ADELANTE LA FE

Señor, enséñanos a orar (6)

CUERPO DE LA MEDITACIÓN. APLICACIÓN DE LOS SENTIDOS

Queridos hermanos, el método de Aplicación de los sentidos es el tercero, y último,  de los métodos de oración mental de los que hablamos en este  breve curso,  y consiste en aplicar de forma imaginativa  los sentidos  de la vista, oído, olfato, gusto y tacto a la materia de  la meditación. De manera imaginativa nos figuramos con la fantasía qué vemos, oímos, gustamos y tocamos las cosas y personas que intervienen en la materia de meditación.

La aplicación de los sentidos de la imaginación a las cosas materiales se realiza fácilmente. Así,  por ejemplo, meditando sobre el infierno, la aplicación de sentidos sería, de una forma breve y sencilla: ver el infierno, imaginándonos cómo puede ser; oír  a los que están condenados, imaginándonos sus gritos y voces; oler el tremendo olor irrespirable a azufre; gustar la hiel de las tremendas penas;  imaginar tocar el fuego en todo su fragor.

Ejemplo de Meditación de los sentidos.

Vamos a usar de forma imaginativa los sentidos en la meditación sobre la Encarnación del Hijo de Dios.

Ver (Aplicación de la vista imaginativa).

María ora en su humilde casa de Nazaret, desposada con José, de la casa de David. De repente, el ángel San Gabriel se le aparece rodeado de luz divina: le trae una embajada de parte de Dios. La Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, compadecida por la inmensa desgracia del hombre, caído y perdido por culpa de Adán, quiere poner remedio a sus males. Desde lo alto del  Cielo, la Santísima Trinidad ve la redondez de la tierra, habitada por innumerables hombres de todas las razas, lenguas y costumbres: pecadores y condenados a las penas del infierno. Dios ve desde su trono cómo, después de una vida miserable, pocos entran en el Cielo.

Desde su trono ve Dios esta tremenda catástrofe; y desde de él me ve a mi vivir una vida llena de inmensos trabajos y caer en el poder del pecado. El mundo olvida y desprecia a Dios. ¿Cómo estaría si Cristo no lo hubiera redimido, enseñado y justificado! Ahora soy pecador. ¿Qué sería sin Cristo?

Movido de una inmensa caridad, quiso Dios remediar nuestra situación. Y por esta razón envía al ángel San Gabriel a Nazaret. Viste una vestidura blanca como la nieve; le rodea una luz esplendorosa. Oigamos lo que dice a María.

Oír (Aplicación del oído imaginativo).

“Dios te salve, llena de gracia; el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres”. María se turba, “No temas -le dice el Ángel-, porque has hallado gracia delante de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo, al cual el Señor Dios dará el trono de su padre David y reinará en la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin”. María dijo al Ángel: ¿Cómo ha de ser eso, pues yo no conozco varón? El Ángel le dice: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra…” Entonces dijo María: “He aquí la esclava del Señor: hágase según tu palabra”.

Penetremos en lo más hondo del corazón de la Virgen María. Acaba de oír que el Hijo de Dios va a ser su Hijo. Y aquel corazón queda sereno y anonado. ¡Qué cosa tan honda y divina! Es la Madre de Dios y se llama la esclava de Dios.

Cuando José conoció que María iba a ser madre, pensó apartarse de ella. Fue la tribulación más dolorosa que podía sobrevenirle. Calló, dejando a la Providencia la defensa de su inocencia. ¡Tal Madre había de ser la de tal Hijo!

Con la luz soberana de Dios, ¡oh María!, conocías tú que no eras sino una criatura de Dios. Y aunque Dios te levantaba a la inmensa dignidad de Madre suya, tú te quedabas  en tu verdadera condición de hechura suya. Era lo justo, debido y verdadero.

Oler (Aplicación del olfato imaginativo).

¡Qué humildad respira este misterio! No es sólo la humildad de una criatura excelsa como María, sino la humildad del Verbo. En el orden sobrenatural son las obras como flores del alma; si las obras son buenas, las flores las perfuman; si las obras son malas, las flores las infectan. ¿Qué  obras vemos aquí? Un Ángel que hace de mensajero de Dios ante una Virgen. Una Virgen que, destinada a ser Madre de Dios, dice que es su esclava. Un  Dios que siendo infinito, se hace hombre para salvar al hombre.

