ADELANTE LA FE

El Santo Sacrificio en el corazón del sacerdote V

Así se cumplieron los días de la purificación, conforme a la Ley de Moisés, le llevaron a Jerusalén para presentarle al Señor, según está escrito en la Ley del Señor que todo varón primogénito sea consagrado al Señor, y para ofrecer en sacrificio, según lo prescrito en la Ley del Señor, un par de tórtolas o dos pichones. Lc. 2, 22-24.

Queridos hermanos, cuánto hemos de considerar los sacerdotes este momento de la vida del Salvador. La Presentación en el templo.  Hemos de pasmarnos de la inefable benignidad de Jesucristo, que como  tierno cordero, del establo del pesebre es conducido al altar como víctima de holocausto para ser  inmolado por la salvación de los pecadores. Ahora, como entonces, Cristo, Sumo Sacerdote según el rito de Melquisedec, se presenta Él mismo a Su Padre  por nosotros. He aquí a Jesús en brazos de la Virgen María, y en brazos de San José, su padre nutricio.  ¡Dulce carga!, ¡peso suave! El Señor, en el altar, se deja llevar por las manos de los hombres, ¿quién no ve en esto que es la mano de Dios quien lo hace? (Job. 12, 9).  De nuevo, Jesús en las manos de los sacerdotes, en sus brazos, ¿se ha vuelto carga para el sacerdote el “peso” de Jesús? O, por el contrario, es dulce “peso” que alegra el corazón sacerdotal de Su ministro.

Qué fervor y piedad mostraron José y María en la Presentación del Niño en el templo. Presentaron la Hostia  santa e inmaculada, Víctima aceptísima del Padre, de igual gloria y eterna majestad. Hoy día, en cada altar, Jesucristo se ofrece al Padre por medio de las manos del sacerdote, pan y vino transformados en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Grande es la dignidad del  sacerdote que, como María y como José, lleva en sus brazos al Hijo de Dios para ofrecerlo al Padre.

Misterio maravilloso e impenetrable es el espíritu con que el santísimo Niño se ofreció a Sí mismo en el templo a Su Padre Eterno. He aquí al Hijo unigénito, que se izo hombre para obedecer Su Voluntad, y viene al templo para honrarle: “Aquí Me presento delante de Tu Majestad y Me ofrezco a Tu servicio, y al cumplimiento de Tu Voluntad. Me ofrezco a morir por la salvación de los hombres, para que Mi muerte y el sacrificio de mi Sangre aplaque Tu justa ira, y libres a los hombres de la esclavitud del pecado”. ¡Qué suave fue esta ofrenda al Padre Celestial, y qué contento tuvo que quedar de ella! Se cumplió lo que dice San Pablo a los Efesios (5, 2): Como Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios en olor suave.

Qué ejemplo para el sacerdote, que ha de meditar su personal ofrenda en el altar. ¿Es de suave olor al Padre? ¿Es la personal ofrenda del sacerdote agradable al Padre Eterno? ¿Los sentimientos del sacerdote son los de Cristo? Gran responsabilidad la nuestra. La vida de Cristo, cada acontecimiento de Su vida, se hace presente en el altar. ¡Qué identidad tiene el sacerdote con Jesucristo! Cuestión que ha de estar siempre presente en el corazón del sacerdote.

Jesús es rescatado por la cantidad de cinco siclos, así  lo mandaba la  ley de la primogenitura: Toma cinco siclos  por cabeza, según el siclo del santuario (Núm. 3, 47), ¡qué barato se vende quien tanto valor tiene! Se redime por cinco siclos quien había de redimir a infinidad de almas, valiendo infinitamente más que todos. Aunque tal rescate suene a venta, no se da sino gratuitamente  y por gracia de Dios, para que todos los hombres alaben y glorifiquen al Señor por toda la eternidad. En este rescate se da una singularidad única, pues  el fin con que se redime y compra Jesús, es para ser esclavo y siervo de los hombres, y entregarse a la muerte por ellos. Sublime ejemplo para el sacerdote, cuánta humildad y servidumbre ha de tener  en el altar. Sube al altar del sacrificio como esclavo y siervo del Señor, para que, anulado de sí mimo, pueda el mismo Cristo ser Todo en él; para que el Sacerdocio de Jesucristo no encuentre obstáculo en el sacerdote.

La profecía del anciano Simeón es de gran consideración, para advertirnos de los severos juicios de Dios. Profetizó que el Niño está puesto para resurrección y caída de muchos. Muchos, por causa de Cristo, se levantarán de su pecado hacia la santidad, y otros, por no querer aprovecharse de su venida, caerán en el abismo de la maldad. El sacerdote en el altar ha de tener muy presente los juicios de Dios, el juicio de Dios cobre él. Cada santo sacrificio es la medida del juicio de Dios para el sacerdote. Qué nunca sea la misa del  sacerdote su caída, sino su ascenso.

El santo sacrificio en el corazón del sacerdote en la Presentación del Niño en el templo.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.
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