fbpx

Sanitas corporum suprema lex. Algunas consideraciones sobre la promoción de la vacuna por parte de la Santa Sede

Hace varios días Canale5 televisó una entrevista a Jorge Mario Bergoglio en su inusitado papel de patrocinador de las empresas farmacéuticas. Ya lo habíamos visto hacer de político, de sindicalista, de promotor de la inmigración descontrolada, de partidario de la acogida de inmigrantes clandestinos, de filántropo… En cada una de dichas metamorfosis siempre se manifiesta la capacidad para abstraerse totalmente de su propio papel institucional, el carácter poliédrico del argentino, que ahora nos ha salido propagandista de las compañías farmacéuticas, convencido partidario de la vacunación y ardoroso entusiasta en el respaldo de quienes se sirven del covid para controlar a las masas a fin de imponer el Gran Reinicio que quiere instaurar el Foro Económico Mundial.

Que no haya la menor garantía de la eficacia de la vacuna, y que además pueda tener graves efectos secundarios; que algunas se hayan producido a partir de células de fetos abortados, y sean por tanto totalmente incompatibles con la moral católica; que los tratamientos con plasma hiperinmune o por procedimientos alternativos hayan sido boicoteados a pesar de las pruebas de su validez; todas estas cosas importan poco al nuevo experto, que con sus nulas competencias médicas llega a recomendar a los fieles que se vacunen, mientras impone con autoridad soberana a los ciudadanos del Vaticano que se sometan al discutible tratamiento en nombre de un vago deber ético. La tétrica aula Pablo VI ha sido escogida emblemáticamente como templo para celebrar este nuevo rito sanitario oficiado por los ministros de la religión covidiana, por supuesto no para garantizar la salud de las almas, sino una ilusoria promesa de salud corporal.

Resulta desconcertante que después de haber dinamitado sin el menor escrúpulo no pocas verdades católicas en nombre del diálogo con herejes e idólatras, el único dogma al que Bergoglio no está dispuesto a renunciar sea precisamente el de la obligatoriedad de vacunarse. Ojo: ¡un dogma unilateralmente definido por él sin seguir los debidos procesos sinodales! Dogma ante el cual cabría esperar un mínimo de prudencia, no digo ya dictada por la conciencia moral, sino al menos por un escrúpulo utilitarista. Porque tarde o temprano, cuando se observen los efectos de la vacuna en la población; cuando se empiecen a contar los muertos e incapacitados de por vida a causa de un fármaco aún en vías de experimentación, alguien podrá pedir cuentas a los convencidísimos partidarios de esa vacuna. Entonces naturalmente se redactará una lista en la que a los nombres de los autoproclamados expertos, de los virólogos e inmunólogos en conflicto de intereses, de los mosquitólogos1 a sueldo de las grandes compañías farmacéuticas, de los veterinarios con veleidades científicas, de los periodistas y opinólogos pagados por el Gobierno y de los actores y cantantes caídos en desgracia se añada a Bergoglio como testigo de excepción y de prelados de su séquito; los cuales, en virtud de la autoridad que se les reconoce, han convencido a sus desinformados súbditos que se sometan a la inoculación de la supuesta vacuna. Y si actualmente la falta de competencias concretas no se considera argumento suficiente para inducirlos como mínimo a un prudente silencio, entonces excusas como «no lo sabía», «no me lo podía imaginar» o «no era mi especialidad» se considerarán con toda justicia circunstancias agravantes. Stultum est dicere putabam2.

Cierto es que en la iglesia bergogliana es posible legitimar de hecho el concubinato con Amoris laetitia, hasta el punto de que Avvenire3 habla hoy de homogenitorialidad con un desparpajo propio de un folleto de propaganda de la ideología de género. De que se puede celebrar un rito idolátrico en San Pedro en honor de la Madre Tierra para quedar bien con el ambientalismo maltusiano; se puede alterar la materia del Sacramento del Orden Sacerdotal confiriendo el ministerio a mujeres; se puede tranquilamente declarar inmoral la pena de muerte mientras no se dice ni pío del aborto; se puede administrar la Comunión a notorios pecadores en tanto que se le niega a quien desea recibirla en la lengua para no cometer sacrilegio; se puede –como pasa ya en Irlanda– impedir la entrada al colegio a los alumnos no vacunados. Y sin embargo estas patentes adulteraciones de la doctrina católica –en perfecta continuidad ideológica con la revolución conciliar– vienen acompañadas de una inquebrantable e inflexible profesión de fe en una ciencia que raya en el esoterismo y la superstición. Además, cuando se deja de creer en Dios se puede creer en cualquier cosa.

Así, si para Bergoglio la pertenencia a la única Iglesia de Cristo mediante el Bautismo es decididamente superflua para la salvación eterna de un alma, el rito iniciático de la vacuna es declarado ex cathedra indispensable para la salud física de la persona, y como tal, se declara necesario e impostergable. Si es posible arrinconar la verdad revelada en nombre del ecumenismo y el diálogo interreligioso, no se considera lícito poner en tela de juicio los dogmas del covid, la revolución mediática de la pandemia o el sacramento salvífico de la vacuna. Y si con Fratelli tutti es posible teorizar la fraternidad universal prescindiendo de la fe en el único Dios vivo y verdadero, se prohíbe todo contacto con los supuestos negacionistas , nueva categoría de pecadores vitandos, para los cuales la inquisición sanitaria y la excomunión mediática deben castigar a los herejes y amonestar a la grey. «Si alguno viene a vosotros y no trae esa doctrina, no le recibáis en casa ni le saludéis», nos advierte San Juan (2.Jn. 10). Bergoglio debe de haberlo entendido mal, porque saluda a abortistas y criminales y los abraza pero no se contamina con los contrarios a la vacuna.

