debo hacer y que debo decir, aquello que me dice y me obliga que haga mi Santa Misa tradicional.

El Señor quiere que vivamos Su Misa, la Suya, no la nuestra -que no existe-  que desaparezcamos para que Él sea reconocido, y no ocultado o relegado. Quiere que Su Santo Sacrificio sea visible, esté presente, para que puedan  aplicarse  los méritos del Calvario. Él quiere Su lugar.

YO SOY LA MISA, nos dice, a ti y a mí.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.