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Traditiones custodes: una guerra al borde del abismo

Lo que se propone el papa Francisco con el motu proprio Traditionis custodes del 16 de julio de este año es reprimir toda expresión de fidelidad a la liturgia tradicional, pero lo único que conseguirá será que estalle una guerra que concluirá inevitablemente con el triunfo de la Tradición de la Iglesia.

Cuando el 3 de abril de 1969 Pablo VI promulgó el Novus Ordo Missae, su idea de fondo era que en pocos años la Misa Tradicional hubiera pasado a la historia. El encuentro de la Iglesia con el mundo moderno al que Pablo VI aspiraba en aras de un humanismo integral, preveía la desaparición de todo resto de la Iglesia constantiniana. Y el rito romano antiguo, que San Pablo V había restablecido en 1570, parecía destinado a desaparecer después de la devastación litúrgica protestante.

Ningún previsión resultó más desacertada. Hoy en día los seminarios están faltos de vocaciones y las parroquias se vacían, en algunos casos abandonadas por sacerdotes que anuncian que se van a casar y reintegrar a la vida civil. Mientras que los lugares donde se celebra la Misa Tradicional y se predican la Fe y la moral siempre están llenos a rebosar de fieles y son viveros de vocaciones. La Misa Tradicional se celebra con regularidad en 90 países de todos los continentes, y el número de fieles que participan aumenta de año en año, acrecentando tanto la Fraternidad San Pío X como los institutos de Ecclesia Dei surgidos de 1988 para acá. El coronavirus ha contribuido a ese aumento, pues desde que se impuso la comunión en la mano, son muchos los fieles que disgustados con el sacrilegio han abandonado sus parroquias para recibir la Sagrada Comunión en los templos en que se sigue dando en la boca.

Este trasvase de almas ha surgido en reacción a la ausencia de formas de la nueva liturgia, sobre la que escribió Martin Mosebach en su ensayo Eresia dell’informe (tr. it. Cantagalli, 2009). Si autores progresistas como Andrea Riccardi, de la comunidad de San Egidio, lamentan la desaparición social de la Iglesia  (La Chiesa brucia. Crisi e futuro del cristianesimo, Tempi nuovi, 2021), una de las causas de ella es precisamente la incapacidad de la nueva liturgia para captar la atención de los fieles; no es capaz de expresar el sentido de lo sagrado y de la trascendencia. Únicamente en la absoluta trascendencia divina se puede expresar la extrema cercanía de Dios al hombre, como señaló Ratzinger en su libro Introducción al espíritu de la liturgia (Ed. Cristiandad, Madrid 2007)  antes de ser elegido al pontificado. El entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que siempre había puesto la liturgia en primer plano de sus intereses, una vez elegido papa Benedicto XVI promulgó el 7 de julio de 2007 el motu proprio Summorum pontificum, por el que restableció derechos plenos de ciudadanía al Rito Romano antiguo (infelizmente calificado de rito extraordinario), que su bien nunca había sido derogado jurídicamente llevaba de facto cuarenta años prohibido.

Summorum pontificum ha contribuido a la multiplicación de los lugares donde se celebra la Misa Tradicional y a una abundante serie de estudios de alto nivel sobre la antigua y la nueva liturgias. El redescubrimiento de la Misa d siempre por parte de los jóvenes ha estado acompañado de una producción de textos que no sería posible enumerar aquí. Entre las obras más recientes, baste recordar los escritos del P. Claude Barthe, Histoire du missel tridentin et de ses origines (Via Romana, 2016, tr. it. Solfanelli, 2018) y La Messe de Vatican II. Dossier historique (Via Romana, 2018); de Michael Fiedrowicz, The Traditional Mass: History, Form, and Theology of the Classical Roman Rite (Angelico Press, 2020) y de Peter Kwasniewski, Noble Beauty,Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages (Angelico, 2017, tr. it. Fede e Cultura, 2021). En el terreno progresista no ha aparecido ningún estudio que se les pueda equiparar.

