En su más reciente expectoración (sic), el Obispo de Roma tocó al pasar un tema de dolorosa actualidad como lo es el aborto, y lo hizo en días en que en su patria se ha sometido a discusión parlamentaria la legalización del mismo. Una chupatintas generosamente acreditada en la Santa Sede como lo es Elisabetta Piqué supo pescar el parágrafo en el que Francisco salta supuestamente a la palestra en defensa de los nonatos. Hélas las razones que enhebra el locuaz hombre de blanco:

La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte (Gaudete et exsultate,  §101. El resaltado es nuestro).

Piqué titula: «El Papa se mete indirectamente en el debate sobre el aborto», aunque no hace falta ser muy perspicaz para advertir en el período que comienza con la adversativa «pero» aquel que constituye el asunto excluyente en las mientes de Francisco, un ritornelo suyo de lo más socorrido -el de las ventiladas “periferias”. Bergoglio se mete indirectamente en el debate, y lo hace desacreditando indirectamente “la defensa del inocente que no ha nacido” pues es éste un tema demasiado controvertido como para que un timonel de su propia imagen arriesgue a su respecto un juicio inequívoco. Sobre estos temas incómodos ya había sido bastante explícito a pocos meses de su elección: «no podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos» (entrevista con el padre Antonio Spadaro, S. J., 19-X-2013). Que si no fuera en atención a los sondeos de opinión, Francisco procurará mantener el imposible equilibrio entre la enseñanza de la Iglesia sobre el particular, que uno que se presume Papa no puede contrariar así nomás, y las presiones de George Soros y otros prestamistas de idéntica etnia, de cuyas alforjas dependen numerosos Estados (y acaso también el Vaticano), y cuyos emolumentos van acompañados de imperativos programas de cuño malthusiano, a difundir y aplicar sin miramientos.

Entre las numerosas naderías que saturan, pues, este nuevo pastiche bergogliano, tenemos este inmejorable ejemplo de aquello que podría decirse el “uso de la conjunción adversativa para echar una nube de humo sobre aquello que se declara”, o bien más sencillamente “para negar lo que se afirma”, técnica tan empleada desde los días del último concilio que ya no debiera engañar a nadies. Romano Amerio señala cómo el francés mais, entre las lenguas romances, reporta mejor que otras la noción latina de magis  (=pero, mas), lo que permite «poner en el aserto principal algo que resulta luego destruido con el pero en el aserto secundario, de manera que este último se convierte en el aserto principal». Y trae (ejemplo anticipatorio de un tema y una técnica gratos a Bergoglio) una de las fórmulas suscritas por los obispos franceses en el Sínodo de 1980 referida a la admisión a la Eucaristía de los divorciados en nueva unión: «il ne s’agit pas de renoncer à l’exigence évangelique, mais de reconnaître la possibilité pour tous d’être réintégrés dans la communion ecclésiale» (Iota  Unum, §50). Se trata, como puede advertirse, de la recurrente cuestión “la doctrina no cambia, es la pastoral que se adapta”, un género de sinuosidad que supone la puesta en acto de la dialéctica hegeliana en las alocuciones prelaticias, donde la antítesis se abre subrepticiamente con un recurso sintáctico casi imperceptible, apenas con una insospechada conjunción.

Es de recordar la singular profesión de fe trinitaria que Francisco ensayó en entrevista concedida a su amigo Scalfari hace unos años: «Yo creo en Dios. No en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su encarnación. Jesús es mi maestro y mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador», en que, no satisfecho con la horrísona abjuración inicial, desliza luego por vía adversativa una insidiosa negación de la divinidad de Cristo. Tanto parecen haber aprendido el truco los curas “alineados” con los vientos que corren, que el manosanta Ignacio Peries, cómplice de Bergoglio en esto de las demoliciones, supo anticiparse a la última perífrasis de su mentor acerca del aborto en un reportaje concedido al diario La Capital de Rosario, Argentina, que se difundió el mismísimo domingo de Pascua con nota en primera plana y en grandes titulares. «La Iglesia no puede ir contra la vida, pero nunca condenó a una mujer por abortar», voceó en su inextricable castellano pero con acusado olfato sintáctico este timador con fama de taumaturgo, la validez de cuya ordenación sacerdotal –y de todos los de su congregación- es objeto de serias dudas. Tres días antes Bergoglio había negado la existencia del infierno. Ambos negaron a Cristo con más énfasis –y con mucho más cálculo- que Pedro.

Flavio Infante
Católico, argentino y padre de cuatro hijos. Abocado a una existencia rural, ha publicado artículos en diversos medios digitales, en la revista Cabildo y en su propio blog, In Exspectatione