En la primera semana de octubre, el calendario litúrgico nos pone ante los ojos a tres religiosos: una carmelita, un franciscano y un cartujo. Mejor dicho: a la más célebre carmelita de nuestros tiempos, al fundador de los franciscanos y al de los cartujos. Santa Teresita del Niño Jesús, San Francisco de Asís y San Bruno de Colonia. Cada uno de ellos nos recuerda de un modo particular el seguimiento radical de Cristo en la pobreza, la castidad y la obediencia. En el silencio, la soledad y la penitencia. En la contemplación, la liturgia y la caridad fraterna. «No pongáis nada ante la obra de Dios», es decir, de la sagrada liturgia, decía San Benito de Nursia, que dijo igualmente que no se debía anteponer nada al amor a Cristo. ¿Dónde se sigue dando este testimonio radical de la primacía y centralidad de Cristo?

El Señor me ha bendecido a lo largo de la vida permitiéndome visitar numerosos monasterios tanto en Europa como en los Estados Unidos en los que hombres o mujeres viven la vida religiosa en su plenitud: liturgia solemne cantada, un horario sacrificado, ayuno y abstinencia, abundante estudio y lectio divina, trabajo manual y todo lo demás. 

En muchos casos, los frailes y las monjas llevan una vida que en esencia no se diferencia mucho de los padres del desierto y las anacoretas de la antigüedad. Se puede decir que el mundo actual, cada vez más complejo y confuso, no les dice nada. Y tienen razón: el mundo sólo podría hablarles morbosamente y con lujo de detalles del mundo, la carne y el demonio, mientras que ellos buscan el Cielo, la gracia y Dios, tanto para ellos como para los demás. No tienen necesidad de estar al día,  participando con los demás que se ajetrean en frenético deseo de que los tengan en cuenta, de estar a la altura de los tiempos, en la vanguardia. En realidad, es el mundo el que necesita con urgencia a los religiosos, el que necesita su oración y su paz. Al pasar inadvertidos y no destacar con su oración y penitencia diarias, poseen el bálsamo que sana a las víctimas del cambio inexorable, de la actividad frenética e incapacitante autocomplacencia.

Las mencionadas visitas han hecho mucho más que impresionarme. Han transformado mi concepto de lo que verdaderamente importa en la vida. Y en la Iglesia.

Mientras me asomaba a la vida de unos cristianos para los que la Eucaristía, pan de los ángeles bajado del Cielo, es la verdadera fuente y culmen de su ser y su fuente de alegría, comencé a percibir en qué medida ha supuesto una gran catástrofe la muerte de la vida religiosa en el periodo postconciliar. En los monasterios y casas profesas, de la noche a la mañana se arrinconaron costumbres que se observaban desde hacia siglos; los hábitos fueron modificados o abandonados; las oraciones de cada día se redujeron drásticamente o se sustituyeron por novedades insulsas; la Santa Misa perdió su espíritu contemplativo, desagradándose con experimentos arbitrarios y subjetivos; Lugares que habían sido epicentros de devoción en ciudades, provincias y países ya no pudieron brindar a los laicos sedientos la concentración en el rezo y la claridad de visión que ansiaban. Quienes han visto las estadísticas saben que lo que sucedió: en pocos años, la vida monástica se vino abajo en casi todas partes y millares de religiosos abandonaron su profesión. Y congregaciones y órdenes enteras desaparecieron de sobre la faz de la Tierra.

Si bien una cantidad muchísimo mayor de fieles se ha visto gravemente afectada por las innovaciones y desviaciones tanto a nivel de parroquia como de diócesis, la pérdida de la vida cristiana en su plenitud, como se vivía en los conventos, conformándose en todo con Cristo Sumo Sacerdote y Víctima, ha supuesto un golpe de consecuencias cataclísmicas asestado al corazón mismo del Cuerpo Místico de Cristo en la Tierra. Si la oración es el oxígeno del alma, como dijo en una ocasión el padre Pío, con el colapso de la vida monástica ha sido una especie de hipoxia en la corriente sanguínea de la Iglesia. Con frecuencia se ha dicho que la vitalidad externa y misionera de la Iglesia guarda proporción directa con la vida contemplativa oculta en su interior, del mismo modo que la salud que refleja el rostro depende de la salud del corazón.

Precisamente porque en otro tiempo la Iglesia tenía certeza de lo cierta que es esa inquebrantable relación entre actividad y contemplación, entre trabajo y oración, entre lo externo y lo interno, Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz es copatrona de las misiones junto con San Francisco Javier, que bautizó a cientos de miles de paganos. Esto nos da a entender que no puede haber javieres si no hay florecitas de Jesús.

Tenemos la bendición de vivir en los comienzos mismos de la fase inicial de recuperación, conforme aumenta lentamente el número de comunidades religiosastanto de frailes como de monjas por la misericordia de Dios a pesar de grandes persecuciones (o de sus equivalentes eclesiásticos). Que el Señor, que ama el fruto de la vida retirada, la perla de la contemplación celestial, el ardiente sol de la justicia interior, tenga misericordia de nosotros y nos salve. A Él, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ofrecemos la gloria ahora y por los siglos de los siglos, amén.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

Peter Kwasniewski
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado seis libros, el último de ellos, Noble Beauty, Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages (Angelico, 2017).