El papa Francisco ha reaccionado a este renacimiento cultural y espiritual encargando a la Congregación para la Doctrina de la Fe que envíe un cuestionario sobre la aplicación del motu proprio de Benedicto XVI. Aunque la encuesta era de orden sociológico, las conclusiones que ha sacado Francisco son de orden ideológico. No hace falta realizar un sondeo para ver que las iglesias frecuentadas por los fieles vinculados a la tradición litúrgica están siempre llenas mientras las parroquias normales están cada vez más vacías. En la carta a los obispos que acompaña al motu proprio del 16 de julio, Francisco afirma: «Las respuestas recibidas revelaron una situación que me duele y me preocupa, confirmando la necesidad de intervenir. Lamentablemente, la intención pastoral de mis predecesores, que habían pretendido “esforzarse al máximo para que todos aquellos que verdaderamente desean la unidad puedan permanecer en esta unidad o encontrarla de nuevo”.[12] , a menudo se ha descuidado seriamente». «Me entristece –añade Francisco– un uso instrumental del Missale Romanum de 1962, cada vez más caracterizado por un creciente rechazo no solo a la reforma litúrgica, sino al Concilio Vaticano II, con la afirmación infundada e insostenible de que ha traicionado la Tradición y la verdadera Iglesia». Por eso, «tomo la firme decisión de derogar todas las normas, instrucciones, concesiones y costumbres anteriores a este Motu Proprio».

El papa Francisco no ha considerado necesario intervenir para resolver la grave herida producida a la unidad por los obispos alemanes, que en nombre del Concilio Vaticano II han caído frecuentemente en herejía, pero por lo que se ve está convencido de que el único peligro para la unidad de la Iglesia está en quienes han planteados dudas sobre el Concilio, como también suscitó dudas Amoris laetitia sin que haya respondido jamás. De ahí que el art. 1 del motu proprio Traditiones custodes declare que «los libros litúrgicos promulgados por los Santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, de conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del Rito Romano».

Desde el punto de visto jurídico, la revocación del libre ejercicio de un sacerdote cualquiera en lo que se refiere a celebrar la Misa según los libros litúrgicos anteriores a la reforma de Pablo VI es patentemente ilegítima. El motu proprio Summorum pontificum de Benedicto XVI recalcó que el rito tradicional jamás ha sido abrogado y que todo sacerdote tiene pleno derecho a celebrarlo en cualquier lugar del mundo. Traditiones custodes entiende ese derecho como un privilegio, que como tal puede ser anulado por el legislador supremo. Este modus operandi es del todo arbitrario, porque la licitud de la Misa Tradicional no procede de un privilegio, sino del reconocimiento de un derecho subjetivo de cada fiel, sea laico, sacerdote o religioso. Es más, Benedicto XVI nunca concedió nada; se limitó a reconocer el derecho a utilizar el Misal de 1962, «jamás abrogado», y beneficiarse espiritualmente de él.

El principio que reconoce Summorum pontificum es la inmutabilidad de la bula Quo primum de San Pío V del 14 de julio de 1570. Como señala un eminente canonista, el P. Raymond Dulac (Le droit de la Messe romaine, Courrier de Rome, 2018), Pío V no introdujo nada nuevo, sino que restableció la antigua liturgia y confirió a todo sacerdote el privilegio de celebrarla. Ningún papa tiene derecho a abrogar ni a cambiar un rito que se remonta a la Tradición Apostólica y se ha ido formando a lo largo de los siglos, como la llamada Misa de San Pío V. Lo confirma el gran liturgista monseñor Klaus Gamber en el libro que, en su edición francesa fue prologado el cardenal Ratzinger (La Réforme liturgique en question, Editions Sainte-Madeleine, 1992).

En ese sentido, el motu  proprio Traditiones custodes se puede considerar más grave que la exhortación Amoris laetitia. No sólo eso; el motu proprio tiene efectos canónicos que no tiene la mencionada exhortación postsinodal; mientras Amoris laetitia da a entender que pueden comulgar quienes no tienen derecho a hacerlo, Traditiones custodes priva del bien espiritual de la Misa de siempre a quienes tienen derecho a ese bien irrenunciable, del cual necesitan para perseverar en la fe.

