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¡Sé fuerte! (II)

Militia est vita hominis super terram

“La vida del hombre es una batalla”, decía Job. Nosotros mismos constatamos que en esta vida hay ciertamente alegrías, pero también muchos sufrimientos que afrontar. Sin embargo, hay un remedio para superar fácilmente toda dificultad: debemos atravesar el camino de este mundo, que conduce a la eternidad, con fortaleza, tomando suavemente la mano de Dios, o sea, viviendo en gracia de Dios y pensando continuamente que Dios habita en nuestra alma y cuida de nosotros. Si no nos dejamos vencer por las preocupaciones de este mundo, sino que las afrontamos conscientes de ser sostenidos de la mano por Dios, que paso a paso nos fortalece y nos conduce hasta el umbral de la eternidad, entonces todo se simplifica y se obtiene la paz del alma y la confianza en la divina Providencia.

Esto nos ayuda a soportar la monotonía de la vida cotidiana con alegría y amor, aceptando la Voluntad de Dios siempre, incluso cuando el Señor permite las oscuridades del espíritu, las tribulaciones físicas, las persecuciones y los abandonos. Si la vida no fuera un poco monótona, nos apegaríamos demasiado a ella. Aquellos que se lanzan a la acción (incluso apostólica) excesiva (la herejía de la acción), aman más su voluntad y su manera de actuar que la Voluntad divina y su Providencia.

La salud, el éxito, las riquezas y los placeres no son los “amigos” que ha elegido Jesús para Sí mismo y, por tanto, tampoco para nosotros. Él ha amado la pobreza, el sufrimiento y las persecuciones, las humillaciones, y también nosotros deberemos amarlas y, solo con la ayuda de Su gracia, podemos y debemos hacerlo. El mayor obstáculo para la paz del alma es poner nuestra voluntad en oposición a la Suya. La santidad consiste en hacer la Voluntad de Dios: “En la Sua Voluntade è nostra pace / En Su Voluntad está nuestra paz” (Dante).

La lástima es que creemos en teoría en la Providencia divina, pero en la práctica dudamos de que Dios cuide de nosotros en toda acción nuestra y entonces sentimos inquietud o perdemos la paz y la tranquilidad del alma. Por ello debemos aceptar, con fortaleza, toda circunstancia externa a nosotros con plena confianza en Dios y ocuparnos solo de aquello que sucede dentro de nuestra alma y especialmente con la voluntad, la única que nos puede volver buenos o malos a los ojos de Dios. Lo que dicen, hacen, piensan los demás de nosotros, alrededor nuestro, no debe afectarnos mínimamente, nuestro único Juez es solo Dios.

Esforcémonos entonces por entrar en contacto con Dios, conocerlo, amarlo y hablar con Él en la meditación, ya que Él es el primero que nos conoce, nos ama y nos habla; si no lo oímos es solo porque estamos absorbidos por los ruidos y preocupaciones del mundo y de nuestro amor propio. Si conseguimos hacer silencio alrededor nuestro y entrar en contacto con Dios, entonces tendremos el impulso espontáneo para superar las dificultades, para soportar los males y para tender nuestra mano hacia Él, para que nos guíe en las oscuridades y en los peligros de esta vida. La Sagrada Escritura muchas veces nos exhorta a “confiar a Dios todas nuestras preocupaciones, porque Él cuida de nosotros”. Lo que nos falta es la convicción firme, fuerte y práctica de esta ayuda constante, aunque invisible, de Dios hacia nosotros.

San Pedro caminaba serenamente sobre las aguas hacia Jesús, mientras mantenía la mirada fija en Él, pero en el momento mismo en que dejó de mirar a Jesús para replegarse sobre sí mismo, faltando a la Fortaleza, se hundió entre las olas. Nosotros, por ello, no debemos hacer como Pedro, sino que debemos mirar a Jesús y no a nosotros mismos o a los peligro entre los que caminamos, entonces alcanzaremos, feliz, rápida y seguramente el puerto gracias a la fortaleza y a la ayuda de Dios, y sobre todo a los 7 Dones del Espíritu Santo.

Si vis pacem para bellum

Si la elección de las circunstancias de la vida y de las creaturas que están a nuestro alrededor dependiera de nosotros, elegiríamos lo que nos agrada y no lo que es bueno para nuestra alma. La vida cristiana es un continuo ir a contracorriente. Si pensamos en las olas (el mundo, la carne y el demonio) que nos rodean estamos perdidos, debemos tener confianza en el auxilio de Dios y remontar, con Fortaleza, la corriente adversa, como hacen los salmones.

