Prolegómenos históricos

Si bien podemos datar históricamente la aparición del modernismo a fines del siglo XIX es necesario retrotaernos al principcio de dicho siglo y constatar cuales fueron las causales del “Syllabus” de S.S. Pío IX en 1864 compuesto de diferentes condenaciones de errores concentradas en ochenta puntos. El ambiente filosófico se encontraba aún fuertemente influído por el criticismo kantiano, el cual había sido explícitamente considerado e intentado “bautizar” primeramente por el teólogo alemán Georg Hermes (1775-1831), y condenado por su semirracionalismo teológico en 1835 por S.S. Gregorio XVI y por la escuela teológica católica de Tubingia, especialmente por los escritos de Johann Adam Möhler (1768-1838) y su fundador, Johann Sebastian von Drey (1777-1853), que a pesar de sus innegables dotes teológicas ponderaban una excesiva apreciación de la filosofía idealista en total desmedro de la filosofía escolástica. La misma se encontraba en un franco proceso de restauración a partir de 1840 por obra de los jesuitas y la famosa revista “La Civiltà Cattolica” fundada en 1850. Asimismo el liberalismo político y la unificación italiana produjeron la enérgica reacción de Pío IX y el “Syllabus” indicó el camino a seguir de su pontificado.

Sin entrar en detalle sobre el Concilio Vaticano I convocado en 1869 y la controversia sobre la definición de la infalibilidad papal, su obligada interrupción sine die a causa de la unificación de Italia y el problema de los Estados Pontificios, vulgarmente conocido como la “cuestión romana”, el ámbito teológico fue fuertemente sacudido por el enfrentamiento antiinfabilista liderado por el destacado historiador y teólogo Ignaz von Döllinger (1799-1890), quien fue finalmente excomulgado en 1871 por su abierta oposición al nuevo dogma.

Hasta la última década del siglo XIX y con plena vigencia del “Syllabus” podríamos afirmar que las aguas se calmaron un poco durante el pontificado de León XIII, más propenso a la conciliación que a la condena explícita. Sin embargo en 1893 hará su aparición la obra del filósofo francés Maurice Blondel (1861-1949) “L’Action”, en la cual expondrá una metodología inmanentista de difícil compaginación con la filosofía neoescolástica imperante en la época y que marcará notablemente en mayor o menor medida el surgimiento ya del modernismo teológico. Si bien Blondel nunca fue condenado por modernista sus obras fueron constantemente monitoreadas y se mantuvo fiel a la Iglesia hasta el final.

El inicio del siglo XX nos coloca ya en el más álgido punto del nacimiento del modernismo, objeto de la condena de la encíclica “Pascendi”, en la cual S.S. Pío X analizará con notable acribia el conjunto de corrientes filosóficas y teológicas en las cuales se nutrían, tales como el racionalismo y el indiferentismo, el liberalismo y evolucionismo, el agnosticismo y varios otros “ismos” por el estilo. (1) El Santo Padre expone de manera sublime como este relativismo amante de la ambigüedad formulativa de sus proposiciones se intenta infiltrar en la doctrina ortodoxa de la Iglesia Católica a fin de llevarla a un “entendimiento” con los nuevos tiempos, con el liberalismo político, la incipiente crítica bíblica de carácter racionalista proveniente del protestantismo liberal desgajada del contralor dogmático al que debería estar sujeta y a postular un evolucionismo de talante darwiniano en la interpretación de la historia de los dogmas.

Este análisis de conjunto que brinda la encíclica es una ponderación de las corrientes imperantes que conforman el modernismo, el cual nunca constituyó un movimiento sistemáticamente organizado, siendo por tanto imposible encontrar unificados todos los errores mentados en uno solo de sus representantes. Estos manifiestan tantas características comunes como disimilitudes específicas en sus pensamientos como brevemente pasaré a reseñar:

Indudablemente la figura de Alfred F. Loisy (1857-1940) ostenta la paternidad ideológica del movimiento modernista por haber sido quien más difundió sus ideas, particularmente en su obra de 1902 “L’Évangile et l’Église” nacida de la noble intención de objetar la obra del teólogo protestante liberal Adolph von Harnack (1851-1930) “¿Qué es el cristianismo?” en donde se consideraba que el contacto del helenismo con el cristianismo produjo en este una sistematización ajena a la pureza evangélica y desembocó en un proceso de racionalización de la misma materializado a través del andamiaje dogmático de la Iglesia Católica.