A nadie se le escapa que este dogmatismo cientifista –que pondría los pelos de punta a los más acérrimos partidarios de la primacía de la ciencia sobre la religión– es promovido por alguien que no es científico, desde los influencers hasta Bergoglio, pasando por deportistas y por Biden, todos ansiosos de mostrar el brazo desnudo ante las cámaras de televisión, para descubrir más tarde por las imágenes grabadas que en muchos casos la aguja de la jeringa estaba cubierta por el capuchón, o que el líquido inoculado era transparente, cuando la vacuna tendría que ser opaca. Objeciones que los sumos sacerdotes del Covid rechazan con desdén: el misterio es parte del rito, así como el sacramento realiza lo que simboliza. Inyectar la vacuna con aguja retráctil o sin apretar el émbolo de la jeringa aporta dramatismo al mensaje que se desea transmitir a las masas de creyentes. Y las víctimas del rito, aquellos que por el bien de todos se entregan dócilmente al espejismo de una inmunidad que ni Pfizer ni Moderna ni Astra Zeneca se atreven a garantizar, representan el sacrificio, que también es parte de la religión sanitaria. Bien mirado, los inocentes abortados en el tercer mes de embarazo a fin de producir vacunas son ciertamente una especie de sacrificio humano con miras a obtener el favor de las potencias infernales, en una terrorífica parodia que hay que ser demasiado impío para fingir no ver.

En el grotesco delirio ceremonial ni siquiera falta la nota en que la Sagrada Congregación para el Culto Divino, con desprecio de todo sentido del ridículo, promulga en un latín macarrónico las instrucciones para la imposición de la ceniza: «Deinde sacerdos abstergit manus ac personam ad protegendas nares et os induit». El lavado de manos con gel hidroalcóholico y el uso de mascarilla son inútiles desde el punto de vista científico pero simbólicamente necesarios para la transmisión de la fe expresada por el rito. Precisamente en esto se comprende hasta qué punto es verdadero y sigue vigente el viejo adagio de Próspero de Aquitania, «Lex orandi, lex credendi», según el cual la manera en que se reza es reflejo de lo que se cree.

Habrá quien objete, en una piadosa tentativa de evitar que el Papado termine por desmoronarse por obra y gracia de Bergoglio, que las opiniones por él expresadas son opinables, y por tanto no obligan en modo alguno a los católicos a someterse a una vacuna que tanto su conciencia como la moral natural les muestran inmoral. Pero precisamente en Canale5 se explicitó el nuevo magisterio pontificio, igual que cuando definió en el avión el dogma LGTB con aquello de «¿quién soy yo para juzgar?», y en una nota a pie de página de Amoris laetitia se niega la indisolubilidad del matrimonio en nombre de la pastoral. Los políticos tuitean en las redes sociales, sedicentes expertos pontifican en debates televisivos y los prelados predican en las entrevistas. No nos extrañemos si un día Bergoglio aparece por televisión anunciando patinetes eléctricos.

Los católicos, iluminados por el sensus fidei, que instintivamente les da a entender lo que choca con la Fe y la Moral, ya han comprendido que la propaganda sanitaria es uno de los muchos papeles representados por el polifacético Bergoglio. El único papel que se obstina en no cumplir –ya sea por evidente incapacidad, por que no lo tolera o incluso por deliberada opción desde el principio– es el de Vicario de Cristo. Lo cual, como mínimo revela cuáles son los referentes del argentino, la ideología que lo motiva, los objetivos a los que aspira y los medios que piensa adoptar para alcanzarlos.

+ Carlo Maria Viganò, arzobispo

14 de enero de 2021

S. Hilarii Episcopi Confessoris Ecclesiæ Doctoris

1El decano de la Facultad de Medicina de Padua tildó en Il Corriere del Veneto de mosquitólogo a un ex alumno suyo que había hecho unas declaraciones como supuesto virólogo.

2 Locución latina que significa «es de necios decir “yo creía que…”», que se utiliza para justificar errores cometidos.

3 Diario italiano de difusión nacional pretendidamente católico.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Mons. Carlo Maria Viganò
Monseñor Carlo Maria Viganò nació en Varese (Italia) el 16 de enero de 1941. Se ordenó sacerdote el 24 de marzo de 1968 en la diócesis de Pavía. Es doctor utroque iure. Desempeñó servicios en el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede como agregado en Irak y Kwait en 1973. Después fue destinado a la Nunciatura Apostólica en el Reino Unido. Entre 1978 y 1989 trabajó en la Secretaría de Estado, y fue nombrado enviado especial con funciones de observador permanente ante el Consejo de Europa en Estrasburgo. Consagrado obispo titular de Ulpiana por Juan Pablo II el de abril de 1992, fue nombrado pro nuncio apostólico en Nigeria, y en 1998 delegado para la representación pontificia en la Secretaría de Estado. De 2009 a 2011 ejerció como secretario general del Gobernador del  Estado de la Ciudad del Vaticano, hasta que en 2011 Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico para los Estados Unidos de América. Se jubiló en mayo de 2016 al haber alcanzado el límite de edad.

Del mismo autor

CARTA a los HÉROES DE PRIMERA LÍNEA: Viganò sobre COVID, aborto y destrucción de la familia

“¡Salvemos a nuestros niños de la dictadura de la salud! ¡Salvemos...

Últimos Artículos