Queridos hermanos, cuando el sacerdote pronunció el Ite missa est, aquella alma piadosa no pudo contener sus amores divinos y entre sollozos pronunció en voz alta, ¡Noooo! El sacerdote continuó sin alterarse, terminando la Santa Misa como todos los días. Aquella persona siguió sollozando por un buen rato, hasta que, calmada y apaciguada, se retiró con sumo recogimiento de la iglesia.

Almas privilegiadas a las que el Señor les da a conocer y vivir en plenitud el misterio de Su presencia real en la Sagrada Eucaristía. Quien vive el Santo Sacrificio no quiere nunca termine.

Con qué ardor y fervor deseó Nuestro Señor que llegara el momento de la Santa Cena. Quería, antes de padecer Su Sagrada Pasión, compartir y derramar Su infinito Amor sobre Sus discípulos, y sobre Su Iglesia, y dejó  para siempre su Cuerpo y Su Sangre. Dulce dolor de la despedida del Señor. Si bien los discípulos no sabían lo que iba a pasar al cabo de unas horas, Juan debía intuirlo, debía intuir que ya no volvería a ver a Su Maestro. Bien quería Juan que aquel momento durara para siempre, eternamente.

El Señor derramó tanto amor en aquella Santa Cena que es imposible describirlo. Se dio por entero en ella. Estaba totalmente lleno de Amor. No puedo realizar obra de Amor más grande que el transformar el pan y el vino en Su Santísimo Cuerpo y Su Preciosísima Sangre. Nuestro Señor se dio por entero y por toda la eternidad.

Cómo debió partir el pan, con qué cuidado tuvo que hacerlo, con qué devoción, con qué sobria solemnidad, con qué amor lo ofreció a Sus discípulos. También Su Preciosísima Sangre. Todos estaban en contenido silencio, en emocionante asombro ante unos gestos y unas palabras que no entendían. Juan debió entender que se trataba del Cuerpo del Amado.

Nuestro Señor Jesucristo no pudo dar más amor; se estaba dando a Sí Mismo.

Así ocurre en cada Santo Sacrificio, se da por entero, real y verdaderamente presente. El mismo Cuerpo entregado en el Calvario, se ofrece  para alimento del alma. Los misterios de Su Redención se han dado en el Santo Sacrificio, y tras ellos ofrece Su Santísimo Cuerpo y Preciosísima Sangre para permanecer en  Sus hijos. No puede haber mayor entrega. Mayor muestra de Amor infinito.

Cuando en el altar se enciende la vela de la palmatoria, se está indicando con este signo la venida próxima del Señor. Cuando suenan las campanillas se anuncia su presencia adorándole. Signos sencillos y  hermosos para indicar que el Señor viene y está presente. Signos, estos, que forman parte de un todo de solemne simplicidad, de orden, de claridad, de sentido práctico, se trata de la acción del Santo Sacrificio del Calvario. Aquel  solemne y respetuoso silencio de la Santa Cena, aquella admiración contenida de los Apóstoles ante lo nuevo y desconocido de los gestos y palabras del Maestro, se hace presente en la Santa Misa tradicional. Ella nos enseña cómo debe tratarse al Señor, cómo debemos estar ante Su presencia, su Sacrificio. Nos enseña el ardiente deseo con el Señor desea darse a cada alma.

Sólo la Santa Misa tradicional nos introduce en el abismo del misterio de Amor de la Sagrada Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. En ella es resguardado Su Santo Sacrificio de toda burla, ofensa, desprecio y profanación. Sólo en ella Su Santísimo Cuerpo es respetado y recibido con la dignidad que merece y la reverencia debida.

El deseo ardiente que el Señor tuvo de comer la Pascua con sus discípulos, todo el infinito Amor que desbordó en la institución de la Sagrada Eucaristía, todo está presente en la Santa Misa tradicional.  El Amor divino derramado en la última Cena y culminado en el Calvario, sigue presente en el Santo Sacrificio de la Misa tradicional.

Se comulga Su Santísimo Cuerpo macerado en Su Sagrada Pasión. Meditar esta realidad solo puede causar en el alma santo temor, admiración ante el infinito Amor de Dios, y deseos de recibirle con al alma purísima. Supera el entendimiento la presencia real de Cristo en la Eucaristía. ¡Cuánto ama Dios al mundo! Sólo la Sagrada Eucaristía podrá traer la paz al mundo. Nada más que Ella. Cualquier otro esfuerzo será inútil.

¿Dónde estaban las Santa mujeres durante la última Cena? No lo dice la Sagrada Escritura. Pero podemos aventurar que alrededor de la Santísima Virgen. Ella lo sabía todo lo que estaba pasando y las santas mujeres lo comprendieron todo; pero no tenían ansias de estar con Jesús, estaban donde tenían que estar, apartadas. Las mujeres aparte, con la Madre, el Señor sólo quiso estar con sus discípulos. Qué ofensa a la voluntad del Señor que en el lavatorio de los pies haya mujeres.

Cuando el sacerdote, días después, habló con aquella alma tan enamorada del Señor tuvo la ocurrencia de preguntarle a qué le sabía el Cuerpo del Señor, a lo que  humildemente contestó: Padre, sabe a Amor; sabe al fruto de la uva, sabe al Cielo, al mismo Dios, a la lluvia, al Sol, sabe a Dios.

Queridos hermanos, ojalá pudieran entender lo que es la presencia real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía, lo que es el Santo Sacrificio de la Misa. El que vive la Santa Misa sólo quiere ser bueno, santo, limpio de todo pecado; sólo vive para el Señor, para agradarle, para  hacer siempre Su Voluntad.

El que vive el Santo Sacrificio de la Misa sólo quiere ser bueno.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.