ADELANTE LA FE

Trato íntimo con el Señor

Tú cuando ores, entra en tu habitación y cerrada la puerta, ora a tu Padre que ve en lo escondido; y tu padre que ve lo escondido, te recompensará (Mt. 6, 6).

Queridos hermanos, quien no desea tener un trato íntimo con el Señor, sentir su presencia, escuchar lo que ha de decirnos, sentirse, en una palabra, guiado por Él. Quien no desearía poder acudir, con la más simple naturalidad, al Señor y consultarle por tal o cual cuestión, problema, duda, dificultad, y ser atendido y aconsejado. Pues bien,  si no hay un trato asiduo con el Señor, íntimo, personal, afectivo, es por culpa nuestra. El Señor se dirige al alma, quiere hablarle, pero el obstáculo es la propia alma. Sabemos que el Señor puede elegir cualquier medio extraordinario para acercarse al alma, más el método ordinario para allegarnos a Él es la oración mental. Es decir, el trato diario, constante, ferviente de oración personal, donde, si el alma persevera, el Señor se comunica llenando de gozo al alma, e iniciando un trato con ella, único y personal.

Son las pasiones desordenadas las que impiden al alma el trato íntimo con Dios, y si ese trato se inicia, es cuestión de poco tiempo que cese, pues las pasiones toman las riendas del alma arrancándola de la presencia divina. Es la oración mental el medio más adecuado para conseguir un verdadero desprecio al pecado e incluso a los más ligeros defectos; perseverando en ella, se consigue curar las pasiones y los malos hábitos, separar el corazón de las criaturas, y aun de uno mismo; se adquiere, además, la necesaria pureza de conciencia para el trato con Dios, la suficiente tranquilidad del alma para escucharle, la limpieza de corazón para seguir sus mandatos, el recogimiento de espíritu  para meditar en Él, y la humilde confianza para perseverar.

Sólo a través de la oración mental se  puede conseguir el deseado trato con  el Señor, la íntima conversación con Él, la facilidad de tratar con Él, la familiaridad de relacionarse con el Amigo que nunca falla. Se requiere esfuerzo. El Señor espera, quiere saber que su alma verdaderamente le busca, le ansía, y prueba  ello ha de ser que no escatimará esfuerzo; buscará a lo largo del día el momento adecuado para la oración y meditación; perseverará día tras día; superará los escollos de la pereza, tibieza, cansancio, tedio, frialdad, sequedad, hasta que llegue el momento en la vida del alma que ese rato de oración es su felicidad, y, aún más, la oración se ha convertido en la razón de su vida, oculta al mundo, pero la razón de su existencia. Porque aquella oración que se inició tiempo atrás ya se ha convertido en el trato constante con el Señor. Bien podrá uno entender que el Señor es la vida de alma. Muchos lo desean, pero pocos se aplican a ello.

Se necesita esfuerzo y fidelidad en la oración mental; perseverancia y sacrificio; es necesario vencer los malos hábitos y afectos desordenados, no desanimarse ante el deseo de frutos que no llegan, es necesario perseverar. La humildad es la cualidad indispensable para que el alma progrese en la íntima relación con el Señor, y ésta se ha de manifestar en no desear más dulzura que sequedad en la oración, más ilustraciones del entendimiento que oscuridad, sólo ha de desearse lo que Dios quiera. Sin esta condición es imposible avanzar y progresar, el alma caerá en la soberbia y de aquí a la frustración, y al abandono de la oración. Los deleites y gozos que el Señor da en la oración son para gratificar al alma para que persevere y pueda superar la prueba de la aridez; porque el fin de la oración es la relación con Dios en la más profunda intimidad, y para llegar a ese momento, el alma ha de estar perfectamente purificada de todos sus afectos, desasida de todo amor propio, limpia de toda mancha que ensucie el alma, reluciente y pura.

Muchos desean que el Señor “les hable”, y esto es posible para quien realmente lo quiera, depende sólo del alma nada más, y sin embargo qué pocas se aventuran a ello; se desaniman rápido, buscan lo fácil, y eso no es posible. No es posible el trato con Dios y el apego a las cosas del mundo; no puede estar el corazón apegado a la tierra y desear con los labios las cosas del Cielo. ¡Cuántos problemas, sufrimientos, imprevistos, se podrían solucionar con paz si el alma fuera alma de oración! El Señor está presto a hablarnos, guiar nuestras vidas, advertirnos de los peligros y alejarnos de ellos, consolarnos en el sufrimiento, ilustrar nuestro entendimiento para profundiza en Él; hacer que renazcamos de nuevo en el espíritu.

La gracia de Dios está pronto a socorrer nuestra débil naturaleza, para ello no tengamos más voluntad que la Suya, y sólo se puede conseguir en el trato de la oración mental, la cual cada vez será más perfectas en la medida que el corazón irá teniendo más parte que el entendimiento, y el afecto más que el discurso meditativo; y de esta forma el alma va experimentando como avanza en esa relación, en la  que ya el Señor ha tomado las riendas definitivas de la relación, tomando al alma en su seno y haciéndola participe de las delicias divinas.

El Señor nos espera, sólo debemos ir a Él por medio de la oración mental.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.