Profundizando en la fe (Capítulo 2): Dios y sus perfecciones (y II)

Querido lector, para responder a esa pregunta hace falta tener unos conocimientos previos acerca de Dios. Así pues, tenga paciencia, lea cuidadosamente, y al final de este artículo encontrará la respuesta a esa pregunta.

Siguiendo nuestra catequesis sobre Dios Uno y sus perfecciones, y visto ya que no todo aquél que “adora” a un Ser Supremo tiene en su mente a un mismo y único Dios con las mismas propiedades, pasemos ahora a enumerar las perfecciones más sobresalientes en Dios[1].

Para el estudio de las mismas, se suelen seguir diferentes vías: la teología apofática, la analogía, la teología natural o teodicea y la teología propiamente dicha.

La teología apofática

La teología apofática nos dice lo que “Dios no es”. Nace del convencimiento de que es mucho más lo que desconocemos de Dios que lo que conocemos de Él. Es más verdad lo que se niega de Dios que lo que se pueda afirmar, pues Dios es infinitamente más grande y maravilloso de lo que los conceptos humanos puedan expresar. En este sentido decía Santo Tomás de Aquino: “No podemos captar propiamente lo que Dios es, sino más bien lo que no es”[2]. Como dice San Cirilo de Jerusalén: “En lo que se refiere a Dios es grande ciencia reconocer la propia ignorancia”[3].

El uso de la analogía a la hora de hablar de las perfecciones en Dios

Con todo sí es posible hablar y pensar de Dios, sobre todo a través del instrumento de la analogía. Lo que predicamos de Dios utilizando nuestros conceptos humanos es en parte ajustado y en parte desajustado. Por eso los teólogos suelen hablar de un triple modo de pensar al hacer teología:

  • Via positionis: afirmar de Dios alguna perfección, cualidad o atributo positivo conocido por nosotros.
  • Via remotionis: subrayar los aspectos que no corresponden estrictamente a Dios del concepto predicado en la “via positionis.”
  • Via eminentiae: afirmar que lo que se predica de Dios, Dios lo tiene en grado infinito.

Por ejemplo: Si vemos  la bondad en el hombre, en Dios también tiene que existir (vía positionis), pero con la diferencia de que en Él no puede haber nada malo (via remotionis), y además esa bondad tiene que elevarse al grado infinito (vía eminentiae). De ahí concluimos que Dios es infinitamente bueno.

La teodicea y la teología

La teodicea estudia a Dios como Causa Primera de la Creación. Se alcanza su existencia y su ser necesario como explicación del mundo contingente. Se utilizan como medios de estudio, tanto la luz natural de la razón como la revelación natural (creación).

La teología propiamente dicha estudia a  Dios desde el punto de vista sobrenatural: Se estudia la “intimidad” de Dios, su Ser (Dios Uno y Trino), su actividad que es amor y su relación con la historia de la salvación. Y al mismo tiempo ayuda al conocimiento natural de Dios que se obtiene a través de la razón natural, para que éste sea con certeza y sin error.

Así pues, nos encontramos ante el misterio más profundo y sublime de nuestra fe. Se intenta compaginar tres datos bíblicos clarísimos: Dios es Uno (Ex 3:14), Dios es Amor (1 Jn 4: 8.16) y Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo (Mt 28:19).

Como veíamos los días pasados, la razón llega a conocer únicamente la naturaleza de Dios como causa suprema de la naturaleza creada, sin poder penetrar en las profundidades de la divinidad. La razón natural también llega a descubrir alguno de los atributos divinos, como la omnipresencia, la eternidad, la libertad, etc…; pero es sólo a través de la revelación como se llega a profundizar en la realidad de estos atributos.

Las perfecciones de Dios

La revelación nos dice que Dios es: uno (Ex 3:14), simple (Jn 4:24), perfecto, inmutable (Sal 102: 27ss), omnisciente (Is 40:28; Sal 147:5), omnipresente (Pr 7: 23.27), infinito (DS 3001), bueno (Lc 18:19), eterno (Heb 1:12), justo (Sal 2; 110:3; 2 Tim 4:8), misericordioso (Is 54:10;Lc 1:78), amor (1 Jn 4: 8.16), verdad (Jn 17:3), omnipotente (Gen 18: 13-14; Lc 1:37). Todos estos atributos o perfecciones en Dios (y muchos más) son realmente idénticos entre sí e idénticos a su vez con la unicidad de la esencia divina[4]. Podríamos decir que Dios es una única perfección en grado infinito que contiene en sí todas las perfecciones[5].

Dado que se haría muy extenso hablar de las perfecciones aquí enumeradas, hablemos sólo de algunas de ellas, y además de modo muy breve.

