ADELANTE LA FE

Señor, enséñanos a orar (VIII)

ANEXO 1º.
CÓMO RESISTIR LAS TENTACIONES QUE SOBREVIENEN EN LA ORACIÓN.

Las distracciones que dificultan meditar pueden proceder de varias causas. En primer lugar, del demonio, por impedirnos del fruto de la meditación. Lo segundo, de la propia imaginación, que es libre y obstinada, variable y poco controlable. Lo tercero, de algunas debilidades no debidamente mortificadas, las cuales llevan tras si los pensamientos que nos distraen. En cuarto lugar, flojedad y tibieza para la oración.  En quinto lugar, ignorancia, por no saber discurrir ni meditar, ni buscar las verdades ocultas, ni ponderarlas de modo que muevan la voluntad y despierten afectos de devoción.

Las armas para pelear contra estas distracciones del corazón y sequedades del espíritu principalmente son cuatro:

La primera, es una humildad profunda, reconociendo nuestra flaqueza y miseria, y avergonzándonos de estar delante de Dios con tal distracción, y acusándonos de las culpas pasadas y presentes, por las cuales somos reprendidos por el Señor; porque quien de esta manera se humilla en la oración, en ella será ensalzado.

La segunda, es  fortaleza de ánimo, haciendo una resolución varonil de no admitir, advertidamente, pensamiento que nos aparte de lo que oramos, aunque sea de algo que nos complazca, o incluso nos parezca importante; porque nada es más importante que atender a la materia  de la oración, y a Dios, delante de quien estoy orando. Y cuando, sin quererlo me distraigo, volveré rápidamente al hilo de mi meditación; y si mil veces me distrajera, mil veces volveré a la oración, sin perder el ánimo ni la confianza. Así, esforzándome de esta forma, con el favor de Dios, la meditación terminará dando frutos en el alma.

La tercera, es la misma oración, pidiendo a nuestro Señor que dentro de nuestra alma edifique una ciudad de Jerusalén, que sea visión de paz, recogiendo los pensamientos y aficiones derramadas, para que moren en ella y se ocupen con quietud de la oración. Es lo que nos dice le Salmo (146, 2): Reedifica Señor a Jerusalén y reúne a los dispersos de Israel. Esos dispersos de Israel son mis distracciones, que le pido al Señor que los recoja en la Jerusalén de mi alma.

La cuarta, y última, arma ha de ser una gran confianza en Dios nuestro Señor, persuadiéndome  que, pues me manda a orar, me dará la gracia y ayuda para ello, con la cual podré resistir al demonio, tener a raya la imaginación, reprimir las pasiones, echar de nosotros la tibiezas, de modo que no me impidan el ejercicio de la oración.

Teniendo en cuenta lo dicho anteriormente, pondré gran cuidado, al entrar en la oración, de quitar  del alma cualquier turbación o preocupación que pueda ser causa de futuras distracciones en la oración con una adecuada preparación, y de esta forma evitar la mala acción del demonio que tratará de impedir los frutos de la oración, y de los demás agentes perniciosos.

San Nilo Abad recuerda que el tentador ordena todas las tentaciones que pone durante el día contra quienes van a orar para impedirles la oración y su fruto. Las tienta de gula, para que en la oración estén pesadas y somnolientas; las tienta de impaciencia, para que queden turbadas, y de curiosidad de sentidos, para que estén distraídas; y de cantidad de inquietudes, para que estén inquietas; y de soberbia e ingratitud, para que estén áridas de espíritu.

Para estar prevenidos es menester ordenar todas las ocupaciones del día de tal modo que todas ayuden a tener la oración. Y con esto, en alguna manera, cumpliremos lo que el Señor dijo (Lc. 18,1): Conviene siempre orar y no desfallecer; pues siempre orar quien gusta de la oración, se prepara para ella y la hace. Con esta confianza se ha de entrar en la oración mental, diciendo a los demonios lo que dice el salmo (118, 115): Apartaos de mí los malvados, dejadme guardar los mandamientos de mi Dios. Y a mis potencias, pensamientos y afectos les diré lo del otro salmo (94, 6 -7): Venid, postrémonos en tierra ante Él; doblemos nuestra rodilla ante el Señor, nuestro Hacedor. Porque Él es nuestro Dios, y nosotros el pueblo que Él apacienta y el rebaño que Él guía.

 

LAS PARADAS CONTEMPLATIVAS.

Es importante entender lo que son las paradas contemplativas. De no entenderlas, se puede hacer mal la oración y no progresar en ella. Dice San Ignacio: Dos cosas advertiremos. 1ª: Que si hallo lo que quiero de rodillas, no pasaré adelante, y si postrado, asimismo, etc. 2ª. En el punto en que hallare lo que quiero, ahí me reposaré, sin tener ansias de pasar adelante hasta que me satisfaga.

San Ignacio hace referencia tanto a la postura en que sobreviene una consolación, como a la cosa que se estás meditando.

En una postura determinada, en ese momento, de la manera más inesperada y casi sin darte cuenta, te encuentras que vas hallando, vas entrando, vas gozando del objeto de la contemplación: has encontrado lo que buscabas. Es decir, has encontrado una consolación; te sobreviene una consolación que siempre es inesperada y repentina. Eso que buscabas se contiene tanto en la materia de la meditación, como en la petición. Buscabas eso, pedías eso, y ahora resulta que lo encuentras, o lo vas encontrando. Pongamos un ejemplo, si meditas la Sagrada Pasión, y ves que te afliges por los sufrimientos de Cristo, y era eso precisamente lo que pedías en la petición,  pues es que encuentras lo que buscabas y pedías. Y ya que lo encuentras, déjalo obrar quietamente, hasta que se satisfaga el alma.