Lamentablemente la obra de Loisy más allá de desacreditar las ideas de Harnack incurre en otros extremos tributarios ya de su concepción sobre la divinidad de Cristo, la historicidad de los Evangelios y la misión de la Iglesia que pondrán en alerta inmediatamente la vigilancia del Magisterio. Experto en el manejo de la crítica bíblica y gran conocedor de la historia de las religiones persistió en sus convicciones de manera radical obstruyendo más que conviniendo a un entendimiento con Roma. A pesar de las muchas admoniciones por parte de sus superiores como de sus correligionarios en el movimiento modernista invitándolo a transigir, finalmente fue excomulgado en 1908. Vale señalar que ya en 1907 la 65 proposiciones condenadas en el decreto “Lamentabili”, predecesor de la encíclica “Pascendi”, fueron extraídas mayoritariamente de sus obras. (2)

Entre los otros activos participantes de las ideas modernistas merecen ser citados el jesuita irlandés George Tyrrell (1861-1909) hipercrítico radical de la encíclica “Pascendi” y autor de diversas obras sobre la Iglesia, las religiones y la fe que le valieron su expulsión de la Compañía de Jesús y su posterior excomunión.

                El filósofo francés Edouard Le Roy (1870-1954) incursionó de lleno en el modernismo con su obra “¿Qué es un dogma?”, presentando una concepción extremadamente heterodoxa que juntamente con otras en torno al tema del evolucionismo, la fe y la ciencia le valieron ser puestas en el Índice.

El filósofo y sacerdote francés Lucien Laberthonnière (1860-1932) arremete contra la filosofía griega que había influído en el cristianismo y a partir de una plena consustanciación con el método de la inmanencia tiende hacia un personalismo alejado de la concepción escolástica.

En una segunda fila en importancia merecen señalarse al teólogo francés Albert Houtin (1867-1926), el filósofo Marcel Hebert (1851-1916) y al historiador del dogma Joseph Turmel (1859-1943), este último excomulgado en 1930. También estuvieron relacionados con el movimiento modernista desde el aspecto político los sacerdotes italianos Romolo Murri (1870-1944), quien fue excomulgado y Ernesto Buonaiuti (1881-1946) que a posteriri de la encíclica “Pascendi” decidió retornar a la ortodoxia.

Los procesos de vigilancia y aplicación del “Syllabus” estuvieron sujetos al estricto contralor de la Santa Sede a través del Santo Oficio, y sobre todo a través del “Sodalitium Pianum” o “La Sapinière”, grupo fundado por el sacerdote italiano Umberto Benigni (1862-1934) quien junto a varios cardenales y autoridades eclesiásticas controlaban a los díscolos y opositores a la encíclica fundamentalmente en las universidades, seminarios y conventos, produciéndose muchas veces algunos excesos dado que la simple delación era admitida como inicio de una persecución que en muchos casos estaba equivocada. Cabe señalar los casos del padre Marie-Joseph Lagrange (1855-1938) fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalen y egregio exégeta y teólogo quien debió tolerar enormes sospechas sobre sus obras ; el Barón Friedrich von Hügel (1852-1925), ínclito historiador y apologista católico, que si bien tuvo muy estrecha relación con Loisy y Tyrrell y otros modernistas destacados nunca fue condenado y Monseñor Eudoxe Mignot (1842-1918) de quien también se sospechó infundadamente por sus estrechos lazos con A. Loisy a pesar que nunca incurrió en la heterodoxia.

Los pontificados de Benedicto XV (1914-1922) y Pío XI (1922-1939) mostraron una misma línea de continuidad en torno al problema modernista si bien puede constatarse cierta disminución en torno al rigor aplicado en su contra especialmente a posteriori de la disolución del “Sodalitium Pianum” en 1921. (3)

En 1943 hizo su aparición la obra “Le point de départ de la métaphysique”, del filósofo jesuita belga Joseph Maréchal (1878-1944) quien a fin de contrarrestar el agnosticismo kantiano intentará una aproximación hacia la metafísica tomista y a través de un arduo proceso promover una conciliación gnoseológica entre el criticismo del filósofo de Königsberg y la metafísica del Doctor Angélico. La interesante empresa causó enorme impresión en el mundo filosófico y en el teológico, suscitando en particular la atención del padre Karl Rahner (1904-1984) quien a partir de las premisas marechalianas avanzó por sí mismo a través de una muy hábil manipulación de los axiomas metafísicos de la gnoseología tomista haciéndolos desembocar en un comúnmente llamado “tomismo trascendental”, afín a una antropología de corte netamente idealista y apriórica consustanciada con sus posturas teológicas devenidas posteriormente en sus teorías del “existencial sobrenatural” y el “cristianismo anónimo”.

