A pocos días del raid misilístico occidental en Siria, parece cada vez más evidente que ello no ha roto el acuerdo entre Trump y Putin para gestionar las esferas de influencia en el atormentado país del Medio Oriente. Lo que Rusia y Estados Unidos tienen en común es la necesidad de reafirmar su primacía en el plano internacional, erosionado en los últimos decenios, pero haciéndolo de tal forma que permita gestionar las divergencias, según el acuerdo firmado en el G20 de Hamburgo, en julio de 2017.

Cada una de las dos potencias persigue sus propios “intereses nacionales“. La síntesis National Defense Strategy 2018 firmada por el secretario de Defensa norteamericano, Jim Mattis, esclarece que la primera preocupación en materia de seguridad nacional de los Estados Unidos no es más el terrorismo, sino la competencia estratégica entre los Estados. Y entre Rusia y China, los dos principales actores, junto con los Estados Unidos, en el ámbito internacional, Trump considera a China como el adversario más terrible y busca un acuerdo con Putin para impedir que se selle una alianza ruso-china en clave anti-norteamericana.

El objetivo del raid, que se ha limitado a una espectacular operación quirúrgica, no era por lo tanto de derrocar al régimen de Assad, protegido de Moscú, sino el de reforzar la imagen de los Estados Unidos. Trump convenció al presidente francés Macron y a la primer ministro británica May a realizar un acto demostrativo, sin provocar daño a las fuerzas rusas, obteniendo a cambio la no interferencia de Moscú.

Lo observa en La Verità del 17 de abril el analista Carlo Pelanda, al escribir que «la acción militar alidada es vista como un test de convergencia para definir no solo los límites entre las respectivas áreas de influencia, sino también el tipo de comportamiento recíproco para estabilizar las relaciones». «Dado que los sirios usan cotidianamente el (cloro) para frenar la resistencia en zonas urbanas donde la reconquista con combates casa por casa costaría demasiado –continúa Pelanda– fue fácil montar un caso de ´guerra justa´ para exhibir la nueva determinación estadounidense de recurrir a las armas. En síntesis, la estrategia norteamericana es la de recrear la propia esfera de influencia global imitando a la rusa y desestabilizando la china recurriendo más al bastón. Moscú no tiene ni la posibilidad ni el interés –también porque debilita el proyecto euroasiático chino visto con temor por Rusia – contraria a esta estrategia, a condición de poder mantener la propia esfera de influencia».

El éxito de un acto demostrativo está vinculado no obstante a su efecto mediático y, en este caso, no parece que haya sido tan halagador para Trump. Entre los resultados imprevistos está, por ejemplo, el de haber producido en el centro-derecha italiano una importante fisura que no será fácil de recomponer.

Junto con este peligroso juego, se vislumbra por otra parte el verdadero enfrentamiento en Medio Oriente, que es aquel entre Irán e Israel, con Turquía que hace el juego de Irán pero permaneciendo paradójicamente miembro de la NATO. No se puede excluir que la política de Trump provocó, contra sus intenciones, un refuerzo de aquella alianza de Rusia con China que los Estados Unidos temían, pero que recientemente fue auspiciada por Yang Jin, investigador de la Academia de Ciencias de Pequín en una entrevista al Global Times, portavoz oficioso del Partido Comunista chino, donde explica que la simultánea presión norteamericana sobre los dos países los está  llevando a sustentarse recíprocamente.

Es preciso señalar asimismo que la división entre zonas de influencia rusa y norteamericana puede extenderse del Medio Oriente a Europa, dividiendo la política exterior de la Unión entre los gobiernos atlantistas y gobiernos filo-rusos. Sin embargo Trump es más filo-putiniano y Putin más filo-trumpniano de cuanto los europeos filo-putinianos y antinorteamericanos puedan imaginar. Por último lo cierto es que la geopolítica nos ofrece elementos parciales y limitados para comprender la realidad

La verdadera causa de las guerras y del desorden político está en el abandono de la ley natural como regla de conducta entre las naciones. Todas las maniobras bélicas y diplomáticas que se ilusionan de asegurar la paz internacional sin fundamentarla en los principios religiosos y morales que regulan la convivencia entre los pueblos están destinadas al fracaso.

 

 

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