Pues bien, en ese punto o momento en que encuentras lo que buscabas (y lo mismo vale para la postura en la que te encuentres, de rodillas, de pie, entado, postrado, etc.) no salgas de ahí. Ni te muevas, ni pases al punto siguiente. No tengas ansias de pasar a adelante, de recorrer toda la meditación.  Como ese efecto es obra de la gracia, ¡déjalo obrar hasta que se sacie el alma! Repósale en tu interior; disfrútalo con gusto espiritual y gratitud.

Lo normal en un rato de meditación, o de contemplación, es que queramos seguir todo el misterio que estamos contemplando. Lo vamos siguiendo desde el principio. Por ejemplo, si meditamos el misterio de la Flagelación, empezamos viendo cómo cogen a Jesús, cómo le llevan a la columna, cómo le atan, cómo se colocan los verdugos –uno a cada alado-, cómo cogen los látigos, cómo empiezan a golpear la espalda de Jesús, cómo se amorata la piel del Señor, cómo se abren sus carnes, cómo empieza a correr la sangre…, cómo Jesús va quedando exangüe  y convertido en un guiñapo. Pues bien, San Ignacio nos dice que no tengamos prisa; si al primer latigazo se nos estremecen los huesos, se aflige el alma, lloran los ojos y nos derrumbamos porque vemos que ese martirio nos correspondería a nosotros, y que lo asume Él sin culpa. Si al primer latigazo nos viene ese sufrimiento, ya profundo, ya hondo, ahí nos debemos parar gustando toda la amargura, dolor y compasión que nos inspira ese latigazo. Y que paremos todo el tiempo que dura ese sentimiento, hasta que me satisfaga, hasta quedar pleno, empapado de dolor, penetrado de amor, de arrepentimiento…

Paramos el movernos y cambiar de postura, paramos el pensar e, incluso, el imaginar, aunque parezca que nos quedamos en blanco, sin miedo mientras dure esa gracia. Cuando se agote ese sentimiento podemos pasar al siguiente punto.

 

CONSOLACIÓN-DESOLACIÓN.

Consolación.

1º. Se da cuando Dios nos comunica lo que vamos buscando, lo que hemos pedido. La define así San Ignacio, se da: Cuando en el alma se causa alguna moción interior, con la cual viene el alma a inflamarse en amor de su Creador y Señor, y, consiguientemente, cuando ninguna cosa creada puede amar en sí, sino en el Creador de todas ellas. Así mismo, cuando lanza lágrimas que llevan al amor de su Señor, ya sea por el dolor de sus pecados, o de la Pasión de Cristo Nuestro Señor, o de otras cosas directamente ordenadas a su servicio y alabanza. Es también consolación cuando se nota un aumento de fe, esperanza y caridad, y de alegría interna que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salvación y santificación del alma, quietándola y pacificándola en su Creador y Señor. Este es el tiempo de optimismo espiritual, de alegría y disfrute de Dios.

2º. Estas consolaciones nos llevan a las paradas contemplativas, de las que hemos hablado anteriormente. Durante la contemplación hay que afinar el instinto contemplativo para que a la menor indicación de consolación el alma le dedique toda la atención posible. Es un don de Dios que produce embriaguez o hartura espiritual del alma. Mantén la quietud corporal, el momento de pararte sin ansias de seguir a delante, reposándote en ella hasta quedar embriagado, hasta que me satisfaga.

Desolación.

1º. Es precisamente todo lo contrario de la consolación. Se da como obscuridad del alma, turbación, moción a las cosas bajas y terrenas, inquietud, agitación y tentación, con desánimo, pereza, tibieza, quedando el alma triste y como separada de su Creador y Señor. La desolación trae consigo una cierta desilusión y decaimiento del alma. Se esfuma la euforia anterior, y queda uno proclive a no seguir en el empeño y, aun,  dejarlo todo.

Esta desolación se produce frecuentemente por culpa propia con la actuación del mal espíritu. Habrá habido alguna negligencia, rutina, confianza en sí mismo, etc. Otras veces viene por permisión divina, y no siempre es de malos augurios. En esos momentos el alma debe hacer demostración  de su firmeza y fidelidad. Debe ganarse el favor divino con su lucha contra los agentes de la desolación. Vencer el tedio, la aridez, la frialdad con sus contrarios. Luchar con fervor y esperanza poniendo más fervor y atención. Esta lucha produce muchos bienes al alma aunque no los vea.

2º. En estos casos hay que examinar el origen y causa de donde posiblemente proceda esa desolación, sobre todo si se hace larga y enojosa.

En el momento de hacer oración, después de ella y a lo largo de la vida, el alma tiene que saber lo que pasa, lo que hace, a donde va, lo que está  haciendo y cómo lo hace. Ver si pone verdadero interés, si pone los medios eficaces y si persevera en la fidelidad a Dios. Ver si se atiene al tema de la contemplación con fijeza y atención o si divaga; ver si se atiene, aunque sea penosamente, a las pautas de contemplación que se han dado. Por otra parte, hay que ver y comprobar si, a pesar de todo, hay fruto, unión con Dios, ansias de Dios, fidelidad a Dios, Porque de todo puede darse.

Este saber se consigue por el Examen de la Oración: Saber lo que Dios hace, lo que hago yo, los resultados, la acción del mal espíritu… Hay que darle importancia al Examen de la Oración, para obtener un buen progreso en la oración. 

 Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.