Más allá de los autores que magistralmente los han refutado, tales como el dominico francés Réginald Garrigou- Lagrange (1877-1964) y el sacerdote y filósofo italiano Cornelio Fabro (1911-1995), ambos tomistas de estricta observancia, es interesante mostrar por que caminos avanzó el modernismo en el siglo XX. Se continúa con el intento de inficionar la teología católica con el idealismo kantiano a fin de desmembrar las bases metafísicas de la filosofía tomista. Esto solo pudo darse en un contexto de decadencia del neoescolasticismo, que no debe ser identificado sin más con el tomismo puro, sino más bien con la vertiente sureziana del mismo que arribó al nuevo siglo muy debilitada para enfrentar los desafíos de la época, restringida a un puro séquito de comentadores del Aquinate mas que a revitalizadores del mismo.

A principios del siglo XX aparecerá en Bélgica el movimiento de la “Nouvelle Théologie”, especie de escuela teólogica fuertemente opositora al intelectualismo escolástico y ampliamente favorecedora de un acercamiento a machamartillo entre la teología y la cultura moderna. Fácil es comprobar aquí un nuevo brazo del modernismo, esta vez desde la ciencia teológica misma. Uno de sus más “insignes” representantes fue el jesuita francés Henri de Lubac (1886-1991), autor de una enorme cantidad de obras y fautor junto a muchos otros de la teología imperante en el Concilio Vaticano II.

Probablemente su obra más notable sea “Surnaturel”, que indudablemente marcó un punto de inflexión dentro de la teología a partir del análisis histórico y sistemático del problema de lo sobrenatural. Posteriormente al Concilio de Trento y las famosas “polémicas de auxiliis”(1582-1607) en torno a la divina gracia, surgieron una serie de imprecisiones en torno al estado de justicia original supralapsario y a la exigencia de un órden sobrenatural en cierta medida debido a la naturaleza humana de acuerdo a las erróneas concepciones de Miguel Bayo y Cornelio Jansenio, las cuales, a pesar de la buena fe y digna vida cristiana de los nombrados, fueron censuradas aunque dejando abierta la puerta a equívocas interpretaciones posteriores sobre los alcances de los decretos condenatorios que se arrastarían por mucho tiempo.

De aquí surgirá la reflexión del padre de Lubac en la cual puede traslucirse una inconfundible metodología analítica muy cercana a las tesis modernistas que si bien se encuentra abierta a la trascendentalidad de lo sobrenatural en el hombre su pensamiento sigue fuertemente apegado a un cierto inmanentismo antropológico de tinte evolucionista.

Ante el avance irrefrenable de las tendencias modernistas tanto en filosofía como en teología la Iglesia opuso una digna línea de contención a partir del Magisterio de S.S. Pío XII. Sus memorables encíclicas “Mystici Corporis Christi”(1943),“Mediator Dei”(1947), y por sobre todo “Humani Generis”(1950) demostraron la inigualable clarividencia del papa Pacelli sobre la magnitud del peligro que seguía constituyendo para el dogma católico el fenómeno modernista.

El desarrollo argumentativo formidable y la precisión teológica con que identificará en sus encíclicas los errores de la “nueva teología”, desde el evolucionismo dogmático de corte historicista hasta las ambigüedades sobre la ciencia y conciencia de Cristo; del incipiente ecumenismo precipitado y acomodaticio hasta las falsas concepciónes eclesiológicas imperantes entre tantas otras graves desviaciones le valdrán el mérito de haber sido un leal y digno continuador de la obra del papa Sarto.

Al final de su pontificado el modernismo devenido ya en “progresismo” y el ultramontanismo decimonónico camuflado como “integrista” se aprestarán a la batalla final que se desarrollará y lamentablemente se perderá durante el Concilio Vaticano II.

