Queridos hermanos,  ante la pregunta de ¿por qué hay tanto sufrimiento y dolor en el mundo?; de ¿por qué el niño pequeño muere de cáncer, o fallece la madre dejando a cinco hijos pequeño?; o de ¿por qué el terremoto que ha segado la vida de familias enteras?; o ¿por qué los asesinos terroristas siembran tanto dolor? La respuesta de muchos, y por lo general, es el silencio, o bien contestan que estamos ante un misterio, el misterio del sufrimiento y del dolor.

Y a la pregunta de ¿por qué si Dios es Bueno y Misericordioso permite tanto sufrimiento? La respuesta es la misma. Nos inquieta esta pregunta y nos desconcierta responder. No nos sentimos seguros, estamos intranquilos, sin saber qué responder de forma convincente. En realidad no sabemos qué responder.

Queridos amigos, ¿y si la respuesta fuera la siguiente?:

Porque Dios no encuentra entre los ministros de Su Iglesia quien quiera ayudarle.

¿Por qué no encuentra entre los ministros de Su Iglesia quien quiera ayudarle? Porque parte de Sus Pastores están a las cosas del mundo, y muchas funciones propias del sacerdote están en manos de laicos. Son laicos los que van a visitar a los enfermos y llevarles la Sagrada Comunión. Son laicos los que en muchas iglesias administran la Sagrada Comunión en la Santa Misa, los que exponen el Santísimo Sacramento. El Señor no cuenta con sus ministros y los fieles se quedan sin la ayuda del Señor a través de ellos. Esa falsa participación de los laicos va en detrimento de ellos mismos, sin saberlo.

Porque no  encuentra sacerdotes que bendigan en Su Nombre al enfermo, o al apesadumbrado en el alma, para sanarlos; que bendiga los efectos meteorológicos para calmarlos y frenarlos; porque no bendicen contra el mal para aniquilarlo.

Porque no encuentra ministros suyos que quieran bendecir constantemente en Su Nombre, y en Su Nombre sanar el cuerpo y el alma, parar el terremoto e inmovilizar la mano del asesino.

Los fieles no piden la bendición al sacerdote porque no lo reconocen cuando se cruzan con él por la calle, porque la mayoría de los sacerdotes visten como el mundo y ya los fieles no pueden decirle: ¡Padre, deme la bendición!, y así santificar el día en el Señor.

Nuestro Señor está muy solo. En el Calvario siguen únicamente Su Santísima Madre y el discípulo amado, pero nadie más. No encuentra quien quiera acompañarle al pie de Su Santa Cruz. Muchos de sus ministros son comensales que se dirigen a la mesa de la comida, sustituyendo lo Sagrado por liturgias teatralizadas, pero no hostias vivas que se dirigen al altar del Santo Sacrificio de la Misa.

Necesita sacerdotes crucificados con Él en la Santa Cruz, despreciando al mundo, pero encuentra muchos más cómplices de lo mundano y de sus vanaglorias.

Dios quiere aliviar el sufrimiento pero muy pocos le siguen en el camino de la Cruz, con los medios que Dios ha dejado a su Iglesia para la sanación del alma y del cuerpo, y para librarnos de los peligros.

El poder de la bendición del Sacerdote, es el Poder de Dios. Es el mismo Dios Todopoderoso quien bendice cuando lo hace el sacerdote, es el poder de la bendición sacerdotal que alivia, sana, para terremotos y paraliza a los asesinos.

El poder  de los Santos Sacramentos, en particular Sagrada Eucaristía y Penitencia. ¡Cuánto sana al alma, y también al cuerpo, una buena, completa  y dolorosa confesión de los pecados!; y ¡una Santa Comunión!

El poder de la oración del sacerdote, cuando sabe ser  simple instrumento del Santo y Divino Espíritu de Dios, es el Poder del mismo Dios que actúa sobre la persona o persona por las que ora.

El poder de los sacramentales, como el agua bendita, poderosa arma contra el maligno.

Pero, si ya no bendice el sacerdote, si ha desacralizado los Santos Sacramentos y despreciado el agua bendita, -ya no existe en las iglesias como ha sido tradición-, ¿cómo podrá Dios ayudar al necesitado, al que sufre, sino tiene quien le ayude? Él nos ha dado Sus medios de alivio del sufrimiento, y no le ayudamos.

Pero el mayor medio de sanación y curación, el mayor medio para frenar los efectos de la naturaleza y para destruir el mal es el Santo Sacrificio de la Misa. Pero, ¿qué hemos hecho del Santo Sacrificio del Calvario? ¿En qué lo han convertido una grandísima mayoría de los ministros del Señor? Si todos los sacerdotes, como hostias vivas nos dirigiéramos al altar del Sacrificio, como la Víctima Inocente al matadero, si nos dirigiéramos como ofrendas listas a inmolarse por la Gloria de Dios y bien de su Iglesia y del mundo, no nos preguntaríamos por qué hay sufrimiento en el mundo.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.