Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales. Naturalmente, en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la Verdad completa (Jn. 16, 13), es decir, cuando nos introduzca plenamente en el misterio de Cristo y podamos ver con toda su mirada… (AL.3).

Queridos hermanos, en el punto nº 3 de la Exhortación postsinodal leemos que el tiempo es superior al espacio, haciendo referencia a lo que dice la Evangelii Gaudium 222:

Hay una tensión bipolar entre la plenitud y el límite. La plenitud provoca la voluntad de poseerlo todo y el límite es la pared que se nos pone delante. El tiempo, considerado en sentido amplio, hace referencia a la plenitud como expresión del horizonte que se nos abre delante, y el momento es expresión del límite que se vive en un espacio acotado. […].De aquí surge un primer principio para avanzar en la construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio.

Pero, ni el tiempo es superior al espacio, ni el espacio es superior al tiempo. Tiempo y espacio no son nada ante Dios. Porque Dios, Uno y Trino lo es todo, lo llena todo. El mismo día a día, ese momento, al que hace referencia la EG 222 como expresión de límite, es un momento de Dios, para vivirlo en Dios. El alma cuando no vive en Dios se siente constreñida en su momento, en su espacio. Pero la realidad divina la libera de todo límite y la hace vivir en la plenitud constante e infinita que es Él.

Es verdad que Dios ha querido usar el tiempo, pero ha sido para hablar con su criatura. Nos ha querido hablar para introducirnos en su misterio trinitario, para que de tal forma la criatura lo conozca y se asombre de  que ya no pueda guiarse ella a sí misma, sino que es  Dios quien es todo en ella.

Sólo se puede construir en la Verdad de Dios, sólo se puede avanzar en Su Verdad, sólo se puede salir del error viviendo la Verdad de Dios, Uno y Trino. El único principio necesario para construir es: Amarás a Dios sobre todas las cosas, primer mandamiento; y con él todos los demás.

Esta es la Verdad: Dios, Uno y Trino comunicándose las Tres Divinas Personas a sus criaturas para introducirlas en Su sagrada intimidad.

El Padre nos habla. Este es Mi Hijo, el  amado en quien tengo puestas todas mis complacencias (Mt. 3, 17).

El Hijo dice: Nadie puede venir a mí si no lo atrae no lo trae el Padre que me ha enviado (Jn. 4, 44).

El Espíritu Santo ilumina a la criatura que es voluntariamente atraída hacia el Hijo confirmándola en lo que dicen Padre e Hijo.

Volviendo a la Exhortación postsinodal, vemos que lo que dice el punto nº3 se sustenta en la afirmación de que el tiempo es superior al espacio, confusa y enrevesada frase, que por no ser cierta  sólo puede llevar a confusión todo lo que a partir de  ella se diga: que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales.

Nuestra fe católica es fruto de las intervenciones magisteriales que han preservado la Verdad de Dios del error. La fe que profesamos es consecuencia de la intervención de Pedro y sus sucesores que hacen realidad las palabras de Nuestro Señor: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia (Mt. 16. 18). Porque la Santa Iglesia católica sigue edificándose sobre el Papado, que tiene el sagrado mandato de mantenerla   en la Verdad de Dios Uno y Trino, en la Verdad de la Redención del Verbo encarnado  culminada en el Calvario y que alcanza toda la eternidad.

La unidad de doctrina y de praxis es inherente a nuestra Santa Madre Iglesia. Una sola es la interpretación de la sana y verdadera doctrina, la que nos ofrece el MagisterioSólo hay una interpretación  de la doctrina, la que desde la  divina fe predica la fe divina, que es la verdadera fe que Nuestro Señor ha venido a darnos y a enseñarnos; a infundirnos y a explicarnos. A regalarnos para que produzca frutos abundantes en nosotros, en Su Santa Iglesia.

No hay más Verdad que la que hemos recibido en la tradición y el Magisterio de la Iglesia nos muestra y enseña. La Verdad que en actos solemnes, o no, de Magisterio eclesiástico se ha definido. No hay más Verdad que la Palabra de Dios que la tradición y Magisterio nos muestran.

En nuestra Santa Madre Iglesia no ha habido,  ni hay, ni habrá diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina, porque la autoridad es una y de ella emana una sola interpretación. La autoridad está en la Jerarquía que unida al sucesor de Pedro vela por la recta interpretación de la Verdad, de la fe católica, apostólica y romana.

La Palabra Dios es clara con respecto a las  relaciones adúlteras, a las relaciones homosexuales, al concubinato, y clara es la  enseñanza de la Iglesia, fidelísima a la Palabra de  Dios, a la Ley de Dios. Nadie está obligado a seguir las enseñanzas que se  separan de la Verdad de Dios, de la Ley de Dios, de la Verdad de la Iglesia. Somos responsables de nuestra propia salvación. Nunca nos faltará la libertad para seguir el camino de salvación.

La Palabra de Dios es clara: la mala conducta tiene su castigo. Los buenos son premiados.

Cuando venga Aquél, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oiga y os anunciará lo que ha de venir (Jn. 16. 13).

Aquél, Espíritu de la verdad, el Santo y Divino Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, está en Su Santa Iglesia, la guía, la instruye, la enseña. Tenemos la Verdad infinita, el Misterio infinito de Dios Uno y Trino, fuente inagotable de infinita Sabiduría. Esta es la Verdad de la que vive la Santa Iglesia y enseña en su Magisterio y en su única interpretación. Sólo el conocimiento de la Verdad nos hará libres del error y de la maldad, y nos salvará de la condenación eterna.

Ni el espacio es mayor que el tiempo ni el tiempo mayor que el espacio, porque ni tiempo ni espacio son nada ante Dios. Él el tiempo, Él es espacio, Él es todo, y en Él se vive en plenitud, en la Luz de la Verdad.

En la profundidad  e infinitud del Misterio Eucarístico, en el Santo Sacrificio del Altar, se comprende lo inútil y absurdo del tiempo y del espacio, pues estamos ante el eterno presente del Calvario, donde el Sacratísimo Cuerpo y la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor son testigos de la Verdad de Su Amor infinito  y de la maldad del pecado.

Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la Verdad completa (Jn. 16, 13) AL.3. He aquí la Verdad que ha venido a nosotros, está en el altar. El Cordero Divino que se ofrece al Padre en el Espíritu Santo para la salvación de los pecadores. La Verdad está entre nosotros; cada día  la tenemos en nuestras manos. Pero muchos no son conscientes. Pero la Verdad se sigue mostrando a todos los que quieran reconocerla. Se muestra en la medida que queramos verla, amarla y vivirla íntegramente y santamente. Es la Verdad de Su Sacratísimo Cuerpo y de Su Preciosísima Sangre. Es la Verdad entregada por Nuestro Señor Jesucristo a Su Santa  Iglesia, la Iglesia católica.  Es la verdad de una vida santa, pura, casta, limpia, transparente, que nos preparará para la eterna Verdad que se nos desvelará en toda su infinitud y esplendor en el  Cielo.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.