Dios es uno: Si decimos que Dios es omnipotente, deberá también ser un solo Dios, pues si existieran dos dioses ninguno de los dos sería omnipotente.

Dios es eterno: Si Dios no fuera eterno, tendría principio; por lo que otro “ser anterior” lo tendría que haber creado. Dado que no podríamos seguir ascendiendo en una cadena infinita de “ser anterior”, tendríamos que reconocer al final que tendría que existir un Ser supremo que no hubiera tenido comienzo, ni tampoco tenga fin, ese Ser supremo sería eterno, y a ese Ser supremo que además es eterno, lo llamaríamos Dios. Luego si reconocemos que existe Dios, este Dios ha de ser eterno.

La eternidad de Dios y el tiempo en las criaturas

Dios es eterno y en Él no hay tiempo. El tiempo es la medida de todo cambio. Por lo que si decimos que Dios es inmutable (no puede cambiar), en Él no hay tiempo, todo es presente. El tiempo comenzó cuando empezaron a existir cosas diferentes a Él; es decir en la Creación. Podemos decir que Dios creó el tiempo, pero Él está fuera del tiempo.

En cambio, los hombres vivimos sumergidos en el tiempo. Esa es la razón por la cual nos cuesta a los hombres entender la actuación de Dios cuando Éste se relaciona con las criaturas. Siempre que Dios actúa, conoce, ama, perdona, para nosotros los hombres hay un antes y un después; en cambio para Dios, todo es presente. En Dios no hay pasado ni futuro.

San Agustín nos decía que el tiempo tenía una cualidad muy curiosa y extraña, pues era difícil definir realmente lo que era. En el libro XI de las Confesiones nos dice:

¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo que sí digo sin vacilación es que sé que si nada pasase no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente. Pero aquellos dos tiempos, pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya no es y el futuro todavía no es? Y en cuanto al presente, si fuese siempre presente y no pasase a ser pretérito, ya no sería tiempo, sino eternidad. Si, pues, el presente, para ser tiempo es necesario que pase a ser pretérito, ¿cómo deciros que existe éste, cuya causa o razón de ser está en dejar de ser, de tal modo que no podemos decir con verdad que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no ser?”

Dios lo conoce todo y nada se escapa a su mirada

El objeto primario del conocimiento de Dios es Él mismo (1 Cor 2: 9-11; Lc 10:22). Dios se conoce a Sí mismo de modo inmediato; y ello se entiende por ser simple[6]. El objeto secundario del conocimiento de Dios son todas las cosas que existen fuera de Dios (Eco 23:20; Hech 15:8). Dios conoce con absoluta certeza todas las acciones futuras libres de los hombres[7].

La libertad humana y la presciencia divina

El problema surge a raíz de la siguiente pregunta: Si Dios lo sabe todo, sabe que fulanito se va a condenar, entonces ¿por qué le creó? Si Dios es bueno, ¿por qué crea a una persona que sabe que se va a condenar? Eso significa que Dios no es bueno o que Dios no lo sabe todo; pero si Dios no es bueno o no lo sabe todo no es Dios. Conclusión: Dios no existe.

A esta conclusión errónea han llegado muchas personas; no sabiendo salir de ella. Pero esta pregunta tiene solución; aunque no es fácil de entender, pues hemos de “captar” que para Dios no existe el pasado ni el futuro, sino sólo el presente. Intentaremos explicar, dentro de lo que cabe, cómo este aparente dilema tiene solución.

El problema principal que tenemos los hombres para poder conjugar que Dios lo sabe todo y al mismo tiempo sabe lo que nosotros vamos a hacer libremente, se debe al hecho de que nos es imposible imaginar que para Dios no existe el tiempo. No se puede hablar que para Dios hay un antes y un después cuando ve la acción del hombre. Para Dios sólo existe el presente.

dios hombre tiempoLa dificultad viene de pensar que Dios progresa a lo largo de la línea del tiempo como nosotros, siendo la única diferencia que Él puede ver el futuro y nosotros no. Pero eso no es así, Dios está fuera y por encima de la línea de tiempo.

Lo que nosotros llamamos “mañana”, es visible para Él del mismo modo que aquello que nosotros llamamos “hoy”. Todos los días son “ahora” para Él. Él no recuerda que hiciéramos nada ayer; sencillamente nos ve hacerlo, porque, aunque nosotros hayamos perdido el ayer, Él no.

Él ve nuestras acciones de mañana del mismo modo, porque Él ya está en el mañana. En un sentido, Él no ve nuestras acciones hasta que las hemos hecho; pero claro, el momento en que la hemos hecho es ya el “ahora” para Él.

Entendiéndolo de ese modo, no hay problema alguno en aceptar que el hombre es libre y al mismo tiempo Dios lo sabe todo.

