ADELANTE LA FE

Sólo pesca el que hace la voluntad de Dios

Él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis, La echaron, pues, y ya no  podían arrastrar la red por la muchedumbre de los peces.  Jn. 21.6.

Queridos hermanos, conocen el relato evangélico. Los discípulos no pescaron nada durante la noche, pero bastó obedecer al Señor para tener una pesca abundante y de peces bien hermosos, como no podían imaginar. La razón es simple: obedecieron al Señor. La razón de vivir según la voluntad divina es hacer la voluntad de Dios, no es otra vía u opción. Quien hace la voluntad de Dios le irá bien, dará frutos en su vida, eso sí, no como lo espera el mundo sino como lo espera Dios.

Hoy en día en la Iglesia se nos habla de forma insistente de que hay que arriesgarse, de que hay que ser originales, de que hay que ser creativos, y de cuantas cosa más que nada tienen que ver con la voluntad del Dios, sino con las ocurrencias humanas. Sólo pesca al echar la red quien hace la voluntad de Dios, quien se niega a sí mismo, quien no deja de aspirar a lo alto, quien con gozo lleva la cruz que el Señor le envía. La pesca abundante es la vida eterna, ese es el sentido de esta pesca; los pescados grandes que se recogieron, y que eran un número determinado, representan a los que se salvan; porque sólo se salvan los que obedecen la Palabra de Dios y echan la red dónde Él dice. Más, pobres infelices de los que crean que hay que ser creativos, originales, arriesgados, porque en las cosas de fe y de la salvación del alma sólo se puede ser obediente, humilde, sencillo.

Cuando ya no se predica el cumplimiento de la Ley de Dios,  sino que  vemos a nuestro alrededor una constante, y  en aumento, intoxicación de errores, falsedades, sacrilegios, herejías, por parte de clero y Jerarquía eclesiástica, sólo cabe esperar una pesca fallida, estéril, nada. La red vacía, completamente vacía, eso sí, llena de creatividad, originalidad, idiotez y mediocridad; vacía de la verdad de Cristo, de su Palabra, de salvación de alma. Una red llena de inmundicias humanas, de debilidades de la carne, que los mismos protagonistas de sus debilidades airean con orgullo. Qué se puede esperar de un sacerdote, de un Obispo, que se enorgullecen de su pecado, qué se puede esperar  de una Iglesia que permite que se ensalce el pecado, sólo una pesca vacía, una pesca estéril, una pesca sin esperanza de peces, un esfuerzo sin fruto para la salvación del alma, sólo para su condenación.

Los apóstoles estuvieron pescando durante la noche sin éxito, más al aparecer el Señor al clarear el día, la pesca fue exitosa. Es decir, no hay fruto en la oscuridad del pecado, no hay fruto de vida eterna cuando el alma está en las tinieblas de la carne, dominado por las propias pasiones, cuando ya no es señor de ellas, sino esclavo y servil servidor. Sólo el esplendor del día, la santidad, la fidelidad a la Palabra de Dios, el gozoso sufrimiento del peso de la cruz, da lugar  a la pesca milagrosa; porque es el Señor el pescador, y no nosotros humildes siervos inútiles incapaces de nada, de nada útil sino es el mismo Jesucristo quien nos inunda con su Verdad.

El hombre que cree que puede algo, que cree que sabe algo, que cree que es creativo y original, que arriesga, es el hombre fracasado incapaz de pescar absolutamente ni un pequeño pez. No es más que un inútil incapaz de dar el menor fruto de vida, de la verdadera vida en Cristo.  Posiblemente el mundo le jaleará, y ensalzará, pero es el mundo que rechaza la Luz de Dios que está en él. Sólo pesca el que haciéndose como niño vive en la voluntad de Dios, el que hace de la Palabra de  Dios su alimento de vida.

Las mismas consignas se nos repiten una y otra vez, las consignas de la creatividad, de la originalidad,  del arriesgarse, más para qué. Ser creativos para qué, a qué creatividad se refieren y de qué creatividad hablan. Para qué, con qué fin. Lo mismo nos preguntamos con respecto de la originalidad, del arriesgarse, para qué, con qué fin.

Estamos ante un vocabulario medido y bien pensado, no puesto al azar, sino con un fin. Introduciendo palabras nuevas, dejando de decir las tradicionales, introducen conceptos e ideas nuevas sin decirlo con claridad. Palabras nuevas para nuevos conceptos. Palabras nuevas para una fe irreconocible en la tradición. Palabras nuevas para una nueva forma de vivir, ya no según la voluntad de Dios, sino la del hombre pecador y carnal, según el mundo que dicta las normas, que ejerce la autoridad. Porque la autoridad se ejerce, sino la quiere ejercer la Iglesia, lo hará el mundo imponiendo sus normas pecaminosas.

Obedecer al Señor, obedecer su autoridad incuestionable es pescar con éxito, como hicieron los apóstoles, que no rechistaron cuando el Señor les ordenó que volvieran a echar de nuevo las redes. La obediencia de los apóstoles les supuso la recompensa a su trabajo infructuoso durante toda la noche. Ellos no fueron ni creativos, ni arriesgados, ni ocurrentes, ni originales, fueron obedientes,  y su obediencia dio sus frutos.

Queridos hermanos, téngalo en cuenta: palabras nuevas y ocurrentes que hablan por sí solas y no hablan nada bien, pues en nada les llevan a la obediencia a la Palabra de Dios, sino al contrario, a cuestionarla. Pueden echar las redes en sus vidas siguiendo esas novedosas palabras y expresiones, y no pescarán nada. Pueden echar las redes en sus vidas obedeciendo la Palabra de Dios y pescarán abundantemente.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.