Es evidente el mecanismo ideológico de considerar a priori sectario a todo grupo de fieles ligados a la Tradición litúrgica de la Iglesia. Habla de ellos como si fueran sediciosos a los que hay que vigilar sin criterios de juicio (cf. nº 1, 5 e 6), restringiéndoles el derecho de asociación e impidiendo que los obispos aprueben más, y limitando el derecho propio del ordinario (cf. Código de Derecho Canónico, can. 321, §2). En realidad, hasta ahora los grupos de fieles han surgido espontáneamente y se han hecho portavoces de algunas situaciones ante la legítima autoridad, no es que nunca se los haya autorizado. Considerar necesaria la autorización de un grupo constituye un duro golpe a la libre asociación de los fieles que el propio Concilio propugnaba, como contraviene también el Concilio la disposición que convierte a los obispos en meros ejecutores de la voluntad pontificia.

Traditiones custodes confirma el proceso de concentración de poder del papa Francisco contradiciendo sus continuas invocaciones a la sinodalidad de la Iglesia. Dice que es «exclusiva competencia» del obispo regular el Rito Extraordinario en su diócesis, pero en la práctica el motu proprio (cf. Art.4) limita la discrecionalidad y autonomía del obispo al disponer que no baste su autorización para celebrar la Misa solicitada por un sacerdote diocesano, sino que es necesario pedir el plácet de la Sede Apostólica. Eso quiere decir que el obispo no puede conceder dicha autorización (que nunca ha sido calificada de facultad, por lo que parece ser más que un privilegio) de forma autónoma, sino que es preciso que su decisión cuente con el aval de superiores. Como señala el P. Raymond de Souza, «se prohíben las reglas más permisivas mientras se fomentan las más restrictivas».

El objetivo está claro: eliminar con el tiempo la presencia del Rito Tradicional para imponer el Novus Ordo de Pablo VI como único rito de la Iglesia. Para alcanzar ese objetivo hace falta una paciente reeducación de los revoltosos. Por eso, como se lee en la carta a los obispos, «las indicaciones sobre cómo proceder en las diócesis están dictadas principalmente por dos principios: por un lado, prever el bien de aquellos que están arraigados en la forma de celebración anterior [rito romano antiguo] y necesitan tiempo para volver al rito romano promulgado por los santos Pablo VI. y Juan Pablo II; por otro lado, interrumpir la erección de nuevas parroquias personales, vinculadas más al deseo y la voluntad de los sacerdotes individuales que a la necesidad real del “santo pueblo fiel de Dios”».

No se equivoca Tim Stanley cuando en el Spectator del pasado día 17 lo llamó guerra sin piedad contra el rito antiguo.  (The Pope’s merciless war against the Old Rite). Con Summorum pontificum Benedicto XVI reconoció públicamente que existe una lex orandi de la Iglesia que ningún papa podrá abrogar jamás. Francisco manifiesta por el contrario su rechazo a la lex orandi tradicional e, implícitamente, a la lex credendi que expresa el Rito de siempre. La paz que el motu proprio de Benedicto había intentado garantizar a la Iglesia ha terminado, y Joseph Ratzinger, ocho años después de su renuncia al pontificado, es condenado a presenciar la guerra que ha declarado su sucesor, como epílogo de una tragedia griega.

La lucha se libre al borde del abismo del cisma. El papa Francisco quiere despeñar a sus críticos obligándolos a constituir de hecho, si no de principio, una verdadera Iglesia enfrentada a él, pero él mismo se arriesga a caer al abismo si se empeña en contraponer la Iglesia del Concilio a la de la Tradición. El motu proprio Traditiones custodes es un paso en esa dirección. Salta a la vista la malicia y la hipocresía de quien se propone destruir la Tradición autoproclamándose custodio de ella. Y es evidente también que esto sucede precisamente cuando la Iglesia es devastada por numerosas herejías y errores.

Si la violencia consiste en el uso ilegítimo de la fuerza, el motu proprio de Francisco es un acto objetivamente violento, porque es prepotente y abusivo. Pero se equivoca quien piense que a la violencia ilegítima hay que responder con formas igualmente ilegítimas de disenso.

La única resistencia legítima es la de quien no desconoce el derecho canónico y cree firmemente en la visibilidad de la Iglesia; de quien no cae en el protestantismo pretendiendo hacerse papa en lugar del papa; de quien modera su lenguaje y reprime las pasiones desordenadas que pueden llevarlo a cometer actos temerarios; de quien no cae en fantasías apocalípticas y mantiene un firme equilibrio en medio de la tempestad; de quien, en conclusión, lo cimenta todo en la oración convencido de que Jesucristo, y ningún otro, salvará su Iglesia.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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