Todo corre parejo: la fragancia de los campos de Nazaret, que penetra en la casa de María; la fragancia del Cielo, que dejaría en la casita la presencia del Ángel, y la santa y sobrenatural fragancia de pureza y humildad que de sí dan los ejemplos del Verbo y de María.

Si a los cuerpos de sus mártires y santos dio Dios tantas veces olor de suavidad estando muertos, si del cuerpo muerto de la Virgen percibieron los Apóstoles aromas de los cielos, cuando el Verbo baja al seno de María para estar con él nueve meses, ¿qué misteriosos olores no embalsamarían la casita y el alma de la Virgen?

Cómo vienen aquí a la memoria aquellas palabras acerca de la Sabiduría increada que la Iglesia aplica a María: “Como mirra escogida exhalé suave olor y llené mi habitación de odoríferos perfumes, y mi fragancia es como la del bálsamo sin mezcla…”

Gustar (Aplicación del gusto imaginativo).

Las almas a quienes da Dios a gustar sus más intensos goces no pueden declararlos. San Pablo no pude decir sino que ni ojo vio, ni oído oyó lo que Dios tiene preparado a los que le aman. La gracia hace sentir su dulzura a todas las almas que sirven a Dios, y así regala a los suyos con el suave manjar de la paz, con el de la alegría de la buena conciencia, con el premio de las buenas obras, con el gozo anticipado de la esperanza del Cielo, con el gozo de la caridad de Dios y del prójimo, con las consolaciones más intensas de las lágrimas de devoción.

Toda alma amante de Dios ha de gozarse en este banquete; porque todo amante de Dios ha de sufrir por Dios y es hijo de Dios. Pues por aquí pueden sacarse las inefables dulzuras de la Virgen María. Ella, llena de gracia desde el primer instante de su vida, enriquecida con la perfección de las más altas virtudes, purísima, humildísima, obedientísima y fidelísima; ella destinada a ser Reina de los mártires y Madre dolorosísima, la más atormentada por el dolor después del Hijo de Dios en la Cruz, ¿qué suavidades y gustos gozaría en la Encarnación de su Hijo?

Tocar (Aplicación del tacto imaginativo).

Acerquémonos a la casita de Nazaret. Penetremos en el patio que le sirve de entrada, y, postrados en tierra, besémosla con devoción. Dentro de la casa todo pobrísimo. Un par de sillas, un banco. Un ánfora para el agua. Una lámpara de barro cocido. Pidamos permiso a la Virgen para que nos permita tocar este ajuar suyo, y convencernos con todos los sentidos de su tosquedad. Y ahora entremos en cualquier casa acomodada. ¡Qué diferencia! ¡Qué comodidades! María descansa sobre un montón de follaje o una manta.

María y José eran artesanos que vivían pobremente del trabajo de sus  manos. Pero María era la Madre de Dios y la Reina del Cielo. Y esta pobreza y humildad suya debe tocarnos el corazón con más fuerza que una sacudida eléctrica. Nosotros buscamos el regalo de nuestra carne, la cama blanda y mullida, el asiento cómodo, el baño tibio, el buen vestido, el calzado fino, las manos abrigadas. María y José sufren la intemperie, el trabajo rudo, la comida basta, el suelo para el sueño. Son dos ideales de la vida: el suyo, la santificación; el nuestro, el regalo de la existencia.

 

Segundo ejemplo de Meditación de los sentidos.

Indicamos un segundo ejemplo de meditación de los sentidos. Este ejemplo se ajusta más a aquellas almas más experimentadas en la oración mental y con mayor conocimiento de los misterios de fe;  por esta razón no debe ser pretendida por quienes se inician en la oración mental.

En esta meditación si bien la imaginación está presente, sin embargo el papel fundamental reside en el espíritu, es decir, usar los sentidos espiritualmente, más que imaginativamente. Este ejemplo ayudará a entender mejor esta de meditación.

Meditaremos acerca de la Sangre que Cristo Nuestro Señor derramó en el Huerto de los Olivos.

Ver (Aplicación de la vista interior).

