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Un papado anticrístico

O un anticristo en el papado, porque viene a ser lo mismo. Pero en primer lugar he de aclarar a los lectores que no quiero con este artículo glosar ideas del imaginario popular ni hablar de exégesis apocalíptica más o menos elaborada, sino, simplemente, indagar en el punto central que explica este papado y le da sentido global. Es decir, tratar de profundizar en la razón última que pueda desentrañar los porqués de este papado tan doloroso, cuyo cuarto aniversario se nos echa encima.

¿Para que reina Francisco? ¿Qué quiere el Papa? ¿Qué pretende? Sus escritos, sus dichos, sus decisiones de gobierno constatan el giro a las periferias de la Iglesia, su opción preferencial por lo alejado de la vida moral “ortodoxa” que es ahora, no sólo mirado con ternura y compasión, sino como válido en sí mismo. Estamos, ciertamente, ante un giro copernicano en la misión de de Iglesia. Pero ¿puede decirse que tal giro es la razón o la causa de su actuar o más bien podemos vislumbrar que tras este giro en el que estamos inmersos, hay algo más, un porqué que le de sentido y continuidad?

Bergoglio desconcierta. No tanto por lo contradictorio de ciertas actuaciones (como perseguir hasta la extenuación a los franciscano de la Inmaculada mientras se pretende incardinar a los lefebristas dentro de la Iglesia) sino por lo heterodoxo de sus propuestas. Querer ver un correlato de continuidad entre sus predecesores en el papado y su gobierno se antoja pueril o doloso. Bergoglio ha sido posible por los pontificados previos, sí, pero no más que por la situación global de una Iglesia ayuna de fe sobrenatural que ha visto el momento de elegir para la sede de Pedro un digno ejecutor de la nueva misión eclesial: el hombre.

Porque el papado de Bergoglio es el papado de la construcción de la ciudad del hombre que pone en sospecha las cosas de Dios. Y así, una escena evangélica se nos descubre clarificadora de la situación actual. Aquella en la que el plan de Dios es enfrentado y cuestionado desde el escandalo por el primer papa y que provoca la ira de Cristo hacia Pedro al que tacha de “Satanás”. Las palabras que nos relata el evangelista San Mateo son cruciales para entender este pontificado:

¡Quítateme de delante, Satanás! ¡Un tropiezo eres para Mi, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres!” (Mateo 16: 23).

Pedro fue tachado por Cristo como Satanás por no sentir las cosas de Dios sino las de los hombres. Pero lo que en Pedro no fue más que una única ocasión de desprecio al sentir de Dios, en Bergoglio es un continuo fundado en el sentir de las cosas de los hombres alejado del parecer de Dios. En este pontificado de Francisco se evidencia que su magisterio es el de un hombre que ha hecho del “sentir de las cosas de los hombres frente al sentir de Dios” su leit motiv, su misión. En el fondo, y a la pata la llana, estamos ante un papado anticrístico, en cuanto que la mirada del Papa a la realidad no es la de quien “siente las cosas de Dios, sino la de los hombres”.

Esta mirada dolorosa a lo que puede ser la esencia del papado de Bergoglio se convierte, desgraciadamente, en altamente explicativa de sus pasos, decisiones e intenciones. Su lectura anticrística de la Iglesia explica su condena y rechazo a los que representan la espiritualidad de la fe a través de apostolados de oración, doctrina y sacralidad -a los que tacha de rigoristas y jansenistas-. En cambio, esa misma lectura anticrística resulta convincente para entender porque promociona a los que hacen de la mentalidad no-católica (esa misma que el papa Pablo VI temía que algún día fuera mayoritaria en la Iglesia) la fuente y meta de sus actuaciones, en la medida que reflejan el sentir de las cosas de los hombres. Por eso se entiende su predilección por un Cocopalmeiro y su rechazo a un Burke, o el apoyo constante a un Schönborn y el desprecio sistemático a un Sarah.

Francisco no tiene reparo en poner en duda (profundizar lo llama él, o hacer lio, o dialogar) las valoraciones de Dios, ni con respecto a las enseñanzas directamente evangélicas -como la prohibición del adulterio- ni, menos aún, respecto de las doctrinas elaboradas por la tradición de la Iglesia, a las que desprecia. Todo su pontificado es una escuela de reconvención del Papa al sentir de Dios porque solo “siente” las cosas de los hombres.

Y como todo “sentir”, cuando debe darle cuerpo o contenido intelectual es cuando se desarrollan en plenitud todos sus rasgos de la personalidad y sus carencias intelectuales: porque entiende las cosas de los hombres desde su humanidad más horizontal, sin el peso y la medida de las cosas del Cielo, y por ello, con y desde sus trabas y limitaciones elocuentes y groseras. Así encontramos al libertador de transexuales y castigador de rigoristas, al predicador de la misericordia a favor de lo peor y al castigador de lo mejor.

Pero esto, todo esto, no es más que la consecuencia. Lo grave es la causa, y la causa es pavorosa: Bergoglio es el maestro contrario a su Señor, el que enseña las cosas de los hombres que pretenden corregir el saber de Dios. Si Pedro por ello fue llamado Satanás, Bergoglio merece ser llamado anticrístico (palabra que encierra un contenido más intelectual y alejado de las películas de género apocalíptico que el término anticristo, si bien, ambos son, a estos efectos, equivalentes) por cuanto todo su pontificado gira en torno al sentir de las cosas del hombre en contra del sentir de Dios.

Cuando la visión anticrística de la realidad se hace con la primacía del poder en la sede de Pedro, uno puede extrañarse de la ausencia de combate para evitar su perpetuación en tan alta cátedra, salvo que comprenda que Bergoglio no es fruto del azar, sino resultado del continuo hervir del pensamiento no-católico que ha ido impregnando todo y a todos, lenta pero de modo tan continuo, que favorece que cuando un papa anticrístico se sienta en la Cátedra Suprema de la Iglesia no se vea en él a un tirano, sino que se hable del renacer de la fe sencilla.

Bergoglio no sólo ha sido posible por la cobarde trama de la mafia de sant Galt, sino por la no- catolicidad que desde el Vaticano II ha aniquilado todas las defensas de la sana doctrina al izar como bandera única y posible el del “sentir de las cosas de los hombres”. Por eso no ha habido un fuerte y eficaz reacción a esta deriva dentro de la Iglesia, por cuanto ya no se sienten las cosas de Dios, sino las de los hombres.

Si puede decirse que “el más allá” es el leit motiv de Cristo Nuestro Señor y que cuanto dice y enseña tiene como fin primordial mostrar las verdades eternas para alcanzar la dicha eterna, en Francisco, por el contrario- y apoyado encomiásticamente por una Iglesia en bancarrota de fe- encontramos otro leit motiv: la deconstrucción de la ciudad de Dios para construir la del hombre.

Materializar esta pretensión supone levantar la mayor tiranía contra Dios posible: la de una Iglesia entregada a la contra-iglesia, la de un antievangelio que, predicado desde la Suprema Sede, trata de aherrojar el verdadero Evangelio. El hombre, sí, se ha convertido en el único camino de la Iglesia. Y con él, la Iglesia ha iniciado su deriva a los infiernos.

Terrible cuarto aniversario del pontificado de Bergoglio.

Cesar Uribarri




César Uribarri
César Uribarri
Padre de familia numerosa, abogado y abogado rotal, escribe en los medios desde 2004.

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