Si nos preguntamos por qué estamos en el mundo, sobre todo cuando las dificultades se hacen sentir más, no podemos sino responder: “Estamos aquí únicamente porque Dios nos ha amado, nos ha creado y desea ser amado por nosotros”. Por tanto, nada debe preocuparnos: Dios nos lleva de la mano y, si es necesario, nos sostiene entre sus brazos. Desgraciadamente, Dios intenta, en todo momento, acercarnos más a Él y nosotros intentamos ir hacia atrás. Si estamos descontentos, significa que – al menos en la práctica, si no incluso en teoría – nos rebelamos contra la Voluntad de Dios. Si estamos demasiado ansiosos por progresar y pecamos de perfeccionismo o “angelismo”, significa que buscamos más nuestra voluntad que la de Dios. “Lo mucho lisia” y “todo exceso es un defecto”. Si Dios no desea un progreso más rápido para nosotros, tampoco nosotros debemos aceptarlo.

El dominio de nuestro temperamento, que nos ayuda a vivir la Virtud de la Fortaleza, es la clave del éxito para alcanzar la Santidad: soportar (“sustinere”) el abatimiento, la falta de gran confianza, el desánimo, nuestros defectos, es el corazón de la vida virtuosa. Tener paciencia con nosotros mismos cuando experimentamos nuestra nada, nuestra debilidad, nuestros límites y deficiencias y seguir actuando, luchando duramente con los obstáculos, por amor a Dios, no obstante la poquedad de nuestro ser y de nuestras acciones. Lo mismo vale para la suportación de los demás.

Sin embargo, debemos prestar atención a no buscar excesivamente las comprensiones de los demás. Cuanto más consuelo recibimos de las creaturas tanto menos recibimos de Dios; Él ama el corazón solitario, que está vacío de todo otro amor, o sea, que ama a Dios por encima de todo. Sobre todo, Él quiere nuestra voluntad más que nuestra inteligencia, especialmente en la oración. Es cierto que “nada es querido si antes no es conocido”, pero es también cierto que si no quiero conocer no llego a conocer.

Resumiendo

Para concluir, la razón principal que nos impide ser Santos son los obstáculos que interponemos voluntariamente, por falta de Fortaleza, a la divina Voluntad, que desea nuestra santificación. Si nuestra alma, o mejor, sus facultades son débiles y están enfermas, pidamos a Dios ser curados y segurísimamente Él las curará. Pero hace falta mucha Fe y una gran Esperanza. No existe el “caso desesperado” para la divina Omnipotencia, no hay ningún defecto espiritual sin remedio. Los físicos Dios los permite para el bien del alma. Dios quiere nuestra voluntad, nuestra paz interior, su acción en  nosotros produce el bien y la felicidad del ánimo, abandonarse a la presencia de Dios en nuestro espíritu es lo mejor para nuestra existencia.

Dios nos ha creado por amor y para que nosotros Le amemos. La vida espiritual consiste en gobernar o dirigir con Fortaleza nuestra voluntad hacia su verdadero Fin último, que es Dios amado, conocido y servido. Debemos prestar atención a los motivos que inspiran nuestras acciones, si son solo el amor a Dios o bien el amor propio. Sin embargo, nuestro examen de conciencia no debe ser inquieto, agitado, deseoso de tenerlo todo y enseguida. Uno de los frutos del Espíritu Santo es la paz, que nos ayuda a orar y actuar con calma y facilidad, pero sobre todo a soportar (“sustinere”) las adversidades sin la inquietud, que es la ruina de la vida espiritual, y con la paciencia, que es su salvación. Por tanto, debemos buscar en la vida espiritual la tranquilidad, que es la uniformidad con la divina Voluntad. Si nuestra alma está sometida a Dios y nuestro cuerpo al alma, entonces estamos en la verdadera paz.

La paz interior se consigue con la calma y la tranquilidad, sin fijarnos un tiempo exacto en el cual conseguirla y sin darnos prisa por ultimarla. Debemos esperar tranquilamente la gracia del Espíritu Santo y cooperar con ella sin dejarnos llevar por esfuerzos febriles que anteponen la acción humana a la Gracia divina. El secreto de una buena vida espiritual es no confiar principalmente en nosotros mismos, en lo que sabemos y hacemos, sino en permanecer en la presencia de Dios, que habita en el alma de los justos, para conocerLo y amarLo cada vez más y hablar con Él con familiaridad, durante la meditación, “como un amigo habla con su amigo” (San Ignacio de Loyola), despojados de toda excesiva solicitud.

No se puede nunca amar demasiado a Dios. En cambio, se pueda amar demasiado al prójimo. Si nuestro amor por el prójimo no está ajustado y ordenado al amor de Dios puede conducirnos a la perdición, exponiéndonos a mil peligros, mientras que pensamos edificar a los demás. Por ello, amemos al prójimo por amor a Dios, pero sin dañar nuestra alma, no podemos convertirnos en celadores de las almas hasta perder la nuestra: “Prima Caritas sibi!”.