Con la vista interior del alma miraré la sangre que vierte Cristo nuestro Señor, ponderando quién es el que la derrama, por qué causa, con qué modo y con qué afecto; es decir, cómo la derrama Dios por mis pecados con infinito amor, excesivo dolor y desprecio; y cómo sale matizada con los vivos colores de sus virtudes, humildad, paciencia y caridad, sacando de aquí afectos de admiración, amor, agradecimiento e imitación. Imitación que ha de suponer el firme propósito de imitar, con la gracia divina, las virtudes del Señor, aunque sea derramando la propia sangre.

Oír (Aplicación del oído interior).

Oiré con los oídos del alma las palabras, las voces y clamores que suenan con el derramamiento de esta sangre y con el ejercicio de tantas virtudes.

  1. Lo primero, oiré cómo esta sangre clama y da voces al Padre Eterno, no pidiendo venganza como la sangre de Abel (Heb. 12, 24), sino pidiendo misericordia y perdón para los hombres; alcanzando lo que pide, porque no puede el Padre Eterno dejar de oír este clamor. Sacaré grandes afectos de confianza para pedir por esta sangre perdón de mis culpas.
  2. Lo segundo, oiré las voces que me de Cristo con esta sangre, diciéndome: Pues Yo te doy mi sangre preciosa para tu provecho, dame tu sangre vil para mi servicio, resistiendo al pecado y derramándola, si fuese necesario por no pecar.
  3. Lo tercero, también oiré las palabras que el Salvador diría a su Eterno Padre, ofreciéndole su sangre por nosotros.
  4. Lo cuarto, oiré los gemidos del Salvador y el ruido de la sangre que se vertía, compadeciéndome de sus dolores y sintiéndolos como si fueran míos, y llorando mis culpas que fueron causa de ellos.

Oler (Aplicación del olfato interior).

Se ha de oler con el olfato interior:

  1. La fragancia y olor suavísimo de esta sangre, que sube al Eterno Padre, aplacando con esta suavidad su ira e indignación, mucho mejor que con el sacrificio sangriento de animales que Noé le ofreció (Gn. 8, 20).
  2. También ponderaré cuán bien le huele cuando nosotros se la ofrecemos en el santo sacrificio de la misa, sacando grandes afectos de amor y confianza por todo esto.
  3. También he de oler la fragancia de las virtudes olorosísimas que acompañan este derramamiento de sangre de Cristo, y con este olor (Cant. 1, 3) confortaré mi corazón para imitarlas, corriendo tras Cristo para darle alcance en ellas; ponderando que la humildad, paciencia y obediencia, teñidas con mi sangre, mezclada con la de Cristo, son muy olorosas y agradables al  Padre Eterno, por semejanza que tienen con la de su Hijo, y así me animaré con gran fervor a procurarlas.

Gustar (Aplicación del gusto interior).

Se ha de gustar con el gusto interior de alma:

  1. La suavidad y dulzura de esta sangre y de las virtudes que en su derramamiento resplandecen, viendo el gusto de la parte superior del espíritu con que nuestro Señor la derrama, y cuán sabroso le es derramarla por obedecer al Eterno Padre y para nuestra salvación.
  2. Además, gustar la suavidad de esta sangre cuando se bebe en el Sacramento del altar, recreando mi alma con esta dulzura, y deseando siempre tener parte en ella.
  3. Gustar también la dulzura inmensa que tiene para endulzar todas las cosas amargas de esta vida, mojándolas con ellas, haciendo propósito de tomarla como alimento de la obediencia y humillación, y de los trabajos y desprecios que me hicieren.
  4. También he de gustar las amarguras y dolores que Nuestro Señor padece en su carne, y sentirlas dentro de mí, conforme a lo que dijo San Pablo (Flp. 2, 5): Sentid en vosotros lo que en Cristo Jesús.

 

Tocar (Aplicación del tacto interior).

Con el tacto interior del alma se ha de tocar esta sangre, besarla y bañarme con ella para quedar limpio, blanco y puro con la sangre de este Cordero sin mancha (Ap. 1, 5; 7, 14).

Con estos ejemplos terminamos lo que conocemos como Cuerpo de la Meditación. A medida que  el alma profundiza en la oración mental, y se familiariza con los métodos indicados, puede intercambiarlos en la oración, es decir, usar indistintamente uno u otro a lo largo de la meditación.

En el próximo artículo hablaremos de la última parte del Breve Método de Meditación, que expusimos en el primer artículo: Finalización.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.