El más fecundo de los Padres griegos, San Juan Crisóstomo, dedicó la mayor parte de sus obras, allá por el siglo V antes de Cristo, a temas exegéticos y dogmáticos. Escribió asimismo numerosas cartas, una serie de tratados (Acerca del sacerdocio, Acerca de la vida monástica, Contra paganos y judíos, etc.) y un buen puñado de catequesis bautismales, que son las que ahora nos ocupan, con el fin de introducirnos en el misterio de los sacramentos con la guía inestimable de todo un Padre de la Iglesia.

Si bien San Juan Crisóstomo dirige sus mayores esfuerzos en estas catequesis al sacramento del bautismo, las reflexiones del Padre oriental en esta serie de explicaciones arrojan también mucha luz sobre el fenómeno en sí de los sacramentos, formas visibles de una gracia invisible, como definió a los mismos el propio San Agustín.

Bien, dicho esto, llama la atención en primer lugar la preocupación del autor por que los fieles de su época aprecien verdaderamente la grandeza de los sacramentos, y el misterio tremendo que los envuelve. Su objetivo número uno, por tanto, es hacer comprender a sus oyentes o lectores el valor de estos misterios. Explicará así pues San Juan Crisóstomo en qué consisten, precisando que lo que se pone en juego al participar de esas nuevas realidades es la adhesión plena y definitiva a Cristo.

Para adherirse a Cristo, sin embargo, es preciso un serio compromiso. Una fe robusta que motive ese caminar con Dios Hijo. La fe por tanto es una condición previa para hacer uso del sacramento. Pero también, la conciencia de que es con Dios con quien se establece un juramento.

Hemos dicho, por un lado, que la fe es una condición indispensable para recibir los sacramentos. En consecuencia, San Juan Crisóstomo aviva con sus palabras la fe de su auditorio. Les recuerda, en la sexta catequesis especialmente, que la fe consiste en «adherirse plenamente a lo que no se ve, como si estuviéramos viéndolo».

En segundo lugar, decíamos que no se puede hacer uso de un sacramento a la ligera. Y en este sentido San Juan exhorta a los fieles a ser responsables, preparándose correctamente para recibir las gracias que llueven desde lo alto: «en la idea de que vais a recibir al Rey del universo, purificad vuestras mentes de tal manera que ni la más mínima suciedad venga a ensombrecer vuestros pensamientos»[1].

San Juan se dirige especialmente «a los que van a ser iluminados»[2], así los llama. Estos son los catecúmenos: adultos que todavía no se han incorporado a la Iglesia por medio, principalmente, del sacramento del bautismo. Esa preparación especial servirá también, como es lógico, para los restantes sacramentos. No tiene nada de extraño por tanto que atraer la amistad de Dios por los cauces establecidos por su Hijo sea un ejercicio de enorme trascendencia. Por eso insistirá San Juan en una preparación adecuada para recibir a Cristo y sumarse a su ejército: «si alguno no ha rectificado los fallos de las costumbres y no ha conseguido facilidad en la virtud, que no se bautice»[3].

Aunque al mismo tiempo se asombrará San Juan de que los mismos cristianos asistan a espectáculos paganos y los catecúmenos esperen peligrosamente para solicitar el bautismo.

Sabe el Padre oriental que es muy peligroso vivir de espaldas a Cristo. Y le escandaliza que los hombres sean así de negligentes. Porque en el fondo lo que está en juego no es otra cosa sino la salvación de su alma: «Os lo suplico: ¡No seáis tan despreocupados al decidir sobre vuestra propia salvación!»[4].

No son, así pues, las anteriores preocupaciones escrúpulos de una mente demasiado estricta. Estas advertencias dimanan más bien de la convicción que posee San Juan Crisóstomo del riesgo real que sufren los hombres de perder su alma.

Ésta es, pues, la verdadera preocupación espiritual de San Juan en sus catequesis, al menos la principal, la que domina sobre todas las demás: la preocupación sobre la salud de las almas. En la catequesis número cinco se muestra San Juan especialmente riguroso. En este texto advierte el Padre oriental acerca de las herejías (cita a Arrio y a Sabelio) y de los «engaños diabólicos». «¡Mira cuantas son las artimañas del diablo!», avisa. En busca de la pureza, el curtido anacoreta señala los principales flancos débiles por donde se suele colar el maligno. Habla de los pecados de la lengua y de los peligros de realizar juramentos; de la pereza, de los entretenimientos paganos, de la molicie y la embriaguez… de las pompas y atractivos del diablo.

La conclusión es a todas luces necesaria: la vida del cristiano es una guerra. La vida del creyente es un combate espiritual. Ésta es la principal preocupación de San Juan Crisóstomo en sus catequesis. Ya quedó dicho, pero es esencial recordarlo. Al Padre oriental le preocupa especialmente la salud de las almas.

No en vano la fórmula del rito bautismal ha sido desde antiguo la de un exorcismo. Y tenía pleno sentido. Mediante el baño del bautismo la persona elimina sus pecados y se compromete a enmendar sus costumbres a fin de renunciar al maligno. De ahí que se expresara este rechazo, como indica San Juan, de la siguiente forma: «Renuncio a ti, Satanás, a tus seducciones, a tu servicio y a tus obras».

