ADELANTE LA FE

Sí o NO

Mira has sido curado, no vuelvas a pecar, no te suceda algo peor (Jn. 5, 14).

Queridos hermanos, querer lo que Dios quiere por la misma razón y fin que Dios lo quiere, nunca deja de ser muy bueno para el alma; pues los juicios de Dios son muy profundos, son un abismo sin fondo, como dice el salmo (35,7): Tus juicios son un insondable abismo, y no debe el hombre querer saber e investigar con su bajo y limitado entendimiento el juicio de Dios, lo que sería gran temeridad. Conformidad con la voluntad de Dios, en los trabajos y pesadumbres que nos pueda enviar, pues nada acontece en nuestras vidas sin la voluntad divina. Tal conformidad sólo supone un SI por parte del hombre, o un NO si rechazamos la voluntad de Dios. No hay un término medio. No existen matices, como  oímos decir hoy en día de forma cursi. No hay término grises, pues nada es si o no, nos siguen diciendo sin ningún tipo de rubor ni vergüenza. Ni hay matices, ni hay términos grises, o SI o NO. Acepto la voluntad de Dios o no la acepto, esa es la cuestión, ese es el dilema del hombre ante su salvación eterna.

Dios es quien elige el camino del alma para llevarla a la Cielo; es Dios quien pone las condiciones; es Dios quien con su juicio inescrutable determina lo que es bueno para la salvación del alma,  aun cuando ésta se revele. Dios determina, al alma acepta o rechaza, no cuestiona la voluntad de Dios; esos son los matices, los tonos grises de los que son hablan, que no son más que una forma eufemística de decir: hago lo quiero, porque la voluntad de Dios no  me conviene, ni la acepto. El tono gris indica rechazar la cruz del Señor que envía al alma para su santificación, es acomodar la voluntad divina a al hombre, tentación siempre presente en el hombre pecador.

Los mandamientos de Dios son claros, no existen matices en ellos, ni tonos grises. Dios es preciso, conciso y sabio; los mandamientos son la manifestación de su poder,  sabiduría y  misericordia; pues sólo Él conoce el alma humana, su debilidad y miseria, e imposibilidad propia de salvarse, por lo cual, los mandamientos son el medio para la salvación del alma, el camino que Dios ha dado al hombre para que no pierda eternamente su alma. Son manifestación de la voluntad de Dios, y lo que Dios quiere, porque así lo quiere, no puede más que ser muy bueno para el alma. Los matices y tonos grises, que son manifestación de la voluntad humana, no pueden por menos que ser muy perjudiciales para la salvación del alma.

Aceptar la voluntad de Dios es el camino ineludible para la salvación del alma. Guárdate de pecar, no sea que te suceda algo peor, nos dice el Señor. La advertencia es clara, no ofrece dudas, y el medio para ello es el cumplimiento de la voluntad de Dios, es aceptar lo que Dios nos envíe. Bien me ha estado ser humillado para aprender tus mandamientos (Sal. 118, 71); que hermoso versículo para meditar nuestra relación con Dios,  su santa voluntad y nuestra actitud hacia ella. Nuestra respuesta no ofrece dudas, o es de aceptación o de rechazo. ¡Cuántas veces nos humilla el Señor por nuestro bien! Para que aprendamos a hacer su voluntad, a que cumplamos con sus preceptos. Dios no se echa atrás una vez pronunciadas sus palabras, que han de cumplirse como palabra de Dios, pues todo lo que Dios nos ha dado es saludable para el alma, y mira por encima de todo a su salvación eterna.

Con cuánta aflicción sentimos las penalidades corporales y tan poco las espirituales. No debemos tanto sentir los trabajos de esta vida cuanto los pecados. Si conociéramos y ponderásemos bien la gravedad de nuestras culpas, todo sufrimiento nos parecería pequeño, y diríamos aquello del santo Job (33,27): He pecado, he delinquido, y no recibí el pecado merecido. Palabras que deberíamos tener siempre en el corazón y decirlas muchas veces con la boca: Pequé Señor, y verdaderamente he hecho el mal a tus ojos, pero no me has castigado como merecía mi pecado. Todo es nada cuanto podemos padecer en esta vida en comparación de lo que merece un solo pecado mortal.

Queridos hermanos, aceptemos la voluntad de Dios en nuestras vidas, es decir digamos en todo momento y lugar: SI. Si a tu santa voluntad Señor mío, sí a la cruz que me has enviado; sí, a las penalidades que sufro; sí, al cumplimiento de tu mandamientos. SI a la salvación de mi alma. NO a ningún matiz, ni tono gris, que no es de Dios, si no del hombre.  No caigan en la tentación de querer librarse de la voluntad de Dios y optar por un camino intermedio, ese tomo gris, porque el mal caerá sobre el alma, oscurecerá el entendimiento y no verá el camión de salvación, andará a oscuras, y el precipicio le está esperando al final.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.