Ofrezcamos a Dios nuestro espíritu, sin presumir de nosotros mismos y sin timidez, permaneciendo en Su presencia como pobres mendicantes que nada tienen sino que todo lo piden a Dios para poderlo seguir después en el cumplimiento de Su Voluntad. Tengamos siempre en mente que lo esencial de la vida espiritual consiste en depender en todo de Dios sin preocupaciones humanas.

Conclusión

Hoy, en este mundo en el que triunfa el mal y Satanás reina, el miedo a las críticas o a las burlas de los mundanos (“respeto humano”), nos llevaría a descuidar nuestro deber por miedo a los juicios desfavorables que se harían contra nosotros, a las amenazas, a las calumnias, a las injurias, a las denuncias, a las injusticias y a la soledad de las que podríamos ser víctimas. San Felipe Neri decía a sus jóvenes del Oratorio: “Sperne se sperni! / ¡Desprecia ser despreciado!”.

Por tanto, es necesario educar la voluntad – con la virtud de la fortaleza y el auxilio del don de fortaleza – para que desprecie la opinión de los mundanos y para que siga sus propias sanas convicciones, sin miedo a los malos, sin el temor a desagradar a los amigos a a los parientes, que es peor que el de desagradar a los enemigos. San Pablo escribía: “Si hominibus placerem, servus Christi non essem / Si agradara a los hombres, no sería un verdadero siervo de Cristo” (Gál., I, 10).

La verdadera devoción a la Virgen (que nos enseñó San Luis María Grignion de Montfort) nos ayuda a vaciarnos de nosotros mismos y a hacer que venga Jesús con su fortaleza a vivir dentro de nosotros: “Vivo jam non ego, sed Christus vivit in me / Ya no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí” (Gál., II, 20).

Es necesario evitar el temor excesivo al fracaso, a equivocarnos, que nos llevaría a la indecisión, a la irresolución, a la inactividad apáticamente vil y a equivocarnos seguramente, pues “la paura è madre degli eventi / el miedo es la madre de los eventos”.

El “Horror difficultatis et labor certaminis / El horror de la dificultad y el cansancio de la lucha” son peligrosos y es necesario contraatacar con la constancia y la paciencia en la lucha y sufrir hasta el final, con ánimo sereno y sin el desánimo que nos llevaría a preferir los placeres a las incomodidades y a las fatigas.

La desconfianza de nosotros mismos y la confianza total en Dios Omnipotente y Misericordioso son las medicinas que curan nuestra debilidad y devuelven en nosotros el vigor a la virtud de la fortaleza. En efecto, “nuestra” fortaleza no proviene de nosotros, sino que nos es dada por Dios. Por tanto, debemos pedírsela a Él, reconociendo nuestra impotencia, pero seguros de su auxilio: “Omnia possum in Eo qui me confortat / Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Fil., IV, 13).

Una voluntad fuerte, enérgica y tenaz llega a vencer las malas inclinaciones de nuestro carácter, que provienen del pecado original, de nuestros pecados actuales y del ambiente en el que hemos vivido y vivimos. Es necesario, sin embargo, intentar corregirse seriamente de nuestros defectos. No basta un apático “querría”, sino que es necesario un enérgico “quiero”.

Donde falta la voluntad y la fuerza de voluntad falta también el hombre o el Vir. Se llega a la plena posesión de nosotros mismos solo con la firme voluntad. Sin embargo, ella debe ser completada por la “bondad de corazón” para no degenerar en intransigencia super-rígida y en fría y lúcida testarudez cruelmente inhumana.

La formación del buen carácter es la dura fatiga de toda la vida y se obtiene solo con una lucha continua con nosotros mismos y nuestras malas tendencias.

Debemos sobre todo creer – especialmente en la hora actual, que es “la hora del poder de las tinieblas y de los enemigos de Jesús” (Lc., XXII, 47 y 52; Jn., XIV, 30) – en las promesas de Cristo de que nos mandaría el Espíritu de fortaleza, que confortará a la Iglesia y a los Cristianos todos los días hasta el fin.

Mientras la historia se desarrolla y atravesamos uno de sus periodos más horribles, no olvidemos que está ya en curso el gran Triunfo prometido y prenunciado desde el Génesis (“Ipsa conteret”, III, 15) hasta el Apocalipsis (XII, 1-18; XX, 1-10) y que nos fue recordado por la Virgen en Fátima en 1917 (“Mi Inmaculado Corazón triunfará”), el cual no es obtenido sin lucha y derramamiento de sangre, pero es siempre, sin embargo, una certeza que brilla de Gloria divina, a la cual estamos llamados a participar.

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(continúa)

(Traducido por Marianus el eremita)

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