Reflexiones sistemáticas

El conjunto proteico de corrientes que confluyen en el fenómeno modernista tal cual fue vislumbrado por S.S. Pío X fue lo que lo condujo a definirlo como una especie de amalgama o siniestro mosaico variopinto de herejías cuyos antecedentes históricos pueden ser excogitados a lo largo de la historia. Esta característica es la que le ha permitido subsistir sin estar atado a una escuela específica, a un pensador particular o a un sistema filosófico o teológico determinado. La “Pascendi” cumplió su propósito a la perfección: focalizar in nuce la raíz del problema y condenarlo en su esencia metafísica misma pero simultáneamente se percibió que sus ramificaciones puntuales se proyectarían asintóticamente a lo largo del porvenir. Esto supeditó la continuidad en la existencia del movimiento modernista a su habilidad en susbsistir en tendencias y actitudes ambiguas, como usualmente se manifiesta, y extender su influencia al corazón mismo de la teología.

Podría esquematizarse en tres diferentes frentes los caminos por los que llegó al Concilio Vaticano II:

1)- El movimiento ecuménico, contemporáneo en orígen con el modernismo, venía desarrollándose en flagrante oposición a la encíclica “Mortalium Animus”(1928) de S.S. Pío XI, que había establecido claramente las pautas de admisibilidad y exclusivos métodos que debían ejercerse en torno al tema de la unión con los cristianos separados de la fe católica. En resúmen no contemplaba más que un retorno incondicional y abjuratorio de los errores y desviaciones previas como requisito sine qua non para reincorporarse al seno de la única y verdadera Iglesia, considerando esto el movimiento ecuménico una especie de barrera infranqueable y contraria a los principios de la caridad cristiana. Años de lucha contra la posición oficial de la Iglesia y descomunales esfuerzos teológicos, históricos y pastorales desembocaron en los documentos conciliares “Unitatis Redintegratio”(1964) y “Nostra Aetate”(1965) que marcaron la irrevocable política posconciliar en materia ecuménica.

Los frutos se recojerán con el tiempo: desde las reuniones de Asís al acercamiento con la pachamama y sus cultores, desde la estatua de Lutero en el Vaticano hasta la exasperación hasta el paroxismo por un diálogo ecuménico e interreligioso por la “Unidad” pagado a precio de la “Verdad”. No sería justo atribuir la responsabilidad de esta “política ecuménica” a algún pontificado posconciliar en particular. Los sucesores de Pío XII llegaron a una consubstanciación total en esta materia hasta el día de hoy.

2)- El movimiento litúrgico, segundo frente de lucha del modernismo, se desarrollará casi simultáneamente junto al movimiento ecuménico y también será partícipe de la victoria en el Concilio Vaticano II. No cabe ninguna duda acerca de la legitimidad de ciertas evoluciones e involuciones en el ámbito de la liturgia que pueden ser constatadas de manera fenomenológica a lo largo de la historia. Claramente lo percibió S.S. Pío XII en la encíclica “Mediator Dei” procediendo a realizar las correcciones atinadas sin jamás pasar por alto que el axiomático papel que el acto de adoración implicaba en la liturgia católica no perdiese la importancia fundamental que ameritaba.

Sin embargo esto no satisfizo a todos los objetores y prosiguió la presión sobre nuevos cambios litúrgicos en general y en torno a la celebración de la santa Misa en particular. No es necesario reseñar lo ocurrido a posteriori del Concilio (1969) con el Novus Ordo Missae y con el confinamiento de hecho de la Misa tradicional y de todos aquellos que seguían aferrados a su tradición al ludibrio. Si bien nunca hubo una abolición explícita de la misma debió aguardarse al “Summorum Pontificum” (2007) de S.S. Benedicto XVI para “liberalizar” una realidad que en la práxis había sido “esclavizada”.

Tratar de pergeñar siquiera un listado de los abusos litúrgicos impuestos hasta la actualidad a causa del Novus Ordo Missae conllevaría un esfuerzo titánico y jamás podría concluirse debido a la constante aparición, casi diaria, de nuevos dislates y la incuria de las autoridades pertinentes por corregirlos o al menos mitigarlos.

3)- La tercera línea de avance del movimiento modernista se ubica dentro del campo de acción de la pastoral y de la moral. Se obra de acuerdo a lo que se cree, principio escolástico del cual puede inferirse que todo error o tergiversación de la correcta formulación de la verdad repercutirá necesariamente en el obrar moral y pastoral. La ética de situación de raigambre kantiana adherida al individualismo que no conoce verdades absolutas ajenas a su propio subjetivismo inmanentista darán como resultado una moral inobjetivable e incapaz de suscitar el sometimiento a la ley divina. Aplicado esto al ámbito pastoral indudablemente producirá una clase de predicadores de los valores evangélicos tales como sacerdotes, religiosos y catequistas desgajados del tronco doctrinal del cual el dogma y la moral se nutrían ubérrimos para posibilitar la idónea formación de los cristianos.