Si Dios es bueno y nos ama, ¿por qué permite que nos ocurran cosas malas?

Ciertamente, Dios nos ama, y nos ama mucho; muchísimo más de lo que podemos imaginarnos, pues nos ama infinitamente. Pero sucede que a veces creemos que Dios no nos ama, porque no nos ama como nosotros creemos que nos debería amar.

En realidad lo que sucede es que estamos pensando igual que cuando éramos niños y nuestros padres nos causaban un dolor necesario para curar una enfermedad: una medicina desagradable, un tratamiento doloroso, etc. ¡Cómo protestábamos y nos oponíamos a esas cosas “malas”, que en realidad eran “buenas”!

Dios también es Padre. Y es un Padre infinitamente más amoroso e infinitamente más sabio que nuestros padres terrenales. Sólo Él sabe lo que más nos conviene. Y a veces las cosas que consideramos “malas” son todo lo contrario: muy buenas. Tal vez mucho mejores que las que consideramos “buenas”.

No podemos medir el proceder de Dios con medidas terrenas, sino con medida de eternidad. Dios sabe mucho mejor que nosotros lo que necesitamos (Mt 7:11). Si nuestros padres sabían lo que más nos convenía cuando éramos niños, ¡cómo no confiar en que Dios es el que sabe lo que nos conviene a cada uno! El problema es que los planes de Dios son a largo plazo, a muy largo plazo, a plazo de eternidad. Y nosotros queremos reducir a Dios a nuestro plazo que es muy corto. Queremos limitar el obrar de Dios pensando sólo en esta vida terrena.

Para poder comprender, aunque sea un poquito, los planes de Dios tenemos que comenzar a ver nuestra vida aquí en la tierra con anteojos de eternidad. Así, tal vez, podamos empezar a comprender cómo los planes de Dios sí tienen sentido y cómo las cosas que creemos “malas” no son tan malas, sino buenas.

¡Cuánto nos cuesta aceptar un sufrimiento, una enfermedad! Y en el plan de Dios mucho bien proviene del sufrimiento. Veamos a Jesucristo: su sufrimiento nos trajo la salvación. Por la muerte de Cristo todos tenemos derecho a una vida de felicidad plena y total para toda la eternidad. El sufrimiento es un misterio, y como todo misterio, no es posible explicarlo satisfactoriamente. Sólo lo comprenderemos después de esta vida. Allá en la eternidad comprenderemos los planes de Dios. Mientras tanto, confiemos en Dios, Él es el que sabe.

¿Por qué hay hombres que niegan que Dios exista?

Las razones principales de la negación de la existencia de Dios no son tanto de tipo “racional” sino vivencial y cordial[8]. El hombre rechaza a Dios cuando no entiende su modo de proceder (por ejemplo la existencia del mal). También lo rechaza cuando no está dispuesto a aceptarlo como su Creador y a Aquél a quien tendrá que dar cuentas. Lo rechaza cuando ha decidido vivir atrapado por el demonio, este mundo y las cosas materiales; olvidándose completamente de la existencia en su interior de un alma espiritual. Como decía Cicerón en estas bellas palabras:

 “En un corazón corrompido por las pasiones hay siempre razones secretas de hallar falso lo que es verdadero; él eleva del fondo de la naturaleza extraviada nubarrones, que oscurecen la inteligencia. Nos persuadimos fácilmente de aquello que amamos; y cuando el corazón se entrega al placer que seduce, la razón abandona gustosa en brazos del error que justifica”[9]

Negar la existencia de Dios es más bien el resultado de que nuestra inteligencia se haya oscurecido extraviada por los nubarrones que enturbian nuestro corazón.

Padre Lucas Prados

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[1] Para la elaboración de este artículo he seguido muy de cerca el trabajo realizado por J. A. Jorge García-Reyes, Dios Uno y Trino, Shoreless Lake Press, 2010.

[2] Santo Tomás de Aquino, Summa Contra Gentiles, I, 30.

[3] San Cirilo de Jerusalén, Catechesis, VI, 2.

[4] Concilio de Florencia, DS 1330: Esta tesis es dogma de fe divina y católica definida. Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, I, q. 3.

[5] L. F. Mateo-Seco, Dios Uno y Trino, págs., 435-446.

[6] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, I, q. 14, a. 4.

[7] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, I, q. 14, a.13; Vaticano I (DS 3003): “Dios conoce todo lo real: pasado, presente y futuro” y “Dios conoce desde la eternidad las acciones libres futuras de las criaturas racionales” (dogma de fe divina y católica definida).

[8] Nótese aquí que no estamos hablando de aquellos que desconocen la existencia de Dios, sino de aquellos que conociéndola, la niegan.

[9] Cicerón, De natura deorum, I, 54

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com