Cierra precisamente San Juan Crisóstomo su primera catequesis fijando en la mente de los fieles, o de quienes aspiran a serlo, una exhortación familiar, que ha repetido en sus sermones incesantemente, gozando por tanto de especial relevancia en su predicación: «cuando salgas, guárdate de una sola cosa: que el pecado tope contigo».

Es urgente entonces que el cristiano tome conciencia de que combate cada día. Y de que cuando se libra un combate, se puede vencer o caer derrotado. Por desgracia, la Iglesia ha creído siempre y sostiene todavía, a pesar de los embates que sufre la barca y de que parte de la tripulación desea que se hunda la misma, que el hombre que muere sin merecer la corona de la victoria sufre una condena perpetua. Si no fuera así, no existiría riesgo de ningún tipo ni renunciar a los cantos de sirena del maligno tendría el menor sentido.

Dios deja al hombre pese a todo, como recuerda San Juan, que escoja libremente quién quiere que reine en su vida: «Si no te sientes agradecido ni quieres tampoco por tu propia iniciativa y voluntariamente inscribirte en mi dominio, yo no te obligaré ni forzaré»[5]. Ahora bien, el hombre precisa la fe para salvarse. Y en la última de sus catequesis San Juan vuelve a definirla con apasionado fervor. Fe es, por tanto:

Cuando uno cree que los bienes prometidos por Dios y que no son manifiestos a los ojos del cuerpo son más dignos de crédito que los bienes manifiestos y patentes ante nuestros ojos.

No es superfluo entonces el llamamiento que hace el autor al fiel que desea asociarse con Cristo. Por lo pronto San Juan recuerda que el Señor nos mandó aumentar la santificación que recibimos[6]. Y que el verdadero hombre no es quien tiene manos y pies, ni quien razona, sino «quien se ejercita en la piedad y la virtud»[7]. ¿No es lógico que pida eso? La respuesta moral y existencial del creyente hunde sus raíces en el propio testimonio de Cristo, en la fe que es imposible demostrar sin obras de la que habla Santiago (2, 18). Para San Juan Crisóstomo, como para la Iglesia milenaria, la vida del cristiano es pues un combate contra el diablo[8]. Pues «a pesar de ser hombre, se me obliga a batirme en pugilato con los demonios»[9].

¿O no es palabra de Dios que la lucha del cristiano no es contra enemigos de carne y hueso, sino contra los principados y potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal, que moran en los espacios celestes? (Efesios 6, 12).

Con todo, ciertamente no se nos llama a luchar equipados solamente con nuestras propias fuerzas, sino «también con el firme apoyo que viene de Dios»[10].

En fin, los sacramentos, enseña San Juan Crisóstomo, acercan al fiel a Dios y lo alejan a la vez del demonio. En el bautismo, sin ir más lejos, repite San Juan lo enseñado por otros antes que él, muere el hombre viejo y resucita el nuevo[11].

Así, el que disfruta del perdón ha de aprender la grandeza del don que recibe. Y por eso se introduce el catecúmeno en el misterio de los sacramentos, y en la recta enseñanza de las verdades de fe por las cuales la Iglesia vela según el encargo que se le hizo. De ahí que esté legitimado para decir de nuevo San Juan que contra los engaños diabólicos y las herejías el creyente tenga los dogmas bien fijos en su mente[12].

Si el sacramento, por último, es forma visible de una gracia invisible, hay que prepararse siempre para abrirse a ellos. Pues no es otro que Cristo, dice San Juan Crisóstomo, el que nos inicia en los misterios, y el que envía los carismas espirituales, las gracias y los dones[13]. Corresponde a cada persona, eso sí, preocuparse por la salud de su alma; pero después de haberse decidido a seguir a Cristo, si fuera el caso, aún será necesario —nos recuerda todo un Padre de la Iglesia— «mucho rigor de disciplina para no quedar atrapados por los lazos del Maligno»[14].

Luis Segura

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[1] San Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales V.

[2] Cf. ibid., I.

[3] Cf. ibid., I.

[4] Cf. ibid., III.

[5] Cf. ibid., I.

[6] Cf. ibid., I.

[7] Cf. ibid., I.

[8] Cf. ibid., VII.

[9] Cf. ibid., VII.

[10] Cf. ibid., I.

[11] Cf. ibid., VI.

[12] Cf. ibid., V.

[13] Cf. ibid., IV.

[14] Cf. ibid., V.

Luis Segura
Escritor, entregado a las Artes y las Letras, de corazón cristiano y espíritu humanista, Licenciado en Humanidades y Máster en Humanidades Digitales. En estos momentos cursa estudios de Ciencias Religiosas y se especializa en varias ramas de la Teología. Ha publicado varios ensayos (Diseñados para amar, La cultura en las series de televisión, La hoguera de las humanidades, Antítesis: La vieja guerra entre Dios y el diablo, o El psicópata y sus demonios), una novela que inaugura una saga de misterio de corte realista (Mercenarios de un dios oscuro), aplaudida por escritores de prestigio como Pío Moa; o el volumen de relatos Todo se acaba. Además, sostiene desde hace años un blog literario, con comentarios luminosos y muy personales sobre toda clase de libros, literatura de viajes, arte e incluso cine, seguido a diario por personas de medio mundo: La Cueva de los Libros