Líbrame, Señor, del lazo que me han tendido, de las trampas de los que obran mal
(Sal. 141, 9)

Si bajara un ángel del Cielo, dice San Pablo, y os anunciara un evangelio diferente del que os hemos predicado, ¡sea anatema! (Gal. 1, 8). Y añadimos nosotros, que si bajara un ángel del Cielo y procediera según todo lo que condena el Evangelio, bien haremos en guardarnos de ello; Dios nos libre de seguirle. No conocemos otro maestro y modelo que el único Maestro, Nuestro Señor Jesucristo.

Los malos ejemplos nunca podrán justificar nuestra actuación. Es por esta razón que el Señor no nos puso a los hombres como modelos. Nos dijo: sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt. 5, 48). Ni aún de los maestros que nos enseñan nos mandó que imitáramos sus ejemplos, antes expresamente nos previno de lo contrario: Haced y cumplid cuanto os digan, pero no obréis como ellos (Mt. 23, 3).

Llegará el día en que muchos querrán excusarse ante Dios de sus errores y pecados con los errores y pecados de los otros. ¡Qué confusión y arrepentimiento causará esto a muchos! Nunca podremos excusarnos ante Dios de nuestras propias faltas con el ejemplo de las faltas ajenas.

Si a quienes asisten las mismas obligaciones que a mí faltan a ellas, yo no tengo derecho a faltar a las mías sin incurrir en sentencia condenatoria. No me es lícito imitar a aquellos que me dan mal ejemplo.

El pecado es siempre pecado. Lo que no está permitido por el Magisterio de la Iglesia Católica, por la fe recibida, por la Palabra de Dios, aun cuando quienes tienen que dar ejemplo en la firmeza de la fe no lo dan, sigue siendo pecado.

¿Tiene algún mérito, acaso, que quien contradiga la Verdad de Dios sea obispo o cardenal? Sólo el mérito del escándalo. ¿Podremos excusarnos ante el tribunal de Dios diciendo que seguimos a tal o cual obispo o cardenal, cuando quebrantamos la Ley Divina? ¿A caso el Señor no nos dirá: conocíais la Verdad de mi Palabra contenida en la Tradición, en el depósito de la fe? ¿Por qué seguisteis los malos ejemplos? Se cierne sobre la Iglesia la sombra tenebrosa que llevará a muchos a la confusión moral más espantosa.

Vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus pasiones para halagarse el oído. Cerrarán sus oídos a la verdad y se volverán a los mitos. Pero tú sé sobrio en todo, sé recio en el sufrimiento, esfuérzate en la propagación del Evangelio, cumple perfectamente tu ministerio (2Tim. 4, 3-5).

Estamos en el tiempo en que pastores, traicionando la sana doctrina, ceden a las pasiones del mundo manchando con ellas la Verdad de Dios con el único fin de agradar al mundo, de congraciarse con él, porque han perdido el temor de Dios, y están atenazados por el temor al mundo. Estos falsos pastores han perdido totalmente la verdadera libertad, se han hecho esclavos de sus debilidades, han amordazado la Verdad de Dios para hablar la “verdad” del mundo. Han desechado la puerta estrecha de la santidad por la ancha de los placeres del mundo. Vuelven a vender al Señor por unas monedas.

Entre los oficios principales de los Obispos se destaca la predicación del Evangelio[…] son herederos de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida, la ilustran con la Luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación las cosas nuevas y las cosas viejas, la hacen fructificar y con vigilancia apartan la grey de los errores que la amenazan (2 Tim. 4, 1-4). Lumen Gentium, 25.

Traicionando la Verdad de Dios a conciencia sólo les queda la tremenda espera del juicio y el ardor del fuego que va a devorar a los rebeldes (Heb. 10, 26-27).

Nunca prescribe el quebrantamiento de la Ley de Dios. No se puede cambiar lo que el Señor ya sentenció.

Líbranos, Dios nuestro, de los malos ejemplos de los que ya no son tus pastores. Danos fortaleza para no seguirlos y firmeza inquebrantable para permanecer en tu Verdad, que es la Verdad de la Iglesia que hemos recibido de la tradición.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa