El 13 de mayo la Iglesia recordó a Nuestra Señora de Fátima, pero también a San Roberto Belarmino cuya fiesta, de hecho, con la introducción del nuevo calendario litúrgico se trasladó al 17 de septiembre, pero el Vetus Ordo existe, ¡y como existe! (las Santas Misas de siempre son cada vez más frecuentadas en estos tiempos de apóstasía por muchas y muchas familias, con niños y jóvenes, es suficiente ir a los prioratos y capillas de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X para enterarse de ello). Se perpetúa así la superposición de estas dos fiestas, hecho simbólicamente relevante. Nuestra Señora, en Portugal, vino para confirmar la Verdad revelada por Cristo Salvador, para defender la Fe, para advertir y reprender a los hombres y a la Iglesia acerca de las calamidades que podrían ocurrir si no fueran escuchados los llamamientos marianos a la conversión, a la oración, al rezo del Santo Rosario, a la penitencia, a los sacrificios y si Rusia no fuera consagrada al Corazón Inmaculado de María. Y así fue: el siglo XX fue blanco de inmensas catástrofes. Y esa Europa, surgida de las ruinas y de las cenizas, hoy reniega, incluso en el corazón de la Roma apostólica, de la única Verdad revelada por el Hijo de Dios en la tierra, el único Camino para alcanzar la beatitud eterna.

San Roberto Bellarmino (Montepulciano, 4 de octubre de 1542 – Roma, 17 de septiembre de 1621), beatificado por Pío XI el 13 de mayo de 1923 y canonizado el 29 de junio de 1930 por el mismo Papa, combatió prodigiosamente, con sus dones y la gracia divina, para defender, contra los herejes, la integridad de la fe, un depósito custodiado en el suelo donde San Pedro y San Pablo encontraron el martirio.

Ordenado sacerdote en Lovaina (ciudad al este de Bruselas) en marzo de 1570, pronunció los cuatro votos solemnes de la Compañía de Jesús en julio de 1572. El regreso a Italia, en septiembre de 1576, lo llevó a la cátedra de Disputas del Colegio Romano, que ocupó hasta 1588. Las lecciones en el Colegio Romano proporcionaron la materia de la obra más célebre de Belarmino, las monumentales Disputationes de controversiis Christianae fidei ad versus huius temporis haereticos, una obra que tuvo numerosas reimpresiones y un éxito que trascendió los siglos, siendo el compendio más exhaustivo de la ortodoxia tridentina, articulada en una sucesión de disputas contra el pensamiento revolucionario del protestantismo en lo que dice respecto a todas las cuestiones en materia de fe: Escritura, cristología. eclesiología, teología sacramental, antropología teológica, culto a los santos y de las imágenes.

Bajo los pontificados de Gregorio XIV (1590-91), Inocencio IX (1591-92) y Clemente VIII (1592-1605) el trabajo de Belarmino dentro de los organismos de la Curia y de la Compañía de Jesús fue de una cantidad y calidad increíbles. Entre 1592 y 1595 ocupó el cargo de rector del Colegio Romano; entre 1595 y 1597 desempeñó el papel de provincial de la Orden en Nápoles; al regresar a Roma, fue rector de la Penitenciaría Apostólica a principios de 1599. Mientras tanto, había sido nombrado consultor de la Congregación del Índice (1587) y de la del Santo Oficio (1597). En ese período redactó el Catecismo oficial de la Sede apostólica, o sea, la Declaración más abundante de la doctrina cristiana (1598), a la que un año después siguió una Breve Doctrina cristiana. El Catecismo de Belarmino fue utilizado al máximo hasta la llegada del Catecismo de San Pío X.

Fue creado Cardenal en el Consistorio del 3 de marzo de 1599, con la asignación del título presbiterial de Santa Maria in Via y en los meses siguientes fue inscripto como miembro de las Congregaciones del Santo Oficio, De auxiliis e dell´ Índice; en 1605 en la de Ritos y en la Propaganda fide. No obstante tal honor, tal prestigio, tal responsabilidad, no cambió su estilo de vida: los testimonios recogidos para el proceso canónico atestiguan que continuó habitando dentro de las estructuras del Colegio Romano, con austeridad y frugalidad, sin dar donaciones a familiares o llamarlos cerca de sí mismo. Su autoridad intelectual nunca fue un obstáculo para su piedad, hecha «de referencias a tradiciones religiosas y símbolos o formas de comportamiento externo«, para utilizar los términos utilizados estos días por el Cardenal Gualtiero Bassetti.

