Los enemigos de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo, hoy continuamente ofendida, para fundamentar su posición recurren a las palabras pronunciadas por el mismo Salvador sometido a juicio ante Poncio Pilatos: «Mi reino no es de este mundo«. (cfr. San Juan, XVIII, 36)

Es necesario entonces hacer algunas aclaraciones exegéticas para mostrarles que, con una lectura cuidadosa, esas palabras del Señor no hacen más que afirmar lo que ellos pretenden negar. Regnum meum non est de hoc mundum, leemos en el Evangelio de San Juan, y poco después, regnum meum non est hinc -«… mi reino no es de aquí» (cfr. ib. 37). La preposición de como el adverbio hinc indican no una pertenencia sino una procedencia. Por lo tanto, la traducción más correcta sería: mi reino no es de este mundo, mi reino no es de aquí. De acuerdo con la explicación que nos dan San Agustín y San Juan Crisóstomo, estas palabras deben ser interpretadas y explicadas de este modo: mi poder y la autoridad por la cual Yo soy Rey, dice el Señor, no tienen su principio y su origen en la elección de los hombres o en causas temporales. Sus orígenes están en otro lugar: se remontan a mi Padre Eterno. Los reinos de la tierra obtienen su fuerza del número y de la capacidad de sus súbditos; mi reino celestial tiene fuerza en sí mismo. En otras palabras, diciendo Regnum meum non est de hoc mundum, «Mi reino no es de este mundo» (San Juan, XVIII,36), el Señor simplemente muestra que su poder no está sujeto a las vicisitudes comunes a todos los reinos que tienen sus raíces en la tierra, sino que, al descender del cielo, su reino es eterno e inmutable. El Señor no dijo: «Mi reino no es propiamente de aquí» sino, según el original en latín y griego, «Mi reino no es de aquí abajo«. De hecho, no hay duda de que su reino está en este mundo hasta la consumación de los siglos, reino mucho más grande y poderoso de lo que Pilatos habría imaginado y que sus actuales enemigos creen que pueden destruir, Él es y siempre será el único rey divino.

El reino de Cristo es de hecho indestructible porque se fundamenta en su unión hipostática, o sea en su unión con la divinidad. Pío XI en la Encíclica Quas primas afirma que «es necesario reivindicar a Cristo hombre, en el verdadero sentido de la palabra, el nombre y los poderes del rey«; de hecho, solo en cuanto hombre puede recibir del Padre «el poder, el honor y el reino«, ya que como Verbo no puede sino tener en común con el Padre todo lo que es propio de la divinidad. En consecuencia, «Él tiene el imperio supremo y absoluto sobre todas las cosas creadas» (ibid.). San Cirilo de Alejandría afirma muy bien que «Cristo posee soberanía sobre todas las criaturas, no arrancada por la fuerza ni quitada a nadie, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza» Este principado llega a Cristo por su unión hipostática. Lo que significa que «Cristo no sólo debe ser adorado en cuanto Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además, los unos y los otros están sujetos a su imperio y le deben obedecer», porque «por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre todas las criaturas «(ibid.).

Al respecto, las palabras inmortales de San Agustín suenan como una invitación indeclinable al arrepentimiento, dirigida ya no más al mundo, sino a esa jerarquía de la Iglesia que parece querer descoronar a Cristo de su título de rey absoluto. «¿Qué gran cosa fue para el rey de los siglos hacerse rey de los hombres? […] Que el Hijo de Dios igual al Padre, el Verbo por quien todas las cosas fueron hechas, haya querido ser rey de Israel es una condescendencia, no una promoción, es una señal de misericordia (para nosotros) no un aumento de poder (para Él). Él, de hecho, que fue llamado en la tierra rey de los Judíos es en el Cielo el Señor de los Ángeles«. En otras palabras, descoronar a Cristo no constituye un perjuicio para Él, que es y permanece Rey del cielo y de la tierra, sino para nosotros. «Erraría gravemente –escribe aún Pío XI– quien negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confirió un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio«. Si este error es entonces inyectado en las venas del Cuerpo Místico de Cristo por aquellos que deberían vencerlo, entonces estamos en la apostasía.

En la fiesta de Cristo Rey -providencial y simbólicamente- ha terminado el Sínodo de la Amazonía, casi entronizando ídolos paganos monstruosos y vulgares, allí donde era necesario reafirmar la realeza absoluta de Cristo sobre el tiempo y la historia, sobre la Iglesia y sobre el mundo. Parece que los Padres sinodales, por primera vez despojados en el Aula Sinodal de sus insignias, despojándose, ellos sí, de su dignidad, comandados por el Obispo de Roma quisieron repetir el grito que se escuchó hace dos mil años en Jerusalén: «¡No queremos que reine sobre nosotros!» (Lucas 19:14). Pero el reino de Cristo es eterno e indefectible porque, a pesar de estar en este mundo, no tiene su origen en él, sino en el cielo. Y -ahora como entonces- aquellos que intentan oponerse no hacen otra cosa que realizar los designios de la sabiduría eterna, la cual todo dispone para la gloria de Cristo: toda aparente derrota precede a un triunfo más glorioso. Ellos son instrumentos sin saberlo de un plan eterno que los domina, y merecen, además de nuestra firme resistencia y debida reparación, más nuestra compasión fraterna que nuestra ira, ya que a sus discípulos, Cristo Rey, sigue diciéndoles: «Tened confianza, Yo he vencido al mundo» (San Juan 16:33), pero él repite a sus enemigos:«Todo el que cayere sobre esta piedra (que es Él mismo) quedará hecho pedazos; y a aquel sobre quien ella cayere, lo hará polvo «(LC. 20,18).

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