¡Ha resucitado el Señor verdaderamente. Aleluya!

Este es el anuncio que, salido del seno virginal de nuestra Madre, la Iglesia Santa, llena el mundo; pues resuena hasta los confines de la tierra. Y es el grito –jubiloso, alegre, sonoro, cierto, feliz- que cambió el mundo, porque cambió a las gentes.

A la filípica –amorosa y amante de las almas- de Pedro en Pentecostés, que la liturgia de la Iglesia nos está  presentando en las  Misas de estos días de la  Octava de Pascua –A Jesús, el Nazarenoa éstevosotros le matasteis clavándole en la Cruz…; a éste, pues, Dios le  resucitó-, preguntan los oyentes, con el corazón compungido…: ¿qué hemos de hacer, hermanos?. Y Pedro, con  la fuerza del Espíritu Santo, que lo ha sacado con los demás del Cenáculo, donde estaban recluidos y a la espera, junto a María, les dirá: ¡Convertíos, y que cada uno de vosotros se haga bautizarpara remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo!. Y aquel día fueron bautizados unas tres mil almas (Cf. Hch 2).

Su arrepentimiento, con el Bautismo al que acuden, les cambia la vida para siempre. San Lucas lo cuenta radiante: Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. Y el Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar (cf. Ibíd.).

De hecho, y a continuación, los Hechos de los Apóstoles, nos narran la curación de un tullido de nacimiento que pedía limosna a la puerta del Templo, por obra de Pedro. Y tras el discurso que pronuncia ante el gentío que se ha congregado frente a él –Jesús, a quien vosotros entregasteis y matasteis… Dios le resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello. (…) Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados… apartándoos cada uno de vuestras iniquidades. Y ese día se convirtieron unos cinco mil (Cf. Ib., 3).

¡Ha resucitado verdaderamente! Sí, es la VERDAD. Por eso creemos; y no al revés. La Fe es un don de Dios, cierto. Pero sus contenidos “tienen los pies en el suelo”: son absolutamente verdaderos, y no pueden ser de otra manera. Por dos motivos: el primero, porque la verdad es como es, y  no es ni puede ser de otro modo; el segundo: porque nos lo ha contado el mismo Dios –la REVELACION-, que, por definición, “ni puede engañarse ni engañarnos”.

Esto es precisamente lo que diferencia la Fe de lo que no lo es. Por ejemplo, de “las creencias”, que nunca serán Fe. Las “creencias” sirven a los “mitos”, nunca a la REALIDAD a la que sustituyen; y menos a la VERDAD, a la que nunca alcanzan. No digamos de las “opiniones”, que todas son “según  el color del cristal con que se mira”, como ya dijo el clásico.

Sabemos que JESUCRISTO HA RESUCITADO porque nos lo dicen los TESTIGOS de todo lo que había sucedido esos días en Jerusalén, empezando por los APÓSTOLES, que se hacen eco desde el primer momento –comprometiéndose, y de qué manera- con el hecho de que el Señor los ha tomado como sus testigos : Vosotros sois testigos de estas cosas (Lc 24, 48). Y lo cumplen desde el minuto cero ya desde Pentecostés.

Nos lo “dicen” también aquellos a los que se dirige Pedro en sus dos primeros discursos en Jerusalén: a la gente congregada a las puertas del Cenáculo en Jerusalén, les habla de lo que han hecho –han crucificado a Jesucristo, como vosotros mismos sabéis (Hch 2, 22)- para que sean conscientes de la burrada que han cometido, se arrepientan y crean. Y lo hacen. Por eso preguntan: ¿Qué hemos de hacer hermanos?

Lo más asombroso del asunto es que no reaccionan, como sería lo lógico,  haciéndoles lo mismo a los Apóstoles –crucificarlos sobre la marcha-, sino que asumen su crimen. Y se arrepienten, y se bautizan.

Nos lo “dicen”, aún a su pesar, los principales entre los fariseos y los escribas y demás gerifaltes cuando, reconcomiéndose en su orgullo, se presentan ante los Apóstoles y les prohíben seguir hablando y predicando el nombre de Jesús, amenazándoles seriamente. Amenazas que pondrán diligentemente en práctica, a la vista de que los Apóstoles no les hacen ni caso, porque juzgad vosotros si hay que obedecer antes a Dios o a los hombres.

Nos lo dicen finalmente –y de qué modo tan sobrecogedor y tan edificante- todos los mártires que han sido, que lo son a día de hoy, y que es muy probable que los siga habiendo en el futuro.

Y junto a los mártires, los innumerables santos que ha dado la Iglesia. Y las Conversiones, continuas a los largo de la Historia: esta última Vigilia Pascual: 3790 adultos en Francia; 3500 en Hong-Kong.

Y las Obras de Misericordia, que se derraman sobre millones de personas en todo el mundo, generación tras generación… porque por sus frutos los conoceréis.

Nada de esto sería posible sobre una mentira. Porque, como dice el refrán, “las mentiras tienen las patas cortas”, y “antes se coge a un mentiroso que a un cojo”. Nadie entrega su vida, pudiendo salvarla, por una mentira.

Por  todo esto, la Resurrección del Señor sigue siendo un anuncio actual, porque sigue siendo actual: se sigue realizando.  Los hombres –dentro y fuera de la Iglesia, aunque de distinto modo lógicamente- siguen “encontrándose” -lo quieran o no, lo busquen o no, lo acepten o no, se lo planteen así o no- con el Amor que Dios nos tiene.

Un Amor total, visible por realizado en la Cruz, un Amor hasta el extremo, porque nadie tiene amor más grande que el de dar la vida por los suyos. Un Amor que sabemos de Dios, porque ha muerto y ha resucitado porque/cuando quiso.

Padre José Luis Aberasturi y Martínez