ADELANTE LA FE

¿Por qué el sacerdote no oye la voz del señor?

Queridos hermanos, en la historia de la vida de Santa Brígida de Suecia es conocida la experiencia mística que tuvo con tan solo diez años, cuando nuestro Señor se le mostró tal como estaba en la cruz, y cubierto todo de sangre que manaba de sus  santas llagas. Traspasada de un vivísimo dolor ante tal visión, exclamó en un amoroso suspiro: ¡Ah, Señor! ¿Y quién os puso tan reciamente en este doloroso estado?  A lo que respondió el Señor: Aquellos que desprecian mis mandamientos, y, mostrándose insensibles a lo que padecí por ellos, corresponden a los excesos de mi amor con excesos de ingratitud.

La pregunta y la respuesta se repiten hoy día como entonces. El Señor sigue respondiendo lo mismo cuando se le hace la misma pregunta. La realidad perenne del Calvario, del supremo sacrificio de amor del Señor, sigue presente en Su Iglesia a través del Santo Sacrificio de la Misa. El Señor sigue recibiendo excesos de ingratitud en respuesta a sus excesos de amor. No puede recibir mayor ingratitud que la que recibe de sus ministros. La de aquellos que no viven la realidad de su ministerio. Podemos decir, que no viven al límite, aquellos que no sienten la  impaciencia de imitar al Maestro. Que no desean ardientemente oficiar su Santa Misa, o encontrar su momento de soledad para intimar con el Señor.

¿Por qué el sacerdote no escucha la voz del Señor durante la Santa Misa?  Se conoce la experiencia mística de almas elegidas que oyen al Señor, y tienen visiones de su presencia en el Santo Sacrificio; y bien, ¿por qué el sacerdote no oye nada, ni ve nada? Porque es el mismo Cristo. Si no lo fuera, oiría y vería, como oye y ve esa alma privilegiada, que no es otro Cristo.

Porque el sacerdote es el mismo Cristo, por esa razón no oye, porque es el mismo Señor quien toma Su Cuerpo para obrar el gran milagro. ¡Y aún tantos no se han dado cuenta! Nos encontramos ante una verdadera locura que tendría que arrastrar al sacerdote al Amor absoluto, llegando a completarse la obra que el Señor tiene para cada uno de sus hijos, transformarles en otros Cristos.

Salvo que el sacerdote no quiera de forma explícita, el Señor lo irá transformando en Él, sin obligarle; basta que sea consciente de por qué no oye al Señor. Bastaría suficientemente que tuviera presente esta realidad, que se hiciera la pregunta: ¿Por qué no oigo al Señor?, y contestara: ¿Por soy el mismo Cristo? Sería suficiente esta pregunta y esta respuesta para que el Señor hiciera su obra en su sacerdote.

Un sacerdote que medita en tal pregunta y respuesta es un sacerdote transformado, es un sacerdote que está dispuesto a que jamás el Señor pueda responderle como lo hizo a la gran santa sueca, porque es un sacerdote que vive la fidelidad a la palabra de Dios, que transmite el depósito de la fe  que la Iglesia ha recibido, que es consciente que el mundo no ha cambiado. El mundo obra de las manos de Dios, y no otra cosa, sigue escandalizándose por la Cruz, y la sigue encontrado absurda. El mundo no ha cambiado, es el que encontró san Pablo. El hombre sigue negando al Creador.

Lo que realmente tiene lugar en la Iglesia es que los que verdaderamente han cambiado son todos aquellos que no se han hecho, ni se hacen, la pregunta de  por qué no oyen a Cristo. Ellos son los que han cambiado, no el mundo. Han cambiado porque no predican la Cruz, porque ya no la viven en su Santa Misa, porque no se han encontrado con Cristo crucificado. Los que han cambiado son aquellos que siguen provocando la respuesta del Señor a santa Brígida: Aquellos que desprecian mis mandamientos, y, mostrándose insensibles a lo que padecí por ellos, corresponden a los excesos de mi amor con excesos de ingratitud.

El sacerdote transformado es el sacerdote que no cambia, porque está en el camino de ser otro Cristo, porque  lo desea ardientemente. Como Cristo no cambia, es el mismo ayer, hoy y siempre, así el sacerdote fiel no cambia. Sus palabras son  las de Cristo, las mismas del Evangelio. No hay palabras nuevas que complazcan al mundo, son las mismas que el Señor dijo, y que se siguen repitiendo. Sólo aquellos que provocan la triste respuesta del Señor a santa Brígida son los que quieren cambiar las palabras inmutables del Señor para complacer al mundo.

El sacerdote no oye al Señor porque es el mismo Señor quien habla, ya no es él, es el mismo Cristo quien realiza el Santo Sacrificio. ¿No es una realidad capaz de transformar al sacerdote,  a los fieles, a la misma Iglesia y al mundo entero? ¿No es una realidad para presentarla al  mundo entero para que todos puedan conocer al verdadero Dios, su Omnipotencia infinita y su Amor sin límites?

Cuando el sacerdote medita la profundidad de este misterio – realidad que se opera en él, ¿puede considerar otras realidades? Es decir, ¿puede captar su atención algo más? Nada hay bajo el sol que pueda acaparar la atención del sacerdote, que no sea el misterio infinito de su sacerdocio; el misterio de Cristo en él. Cualquier otra realidad humana de otra religión o creencia es nada. Ante la Cruz de Cristo todo queda eclipsado, nada se mantiene. La luz del Calvario lo oscurece todo.

La Luz que emana de cada Santo Sacrificio inunda el mundo entero indicando el único camino de  salvación. Tiene lugar cada día, cuando el sacerdote presta su ser al mismo Señor para que obre su Santo Sacrificio. El sacerdote no oye al Señor, porque es el mismo Cristo quien habla.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.