Desearía concluir tratando de responder la pregunta que daba pie al artículo. La misma exige una paradójica formulación digna del movimiento analizado, el cual es absolutamente renuente a afirmaciones apodícticas.

Debemos distinguir dos tipos de modernismo: el original, por nombrarlo de alguna manera, aquel que condenó la encíclica “Pascendi” en el exordio del siglo XX, combatió a sus fautores y seguidores pero no pudo impedir que se propalara de forma gangrenosa por la Iglesia y el “postmodernismo”,que habiendo inficionado la teología católica a partir de los años treinta del siglo XX, se extendió hasta la actualidad atrincherándose y consolidándose a partir del Vaticano II.

Desde el punto de vista teorético estas desviaciones teológicas actuales siguen estando comprendidas en las condenaciones de la encíclica a pesar de representar muhas de ellas subproductos tardíos y no contemplados originalmente en el momento de redacción de la misma.

Ya ha perdido eficiencia práctica el combatirlas con la “Pascendi” en una mano y el “Denzinger” en la otra. Así como el movimiento se ha metamorfoseado a lo largo de la historia siendo en la actualidad muchas veces imposible emprender una distinción clara y cartesiana sobre en que partes específicas de la teología se halla inmerso y en cuales no, solamente nos queda el recurso, jamás faltante por gracia de Dios, de recurrir a las prístinas fuentes de la Escritura, la Tradición y los Dogmas evolucionados, no a la manera modernista, sino a través de la legítima evolución en inteligibilidad interna de los mismos que procura la auténtica teología católica sustentada en los inconmovibles pilares de la tradición filosófica tomista y el congruente Magisterio de la Iglesia imperante hasta el Concilio Vaticano II.

El nacimiento del método histórico-crítico, el estudio de las religiones comparadas, los avances en el campo bíblico, las nuevas condiciones sociales y políticas surgidas después de la Revolución Francesa, los descubrimientos científicos, y hasta las mismas filosofías de Kant y Hegel no eran absolutamente ignoradas por la Iglesia Católica, sus autoridades, la teología y los intelectuales de fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

Lo que causó la conmoción fue la precipitación modernista que pretendió imponer en la Iglesia Católica a la manera de hecho consumado y científicamente demostrado las teorías provenientes de estos distintos campos de la ciencia cuando muchas de ellas se encontraban desde el punto de vista epistemológico en estadios previos a una incontestable verificación empírica.

Esta desprolijidad metódico formulativa es la que marcó el destino del movimiento sin miras de una reconciliación o de al menos una menor intransigencia por parte de las autoridades eclesiásticas. Se impuso en los hechos lo que no lo merecía de derecho. Tal es la situación actual en que ha desembocado este inmenso desencuentro el cual no puede retrotraerse para volver a cruzar el umbral que atravesó a principios del siglo XX. Solo resta esperar que el desgaste y el paso del tiempo lo conduzcan a recapacitar y orientarse definitivamente hacia la Ortodoxia, a pesar de lamentablemente no destacarse por brillar la misma en el pontificado hoy reinante.

Anselmo A. González

Profesor en Teología

Buenos Aires, Argentina

Notas

1)- Si bien la crítica histórica atribuye la asistencia redaccional del documento a Fray. Joseph Lemius (1860-1923) y a la colaboración del Cardenal Rafael Merry del Val (1865-1930), esto no quita un ápice a la total autoría intelectual, moral y original de S.S. Pío X.

2)- Es curioso comprobar como al final de sus días cuan neo-Esaú con el plato de lentejas (Gen 25,31) estuvo dispuesto a abdicar de sus ideas públicamente ante la Santa Sede a cambio de un obispado en Mónaco.

3)- Sin embargo a partir de 1910 y hasta 1967 regirá plenamente el “Juramento Antimodernista” con carácter obligatorio para profesores de filosofía y teología, sacerdotes, superiores religiosos, etcétera.

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-Las encíclcicas y documentos eclesiales citados en el presente artículo pueden consultarse en el sitio: http://www.vatican.va/offices/papal_docs_list_sp.html