El 20 de mayo, de hecho, se abrió en Roma la Asamblea General Ordinaria del Conferencia Episcopal Italiana, que finalizará el día 23, y en la introducción a los trabajos del segundo día habló Bassetti, además de la reforma del Tercer Sector y de la reconstrucción después del terremoto, también y sobretodo, con gran preocupación política, del futuro de la Unión Europea «acechada por soberanismos y populismos«. El tema central de la Asamblea fue: ¿Modalidades y herramientas para una nueva presencia misionera, destinada a salvar almas? No, en efecto, porque, según el Papa Francisco, Bassetti y otros pastores interreligiosos es urgente «hacer nuestra una nueva forma de ser Iglesia, que, como tal, involucre la existencia de cada uno y de toda la pastoral. Se lo pide esa misma realidad que nunca nos cansamos de acompañar con la mirada de los pastores. De hecho, es esta mirada la que nos hace tomar conciencia del cambio de época en el que estamos sumergidos, lo que ha archivado el tiempo en el cual un proyecto pastoral podía ser desarrollado apoyándose en una estructura en muchos sentidos homegenea. Hoy, como nos recuerda Evangelii gaudium, estamos llamados a «abandonar el cómodo criterio pastoral del «siempre se ha hecho así»» (EG 33), para transformar nuestra tradición en un «impulso hacia el futuro«, capaz de «proporcionar fortaleza y coraje para proseguir el viaje«», ¿un camino orientado hacia la autodestrucción cada vez más desenfrenada de la Iglesia, hacia una hermandad con ateos y las religiones más dispares del mundo?

De ahora en más, esta intención nefasta y trágica, que demuestra la pusilanimidad y la traición doctrinal de aquellos que ya no están dedicados al celo de la Sequela ChristiVen y sígueme«, San Mateo, 19, 21), está presente tanto en las ideas como en los hechos: «Es cierto que hoy en día Europa se siente como distante y autorreferencial, al punto de hacer que las personas hablen de una ´descomposición de la familia comunitaria´, en la que soplan los populismos y los soberanismos. Sin embargo, permítanme decir -quizás un poco provocativamente- que el problema no es en primer lugar Europa, sino Italia, en nuestra lucha para vivir la nación como una comunidad política. Hoy, nosotros los italianos, ¿qué tenemos todavía que ofrecer? Pienso en nuestras virtudes, ante todo en la acogida; pienso en una extraordinaria tradición educativa, en un espíritu de humanidad que no tiene igual; pienso en la densidad histórica, cultural y religiosa de la que somos herederos. Sin embargo, cuidado: ¡no se vive de recuerdos, de referencias a tradiciones y símbolos religiosos o de formas externas de comportamiento!».

La «fuente inagotable de doctrina», como San Francisco de Sales definía al Cardenal jesuita tuvo, con la asistencia del Espíritu Santo, que enfrentar valientemente muy espinosísimas cuestiones, provenientes de sus devotos, que van venerar los restos en la tercera capilla de la derecha de la iglesia de San Ignacio de Loyola en Roma, todavía invocada y aquí recitada la oración: «Oh Dios, que por la renovación espiritual de la Iglesia nos has dado en San Roberto Belarmino Obispo un gran maestro y modelo de virtud cristiana, haz que por su intercesión podamos conservar siempre la integridad de aquella fe a la cual él dedicó toda su vida.». (Cristina Siccardi)

«Fuente inagotable de la doctrina«, como definió San Francisco de Sales al Cardenal jesuita que, con la ayuda del Espíritu Santo, tuvo que hacer frente valientemente a preguntas muy complejas, provenientes de sus devotos, que se acercan para venerar los restos en la tercera capilla a la derecha de la iglesia de San Ignacio de Loyola en Roma, aún invocada y que rezan la oración: «Oh Dios, que para la renovación espiritual de la Iglesia nos has dado en el Obispo San Roberto Belarmino un gran maestro y modelo de virtud cristiana, haz que a través de su intercesión siempre podamos conservar la integridad de esa fe a la que dedicó toda su vida.».

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